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Relato grotesco del mes de abril

 

Javier Alvarenga

Abrí la puerta de mi casa, el canto de las aves matutinas fue opacado por la repentina sirena del carro patrulla que se dirigía a gran velocidad. Los transeúntes con mirada alarmada trataban de caminar, como simulando la escena, cualquier gesto extraño puede ser confundido por los agentes y ser considerado un enemigo del orden público, de la paz; nunca antes creí vivir en aquellos relatos distopicos, en donde solo la guerra es la paz. Saltaron de la patrulla, golpearon en el suelo las botas duras de lustre brilloso, ocho pares, cuatro oficiales, cuatro nueve milímetros, cuatro fusiles dispuestos a defender a toda consta las aspiraciones del partido. Una noche anterior, un discurso bien elaborado, emotivo y destructivo en su contenido, “Quien no es con nosotros, es en contra de nosotros, porque somos la asamblea del pueblo y decidimos lo mejor para él. Pum-Pum! Sonó el duro cubo metálico de la bota bien lustrada, en las costillas del sospechoso, un horrible chillido, que asusto hasta las aves cantoras, las que con muy acertada decisión tomaron vuelo. Nadie, absolutamente nadie, pudo decir nada ante el hecho “Bicho hijueputa ni se te ocurra levantar la mirada, eres terrorista, eres enemigo del pueblo, del partido, de nuestro amado presidente. Trate de no ver la grotesca escena, sentí coraje, sentí miedo, sentí rabia, sentí ser él siguiente; cuando tras esos oscuros lentes me sentí observado, amenazado ante el robusto cuerpo uniformado de traje azul; en aquellos años de estudiante de ciencias jurídicas, hubiera tratado de hacer algo ante la injusticia, pero hoy ya no es lo mismo, no hay ley ni derechos que nos resguarden, la guerra contra la violencia al parecer necesitaba más violencia, siendo solo la del Estado, la permitida. Si antes bajábamos la cabeza ante la mirada intimidante de los cipotes, ahora es ante la de las autoridades, que, por decisión unánime del congreso, hoy son ellos, la fuerza, la ley y la justicia. Sangre desparramada en el piso de los insistentes puntapiés, gemidos, gritos eufóricos de los agresores, como de animales exaltados. Logre tomar el transporte colectivo, dejando atrás la horrible escena casi consuetudinaria; mi sitio de trabajo es en una zona residencial de “buenas familias” sé que ahí, no seré vapuleado, al menos en esas horas, cuando regrese, la incertidumbre seguirá, y quien sabe, quizás mañana sea yo, él, de la escena.

Pero todo sea, para seguir resguardando la paz…

 

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