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Verano formativo

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, 

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Desde Comala siempre…

 

Como no hay amistad sin recuerdo, los detalles históricos de este relato se los debo a Carlos Interiano; los ficticios a F. T.

La semana santa de 1968, un año antes de graduarse, F. T. viajó con un par de amigos al puerto de Acajutla.  La idea de las vacaciones la propuso un compañero íntimo cuyo apodo singular desafiaba todo tabú.  Evocaba la fogosa masculinidad de quienes aceptarían la invitación.  Su hermano realizaba el trabajo social de medicina en la costa.  Nadie manejaba ni poseía vehículo.  Había que moverse en autobús público o pedir jalón, asomando el pulgar a la salida de San Salvador hasta el desvío a Santa Ana y Sonsonate.  Ahí la calle se bifurcaba y debían agitar de nuevo la mano en solicitud de otro impulso al puerto.  La fortuna dispuso que un cañero casi vacío se detuviera a recogerlos.  Acostados en la caña, se atrevieron a pelar algunos cogollos y chupar el líquido viscoso que maceraba en el estómago como trapiche.  Una parada imprevista les sació el hambre.

—Los cocos —les decía el camionero— no son una simple fruta.  Su forma curva nace del cráneo de una mujer decapitada cuyo marido lo sembró por consejo de un cura.  Por eso, la pulpa es tersa como la piel y el agua, dulce como el beso.  Ya verán en el puerto.  Uds. ahí van de pícaros.  Se les ve en la cara.  Si no me creen, vayan al pueblo por la noche y se darán cuenta que el coco recobra su forma original.  Póngale coco al asunto y ya verán que es cierto lo que les digo.

Los muchachos sólo sonrieron antes de abordar de nuevo el camión que continuó su rumbo de la salida de Sonsonate a Acajutla, una de las pocas carreteras rectas, en las que la velocidad no menguaba.  El viento húmedo de la costa les removía los cabellos que crecían a la moda.  En rima, la novedad  la transcribían los acordes de guitarra que afinaba el músico del grupo.  “Here comes the sun”; “Ahí viene la plaga”; “Aquí todo es playa”.  Los demás coreaban jubilosos hasta entrar al puerto.

El puerto se dividía en tres zonas: el este pujante, el antiguo oeste y el centro residencial, donde se hospedarían en casa del hermano médico.  Al oriente, se extendía el nuevo muelle, símbolo de lo moderno .  El único atractivo lo ofrecía la visita de barcos que vendían cigarros importados y otras mercancías de contrabando.  Una refinería, Cepa, donde trabajaban técnicos extranjeros.  Sepa de dónde eran, salvo una familia argentina que conocieron por tener una hermosa hija rubia.  Al occidente, se hallaba el viejo pueblo donde residían los soldados de aduana, un viejo cuartel, un antiguo hotel, restaurantes y, el mayor atractivo, los burdeles.  Los visitaron por las noches en esa curiosidad adolescente que sólo la colmaba el deseo satisfecho y el cansancio matutino.  El padre de F. T. se lo había advertido, al confesarle cómo sus normas religiosas contradecían las costumbres del país.

—Para iniciarte a la vida adulta, hijo, yo debería llevarte a uno de esos lupanares de mala muerte.  Pero vos conocés mis convicciones religiosas contrarias.  Así que te pido que me perdonés por no hacerlo.  Algún día comprenderás que hay valores que ninguna costumbre puede profanar.  Por obligación parental, aquí esa visita nocturna hace parte de la formación de varones.  Así te volvés hombre.  Si esta conducta nadie la testimonia, es porque la mayoría pertenece a “la secta del Fénix”.  Su devoción les prohíbe revelar el secreto de una práctica ancestral, bastante arraigada.

Esas salidas le demostraron a F. T. cómo los decires populares los vivían en carne propia algunas habitantes del poblado.  Las llamaban Descarnadas y Siguanabas, ya que su cuerpo lo tatuaba el furor masculino.  Lo estampaba el mismo avío de escribir que apodaba al amigo anfitrión.  También las apellidaban así porque, luego de la jugada, mudaban su silueta hacia lo macabro del abandono.  Según la mirada viril que las recreaba, exhausta y satisfecha.  Tal cual el machete sin filo luego de pelar tanto coco.  F. T. pensó en el cañero.  No había nada nuevo bajo el sol, salvo lo “antiguo y olvidado”.  “El secreto” que nos “une” en el silencio.

Mientras bebían una cerveza, recordaban en agudo humor la reciente expulsión del profesor de anatomía.  Atrevido, ante los alumnos había declarado que esos antros cumplían una función social semejante al deporte.  Canalizaban la agresión viril y mantenían la armonía entre los iguales.   La osadía le valió el desempleo.

—Ya me imagino —comentaba el músico— que en el colegio hubiera equipos como los de básquet y fútbol.  Seríamos parte de la selección.

—Nunca estaríamos en la banca sino delanteros al ataque, aseguró F. T.

—Al fin entiendo por qué el libro clave de Sonsonate se llama “agua de coco”, añadió el del seudónimo insolente, calca la suavidad que contemplamos.  Ya ven que el camionero tenía razón.  Los mitos cobran forma durante las noches en vela.

Entre el vaso espumoso, F. T. recordaba que los profesores novicios habían confirmado la mayor asistencia de estudiantes de sus colegios devotos que de las escuelas públicas.  Por una simple cuestión monetaria, les argüían a los más viejos y tradicionales.  El valor vertía su sentido ético hacia el material y al del matonismo.  Ahí no había ángeles sino hombres en su flaqueza.  La advertencia de quien los hospedaba —el hermano mayor del amigo con apodo procaz— los indujo a detener esas primeras noches de juerga.

—Tengan cuidado, con tanto marinero las enfermedades venéreas abundan en estos lugares.  Y esos achaques, ni yo que soy médico se los curo.  Ahí les va a salir la Siguanaba, quien de verdad se transforma.  Dense cuenta que la belleza de Venus también se reviste de un horror final, al causarles algún trastorno.  Así que ya saben, cuidado o Uds. acabarán de siguanabos llenos de pústulas.

La casa del hermano se hallaba en la zona residencial al centro, casi al borde de un acantilado, aun si atendía la clínica de salud popular.  Era una amplia casa de verano, con jardín al frente, donde pasaba la calle que conectaba ambos extremos del pueblo.  Hacia atrás se extendía una extensa colonia residencial en la cual vivían los profesionales de Cepa.  Al cruzar la calle, se podía bajar a la playa por una escalera en caracol como la espiral que, según la leyenda del lugar, conducía al paraíso.  Por tal coincidencia, al descender a la playa una mañana soleada, se encontraron con varias chicas, con quienes se ennoviaron de inmediato.  Dos ahuachapanecas y una rubia argentina.  Sus arias se sumaron a las de los jóvenes en una melodía melosa que describía el hallazgo mutuo.  “Una vez se da el corazón y lo demás es sólo ilusión”.  Las muchachas obligaron al músico a revertir su afición al rock inglés por baladas sentimentales que describían el azar del amor.

—Me alegra, les comentó el anfitrión, eso necesitan.  Enamorarse para que no se vuelvan siguanabos llenos de chiras sin alivio.  Es mejor que las verrugas del amor y la amistad les cuezan el alma, en vez de desgastarse como jugados.  De lo contrario, acabarán rodando como “Juntacadáveres” a la escucha de “pájaros” que pían “nombres ignorados”.  Y vos, F. T., “harás creer que no sos un fantasma, en tu convicción futura de estar muerto”.  Muerto en vida al recordar este día en un escrito.

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