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Sentir y actuar con las ciencias sociales (1) (Mensaje de fin del ciclo 1-2015)

@renemartinezpi
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Compañeras y compañeros estudiantes y maestros: Hemos finalizado otro ciclo académico -no sin antes sortear como pueblo, try como país, medical como universidad pública y como Escuela, muchas trabas sociales, legales, educativas, éticas, administrativas, personales, ideológicas, financieras y políticas- y esta es, para decirlo en términos de universalidad, la hora ecuménica, pues es la hora más oportuna para reflexionar sobre el futuro de las CC.SS., un futuro que, por acá, tiene que ver con el desarrollo profesional y el fortalecimiento del saber crítico de los estudiosos de las mismas, así como con el de sus lectores cotidianos, sin apartarnos, ni un centímetro, del compromiso social con el pueblo y sin caer en: el panfleto de la fraseología pseudo-revolucionaria; la vaguedad retrógrada de los politólogos que, en televisión, disfrazan de alegato académico las resoluciones capitalistas (en lo político-económico) de la Sala de lo Constitucional; o en la tentación de “jugar a ser revolucionarios”, lo que Lenin denominó como “la enfermedad infantil del izquierdismo”.

Citando al Che sobre lo que implica ser revolucionario: “la revolución no se lleva en los labios para vivir de ella, se lleva en el corazón para morir por ella… los revolucionarios deben ser los primeros en el trabajo, los primeros en el estudio, los primeros en el sacrificio”. La Escuela ha tenido muchos revolucionarios que, por sentir y actuar con las ciencias sociales, ofrendaron su vida y no buscaron hacerse de un merecido patrimonio personal, y seguramente tendrá muchos más. Esos revolucionarios entrañables y auténticos al llegar a la encrucijada ideológica de ser luciérnagas subversivas o ser serpientes repulsivas optaron por ser luciérnagas.

Y, por allá, el futuro de las CC.SS. tiene que ver con la consolidación académica y política de nuestra Escuela (lo que demanda un refuerzo presupuestario significativo) en el sentido de que está obligada -por idoneidad, pertinencia e historia confesa- a anunciar, denunciar y pronunciarse sobre la problemática social y a tomar una posición en ella y frente a ella. Hoy por hoy, la denuncia tiene que ver, primero, con la urgencia de garantizar constitucionalmente el carácter de “inalienable bien público” del agua y demás servicios básicos, redactándolos como artículos pétreos; segundo: con la situación de violencia social que azota al país; y tercero: con desenmascarar –jurídica, sociológica y políticamente- el obsceno papel de la Sala de lo Constitucional (los caballeros templarios del capital), papel que sólo defiende la derecha visceral y los politólogos que, por obtusos, venden su alma al “diablo que viste a la moda” para que no los dejen de invitar a los programas de entrevistas que son conducidos de forma temeraria.

En el rincón de cada de ciclo académico que culmina con éxito quedan ocultos -entre papeles confidentes y citas bibliográficas muchas veces ociosas e inocuas, por carecer de voz y voto- los silenciosos aportes hechos a las ciencias sociales por quienes (como intelectuales o estudiantes comprometidos con el pueblo, como combatientes empíricos y verídicos por la democracia y la justicia social, como intelectuales orgánicos movilizados) las consideraron una herramienta útil, en lo teórico-metodológico, para decodificar los hechos sociales desde una perspectiva honesta y dirruptiva en lo científico y lo político-práctico (lo que yo denomino como la “nacionalización de los hechos sociales”) sin caer en la hermenéutica del enjuiciamiento perverso, anárquico o pragmatista que pone a la impaciencia o a la ignorancia como argumento teórico, lo cual es propio de los politólogos, historiadores, antropólogos, pedagogos y sociólogos de derecha que halan lo epistemológico al campo ideológico, pero de forma inconfesa.

Y afirmo, con orgullo, que es otro ciclo de estudios exitoso porque por tercer año consecutivo somos la unidad académica de la Facultad de Humanidades que realiza más acciones educativas, sociales, políticas y culturales de envergadura, y eso ha sido posible gracias a la capacidad, mística y entrega de “casi” todos nuestros estudiantes y maestros. El “casi”, obviamente, más que un llamado de atención es una mueca de tristeza y una realidad que no podemos ni debemos negar u ocultar, teniendo presente que el objetivo es que todos aportemos al desarrollo, prestigio y consolidación de nuestra Escuela sin estar metiéndonos zancadillas ni usurpando funciones, pues tenemos muchas más capacidades de las que ponemos en práctica y contamos con maestros y estudiantes definitivamente brillantes y con conciencia social que tienen con la Escuela una relación de identidad y no una relación meramente salarial o de trabajo a desgano.

Como paréntesis he de decir que, lamentablemente, en las comunidades universitarias surgen, en coyunturas aisladas, grupos internos y externos, de propios y extraños, que quieren desunir, injuriar, desestabilizar o manipular la institucionalidad, por acción, omisión o, simplemente, “para hacer estorbo” (como pasó en la Universidad Nacional Autónoma de México –UNAM- que llevó, incluso, a enfrentamientos físicos entre los estudiantes y a una intervención militar de su campus) y eso obliga a que siempre estemos pendientes de buscar, atizar y reforzar la unidad, independientemente de las carreras que se estudien –al final somos un todo llamado “comunidad de ciencias sociales”- y de las opciones religiosas, políticas, sexuales, ideológicas, futbolísticas y simbólicas, siempre y cuando su praxis sea coherente con la esencia crítica, responsable, ética y corajuda de las ciencias sociales, ya que todos somos ciudadanos del Alma Mater y estamos obligados a poner en alto su prestigio para que vuelva a ser el referente de la educación superior a nivel regional. En tal sentido todo acto de desprestigio deliberado, oportunismo, perversión y presión académica más allá del límite que debe tener la rigurosidad educativa que no debemos obviar (al dar las clases o al recibirlas) deteriora la calidad y el posicionamiento.

Pero la buena nueva es que la inmensa mayoría de la comunidad de CC.SS. guiada por los maestros más dedicados y acuerpados por los estudiantes más conscientes y aventajados busca: la unidad, sin caer en el amasijo que pudre lo bueno; la mejora de la calidad académica; la mística de trabajo y estudio a pesar de las dificultades institucionales y personales; la armonía en la diversidad, cuando no trastoca los principios; la identificación fiel con las necesidades e intereses del pueblo; y la relevancia histórico-teórica de las ciencias sociales a través de la consolidación de su pensamiento y acción política (decodifiquemos la censura y estudiemos el pensamiento político de Gramsci) bajo la forma de compromiso social con los desposeídos que tanto amó Monseñor Romero, la más brillante y hermosa de nuestras luciérnagas.

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