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SABRÁ DIOS SI TÚ ME QUIERES O ME ENGAÑAS

CLARABOYA

 ÁLVARO DARÍO LARA.

Mis recuerdos de dominguera mañana de niño, están asociados a las risas de mis padres, quienes se despertaban haciéndose cosquillas, costumbre escandalosa que nunca perdieron, hasta que el cáncer se llevó a papá -para siempre- de esta Casa de las Criaturas, donde debemos sortear tantos sinsabores, y a pesar de todo, tratar de fluir con alegría.

También esas mañanas, están profundamente ligadas al “Rey del bolero”. A la voz aterciopelada de Lucho Gatica (1928-2018), el gran cantante chileno, siempre activo hasta el final de sus días. Con tres matrimonios encima, numerosos descendientes, y miles y miles de discos, ¿qué más pudo pedirle a la vida, el inolvidable Gatica?

Esos domingos, el vecino subía más de lo habitual las bocinas de su radiola RCA Víctor, y los acetatos giraban y giraban. A veces, la aguja crujía, pero siempre volvía exacta a “Espérame en el cielo”, “Reloj” o “Contigo en la distancia”. Grandes éxitos de grandes épocas.

Mi padre detestaba a Lucho Gatica. Lo encontraba -decía- superficial y melodramático, pero, naturalmente, con otras palabras.

A juzgar por los conciertos matutinos del vecino, sus gustos estaban de polo a polo, ya que mi padre era afecto al clasicismo sinfónico y a otros intérpretes populares, que, en español, excluían también a Alberto Vásquez y a Marco Antonio Muñiz.

Mi madre, por el contrario, era feliz con el melodioso Gatica. El Gatica de las interpretaciones de “Piel Canela”, “Sabor a mí” y “Sabrá Dios”.

Lo que para sus fans de los sesenta hubiera sido la gloria, para mi padre, fue un gran fastidio, cuando compartió una embarcación turística por el río Sena, en París, con Gatica y tres hermosas y esculturales europeas que le acompañaban. Mismas que iban acariciando y besando al ídolo, como quien adora a un prehispánico y exótico dios de la América del Sur. Creo que ése era, precisamente, el origen de aquel visceral desprecio de papá: la fortuna del feo divo, con las blancas féminas.

Por otra parte, la voz radial de don Alfonso Rauda, también incluía, en el séptimo día de la semana, las canciones del austral artista, dentro del repertorio de su recordado programa “Parece que fue ayer”, a través de las ondas hertzianas de la “poderosa YSKL”. Y, estación y programa, se sintonizaban en casa. Más razón la de mi padre, para odiar a Gatica.

También los barberos conspiraban, volviéndole el corte de cabello, la afeitada y el masaje de bocina, interminable, allá en la peluquería Nixon del Barrio Santa Anita, donde realizábamos el ritual. No había escapatoria, ya que, allí, también emergían – victoriosas-  las melodías del diabólico chileno, junto a las voces de “Los Panchos”, “Los Tres Ases”, “Los Tres Diamantes”, y por supuesto, Pedro Infante, Pedro Vargas, Libertad Lamarque y Javier Solís.

Por ello, un día, cuando la quejumbrosa voz de Gatica, escapó nuevamente, asaltándome, en una calle cualquiera de la ciudad, tuve que detenerme con mucha sorpresa, para buscar de dónde procedía aquella música, y no venía de ningún lugar identificable, no.

Esa voz surgía de otro tiempo, de un domingo de soleada mañana. Mañana de infinito cielo azul, cuando las risas de Gilberto y Hortensia, me despertaban otra vez.

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