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Un país extraño

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador suplemento Tres mil

 

Uno nunca recorre el mismo camino dos veces. Así como no se baña en el mismo río. Todo se encuentra en constante cambio.

Aquellos momentos que anhelamos repetir o los lugares donde deseamos volver ya no son los mismos.

No importa si vives en El Salvador o fuera de él. Siempre lo verás diferente, ya no es el mismo. Esa es una realidad a la que se enfrentan los hermanos lejanos que añoran El Salvador de antes, y al regresar saben que todo es diferente.

Me parecía que las cosas no era susceptibles a presentar dramáticos cambios, que los amigos duran para siempre, que la muerte es algo que pasa lejos de uno. Sin embargo, lo único que sabemos irremediable es que todo va a cambiar. Nos veremos al espejo y seremos conscientes de las canas que surgen, de las bellas aradas en nuestro rostro que nos demuestran cuánto hemos sembrado. El tiempo pasa.

Cuando tenía veinte años acostumbraba a caminar por las calles de San Salvador. Me ponía mis botas junglas que olían a caucho  y que fui desgastando mientras conocía cada rincón que pude. Ahora, esas caminatas se ven limitadas por que la mayoría de colonias han instalado portones, se ven vedadas porque no todos los rincones de nuestra patria son seguros. Y los rostros de las personas en desconfianza va en aumento, como si todo lo que pasara siempre fuera malo.

Quizá lo que más extraño, de los treinta y ocho años que he vivido, son aquellos caminos que recorrí en mi niñez. Le tengo cariño a la entrada de la 25 avenida sur del Externado de San José. Recuerdo las frutillas en el suelo y los gusanos negros y peludos con sus cabecitas rojas subiendo por los troncos mientras bajaba para esperar a mi mamá. Disfrutaba esa ruta porque dejaba el colegio e iba a la paz de mi casa.

Extraño también todo ese espacio donde habían árboles y zacate tras el octuple O 31 que habité en la Zacamil junto a mi mamá. Las tardes tenían otros colores y era más fácil darse cuenta de la inmensidad. Ahí había tranquilidad a pesar de parecer todo tan expuesto y proclive a la inseguridad.

Recuerdo aquellas caminatas que emprendía por la noche desde la casa de Rafael Mendoza (en Montebello) hasta mi casa (en Santa Margarita), después de haber pasado la tarde jugando o dibujando junto a Rafaelito. Y como tantas veces me acompañaba un perro blanco que iba delante de mí, y le bauticé Cadejo. La noche era tranquila y natural. La soledad de esa calle la sentía tan habitual, y no me asustaba la oscuridad, que podría provocar miedo. Una vez me asaltaron en ella, pero fue de día. De noche todo era tranquilidad, irónicamente.

Y así los recuerdos siguen surgiendo, como una bandada de palomas que llenan el cielo. Innumerables momentos que me guardo en la sonrisa, para que sigan siendo cómplices del silencio y del secreto.

“Todo cambia”, como la canción de Violeta Parra. Todo está cambiando, en gerundio, de forma continua y todo cambiará y todo cambio. Y así como decía Neruda, “Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”.

Pero, siempre hay algo que nos dice que nosotros sin ser los mismos lo seguimos siendo en un país extraño.

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