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Trappist Father Thomas Merton is pictured with the Dalai Lama in 1968. Thomas Merton wrote, "Christian hope is confident ... in the dynamism of unfailing love." (CNS photo/Thomas Merton Center at Bellarmine University)

VUELTA A THOMAS MERTON

CLARABOYA

 

Álvaro Darío Lara

Se afirma que para las antiguas culturas mesoamericanas el tiempo era cíclico, se volvía de nuevo a los inicios. El mundo era nuevamente virginal, prístino, con esa pureza diáfana del agua retenida en las silvestres vasijas de la Gran Naturaleza. Y vuelta hasta el Valle de la Muerte, para resurgir de forma inacabable.

Cuando mi padre fue aquejado de serios males estomacales, después de las recetas de los facultativos, buscó en las plantas, en los ejercicios psíquicos la cura. Sin embargo, tenía un cáncer bien plantado, que, una vez descubierto, terminó con su vida física en cuestión de tres meses. Ateo, como era, Dios no estaba en su agenda; pese a esto, recuerdo las palabras de un amigo de la familia, quien me expresó que de alguna manera lo buscó, cuando descreyó de la ciencia, y probó la botánica.

Todos volvemos muchas veces a lo que nos ha hecho felices; intentamos recobrar esa primera vez, cuando habitábamos el Paraíso. Con toda franqueza, para mí, al igual que para el gran argentino, el paraíso han sido los libros, y nada me produce más felicidad que retornar, con ilusión, a mis primeras lecturas.

Muy jovencito leí al gran poeta nicaragüense Alfonso Cortés (1893-1969), y enloquecí de poesía; también me conmovió, por esos días, la poesía más espiritual del también hijo de Darío, Ernesto Cardenal (1925-2020).

Antes que su poesía más exteriorista y marcadamente preocupada por lo social, por lo político, de Cardenal me impresionaron sus versos místicos, principalmente los escritos en su estancia como monje trapense en la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní, Kentucky, Estados Unidos.

Esa poesía me llevó a su Maestro, el monje trapense Thomas Merton (1915-1968), un personaje extraordinario en la teología, el misticismo y en las luchas por la consecución de la paz mundial.

Al hondo poeta lo conocí, sobre todo, en un libro que me llegó justamente, por aquellos años, me refiero a su texto “Poemas”, publicado por la UNAM en1961, con unas bellas ilustraciones del gran artista Armando Morales (1927-2011).

Este volumen contiene un primer poema, de caprichosa puntuación, que a mí se me antoja como el gran introductor al corpus, es la “Canción a Nuestra Señora del Cobre”. Sus dos últimas estrofas dicen: “Las niñas blancas abren sus brazos como nubes, /Las niñas negras cierran sus ojos como alas:/Los ángeles hacen reverencias como campanas, /Los ángeles alzan los ojos como juguetes, / Porque las estrellas del cielo/Hacen una ronda:/Y todas las piezas del mosaico del mundo/ Se levantan y salen volando como pájaros”.

Por el milagro sobrenatural de la poesía, yo evoco los santuarios de esa barroca y cubana Virgen del Cobre, y a las niñas negras que se me aparecen como imágenes fantasmales, sepias, junto a viejas, muy viejas fotografías de García Lorca en La Habana.

Luego escucho el melodioso gregoriano, y junto a los monjes “…nos inclinamos en la oscuridad de la iglesia, flacos y apaleados, / Para emplearnos en tus Vísperas, Madre de Dios” (Fragmento del poema: “Atardecer bajo cero”).

Y contemplo ahora el cementerio trapense, donde el poeta dice a sus hermanos que duermen: “No necesitáis oír los rumores momentáneos de la carretera/Donde pasan y desaparecen las ciudades en un automóvil/Llenando el camino junto al molino/De ruido y de radio, /Arrojando el aire contra las ramas de la orilla/Y dejando a las hojas temblando de pánico”. (Fragmento del poema: “El cementerio trapense-Getsemaní”).

El poeta recuerda a su natal Francia: “En la extravagancia de una medianoche de lluvia/Francia florece en las ventanas/ De mi soñolienta batisfera, / Y estalla en una exuberancia de luces caprichosas. /Mi fuga corre a través del sueño/ Y brilla en dirección a París, fina como una cuerda de mandolina, /Mientras una oleada de conmociones / (Los pianos de tercera del Expreso de Oriente) / Irrumpe en los barriles vacíos de mis oídos” (Fragmento del poema: “El tren nocturno”).

La vocación humana por lo trascendente; por aquello que únicamente alcanza su plenitud en la comunión espiritual; el sabio silencio, el ruido del mundo, la tragedia de la sociedad materialista, de consumo, sus voces, su estridencia, sus desvaríos atormentadores, son apenas algunas constantes en la poesía de Thomas Merton, desde donde alza su denuncia ante la crueldad del mundo. Y su propuesta, no es otra, más que el amor.

La figura y la vasta obra del P. Merton manifiesta en sus obras de teología, espiritualidad, diálogo interreligioso, poesía y temas sociales, conforman un panorama intelectual y literario, muy ilustrador, del mundo posterior a la segunda guerra mundial.

Concluimos con su añoranza esperanzadora del Jardín Terrenal, que copia y anticipa, exactamente, al celestial: “Porque no podemos olvidar la leyenda de la infancia del mundo/ O la vereda al valle de los cornejos/Y la vieja hacienda de nuestro padre Adán/Donde les pusieron nombre a los animales/Y sabían que Cristo fue prometido primero sin cicatrices/Cuando todas las alondras de Dios lo estaban llamando/En su huerto salvaje”. (Fragmento del poema: “Sitios secos”).

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