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Sociología de la anticipación: los ideales sociales

René Martínez Pineda

Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

En estos meses de 2019 –por razones, lógicas y posiciones distintos- los partidos FMLN, ARENA y Nuevas Ideas se han metido en fieros debates en torno a los ideales (principios) que deben tener y defender, ya sea porque los perdieron o porque deben asumirlos. Ese es un debate sobre el futuro que hay que abordar. Al respecto, los sociólogos de la anticipación social (sociología de la utopía), a pesar de lo complejo de esa situación teórica, buscan formas de expresión cada vez más exactas, aunque en eso de anticiparse a la realidad –la utopía como imagen o como metáfora- son sobrepasados por los poetas y por los escritores del realismo mágico, quienes son maestros del lenguaje figurado con el que desgranan el futuro desprendiendo las ilusiones e ideales del presente en contemplativos y dialécticos conceptos, sin que la experiencia deje de ser el fundamento de las tesis y antítesis; y sin que lo subjetivo monopolice la palabra. La anticipación sociológica nos permite delinear, desde una base material, la ética como idealismo social que trata de construir una sociedad justa y libre de todo apriorismo mercantilista. Hablo entonces de los ideales revolucionarios o cuando menos progresistas (e incluso los reaccionarios), que sin dejar de ser mundanos, buscan la perfección social, fundados en la experiencia colectiva y que, como ella, se desarrollen para fomentar la glorificación humana en la búsqueda del ideal. Eso es válido para los sujetos sociales que los tenían (partidos políticos, sindicatos, etc.) y los perdieron o los pervirtieron, así como para aquellos sujetos que buscan abanderarlos o construirlos. En esos extremos se ubica del debate de los tres partidos citados.

Pero un ideal, en términos sociológicos, no es una ecuación, no es el caso VIII de Factoreo ni es una fórmula secreta, sino una propuesta utópica perfectible por ser producto de la voluntad social. En ese sentido, un ideal debe ser útil, o sea estar en función de mejorar la vida colectiva como expresión superior de las relaciones sociales. Siendo así, en la sociología de la anticipación juega un papel esencial la imaginación teórica que parte de la experiencia para prever escenarios futuros, sin caer en lo vulgar de la adivinación. Para evitar eso último, se necesita comprender la realidad y decodificar el rumbo de la coyuntura en tanto historias posibles luchando contra historias frustradas para reflejarse, las primeras, como ideales. Una persona, una comunidad, un sindicato, una clase social tiene ideales porque tiene una ideología que propicia que su imaginación idee sociedades perfectibles, razón por la cual los ideales son constructos socioculturales que surgen, como utopía, cuando la imaginación se anticipa o supera a la realidad, a “lo dándose”, y por tanto no responden al azar.

Como constructo, los ideales son hechos sociológicos expuestos a la observación y a la crítica colectiva, eso lo saben bien los partidos políticos que viven, sobre todo en los procesos electorales, el reclamo o la alabanza de la gente: acusando a unos de haberlos perdido o pervertido; exigiéndole a otros que retomen la utopía de un mundo mejor. Entonces, son efectos de causas propias y ajenas -o no tienen causa alguna-; son un hecho del desencanto y la ilusión como amasijo. Y es que en el hombre se desarrolla la capacidad del pensamiento simbólico y siendo así, los ideales son un símbolo de la perfección social que se van adaptando a la realidad para que sobreviva la utopía. Uno de los mecanismos que se usa al respecto es la imaginación sociológica, que permite sistematizar los datos de la experiencia para convertirlos en información social, momento en el cual ya puede anticipar sus resultados posibles y abstraer de ella los ideales de perfección, que no son más que un mundo mejor.

Así, la sociología de la anticipación en vez de negar los ideales (por creerlos algo subjetivo o inocuo), reafirma su objetividad, pues son capaces de modificar el comportamiento social como factores históricamente legítimos del razonamiento, ya sea como cultura política o como simple sentido común. Los ideales, desde la perspectiva sociológica, son puntos cartográficos del comportamiento humano que tienen su tiempo-espacio para manifestarse y, sobre todo, para adaptarse o des-adaptarse. Así se forman, deforman -y se vuelven a formar- los ideales que, en última instancia, son “el paradigma” del comportamiento individual y colectivo en armonía con sus utopías, que son los puntos de referencia: la utopía neoliberal y la utopía socialista.

Los ideales, en tanto proyecto de futuro, reflejan una nueva correlación entre pasado y futuro, al menos como posibilidad, pero para eso es fundamental que los sujetos sean fieles a esos ideales, pues, de no ser así, el pueblo irá cayendo en situaciones de desencanto y desilusión que llevan a la anarquía neoliberal o a la apatía perniciosa del consumismo que es, precisamente, un arma letal contra los ideales revolucionarios o progresistas. Ahora bien, los ideales siempre son creencias que se objetivan, o sea que están fincados en el imaginario colectivo y desde él modifican el comportamiento. Desde esa perspectiva, los ideales son la representación abstracta de las expectativas del pueblo (búsqueda de “lo mejor”), por ello, adquieren un valor innegociable. Hay que recalcar que las expectativas siempre son perfectas o se acercan a la perfección, pues, de no ser así, perderían impacto y no afectarían el comportamiento, renunciando a ser, además, un hecho educativo.

La antropología y la sociología –recorriendo caminos distintos- han demostrado que la búsqueda de “lo mejor” es una constante del desarrollo humano tiranía tras tiranía, civilización tras civilización, porque la vida (la sociedad) tiene como objetivo natural negarse y perfeccionarse bajo la forma de ideales complejos en gente sencilla. En cualquier cultura, la visión del futuro es lo mejor del presente puesto que anticipa el resultado de la selección social: los ideales en las personas y en las instituciones son un “vitalis spiritus”, un “de futuro exspiravit”, que siempre es mejor o pregona lo mejor. En la medida en que el ser humano va decodificando la realidad, los ideales se amplían por la imaginación y en el imaginario. Ideales e imaginación; ideales e imaginario; ideales y práctica social; ideal y traición, siguen casi siempre vías paralelas o cuando menos a la vista una de otra. Los ideales a la velocidad de la luz, el hecho a la velocidad del sonido. A veces el pie no pisa firme sobre la tierra, pero los pasos siempre pueden rectificarse…, para bien o para mal del pueblo.

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