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RAZÓN DE SER DE LA SÍNTESIS EN LAS BELLAS ARTES III

 

Les agradezco a las piedras y a la hojarasca la lectura crítica de este ensayo.

 

Rafael Lara-Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech

[email protected]

Desde Comala siempre…

 

El libro paradigmático de Salarrué —sobre la subjetividad en el incansable juego de

palabras se intitula— «Íngrimo (Humorada juvenil).  Ideario y diario de un adolescente suicida», En: «Obras escogidas», San Salvador: Editorial Universitaria de El Salvador, 1970: 453-533.  El narrador no sólo estudia una «lengua viva» —»el amaranto» (465)— también descifra otra oculta en «la virginidad de la selva», «la cajutla» (478) y otras cuentas más que derivan del «revoltijo» de «las malas lenguas» porque «los turcos construyeron la Torre de Babel» (487-488).  De contrario, «todos hablaríamos español».  Asegura que «interpretar» el libro sagrado «El Tabú» implica «crearlo a imagen y semejanza de uno mismo» (480).  Por ello, «decía…palabras y frases de doble y hasta de triple sentido», para expresar «la sin-razón de la razón» (466) y «la verdad de la paradoja»: «la paradoja es la única verdad» (507).  En cuanto a la lengua, a temprana edad, el narrador sabe que su doble sentido —gustativo y lingüístico— evalúa todo lenguaje humano por los sonidos y por las letras, en su (con)tacto.  La letra y el sonido definen el cimiento de la significación, siempre abstracta, tal cual el «mango que te quiero mango».

El «lenguaje alimenticio» sabe que la inteligencia y el gusto —»el saber y el sabor»— se engarzan en el mismo contenido lingüístico (487).  Por esa raíz común, el narrador propone que «se puede saber el significado de una palabra por el sonido de la misma…sin necesidad de analizarla», tal cual sucede con los «grandes escritores o músicos» (483).  No hay que leer ni escuchar su obra, ya que «sus nombres» bastan para saber quiénes son.  «El sonsonete de la rima» vale «más que una opinión fundada» (482).

 

Aunque se califiquen por su sinsentido juvenil, estos postulados los ratifica la conferencia durante el «Homenaje a Francisco Gavidia» (1965).

Le agradezco a Ricardo Aguilar entregarme este «Manuscrito», durante su última visita desde «la escalera que desciende del Cielo».

  

 

  1. Poesía, «lenguaje (Logos) divino (Theo)»

 

Gracias al artista ocurre el «segundo nacimiento», el renacimiento de lo natural en (agri)cultura.  El lenguaje alía los contrarios al expresar el carácter subjetivo del objeto, en sus múltiples interpretaciones que oscilan del realismo a la abstracción en la pintura de la palabra.  Por esta idealización suprema del «Arte» —acaso la Tekhne, hecho cultural en sí— el artista no es un simple «animal dotado de lenguaje (zoon logos ejon)».  Aún más, habla «la lengua (Logos) divina (Theos)», el Theo-Logos, sea poema, canto, música, baile, escultura, cerámica, etc.

 

Sin duda, la creación de idiomas —el «Salvador en Gavidia» y «Bilsac» en Salarrué— se asocian a esta búsqueda de restaurar el lenguaje mítico de los comienzos, antes de la dispersión babélica.[1]  Mejor que «el maquillaje», las palabras exhiben «las máscaras…más caras» de las cosas.[2] Cada palabra es un «arte abstraccionista» que casi nadie «entiende» al (con)fundir la significación con el objeto/persona.[3]  Al inventar idiomas, ambos autores disienten en su propósito.  Gavidia anhela crear un lenguaje universal, mientras primeramente Salarrué propone descomponer el enlace convencional sonido-sentido en simples juegos de palabras, para anunciar el sinsentido.   Dados los eventos políticos actuales, esta desconstrucción podría expresarse así: «demos-gracia(s) democracia, y obedezcamos».

 

No obstante, el desdén por la lingüística mesoamericana elemental ignora si las categorías gramaticales de esos idiomas subjetivos se adecúan a la conversión materna del mundo en palabras.  Basta mencionar la noción de «Lenguajes con marcación en el núcleo/centro rector (Head-Marking Languages)» para que la lectura ilustrada aplique este concepto elemental para determinar su falta de arraigo regional, esto es, su giro indo-europeo: «ne plumas te: ø-ki-kwah p:elu, la(s) plumas él-la/o-come perro».[4]  Según lo comenta José Mata Gavidia, la «atención (de Gavidia)…al pipil» calca términos náhuatl tal cual «Xóchitl», xuchit», para justificarla.  Además, el orden de la oración —»Nombre (Sujeto) Verbo Complemento directo – Complemento Indirecto (SVO-OI)»— aplica «la estructura gramatical» de un idioma como el inglés a secuencia rígida.  Mata Gavidia reconoce que «el idioma universal» deriva de «la entraña misma de los idiomas indoeuropeos».[5]  La mayoría de los idiomas mesoamericanos presentan el verbo (V) en posición inicial y en esta palabra-oración se marcan el sujeto y ambos complementos.  Baste el ejemplo náhuat siguiente cuya traducción semi-literal ofrece la descripción del orden de palabras VSO, pero sólo los prefijos marcan la diferencia entre el sujeto (S) y el complemento directo (O) en el verbo (SOV), hecho una palabra-oración: ø1-ki2-tzutzun ne ø-te-kwa-ni1 ne ø-teen-kal2 = toca el jaguar la puerta = ello(ø)-lo/a-toc(a), lo que es comelón de gente, lo que es abertura casa.[6]

 

El proyecto poético creador —sin diálogo con los idiomas maternos— recuerda la propuesta de Walter Benjamin, para quien el lenguaje humano «traduce el lenguaje mudo de las cosas al nombrarlas».[7]  Antes que definir el mundo en sí, este acto de «nombrar las cosas» aclara la «esencia espiritual» del ser humano.  Los apelativos acomodan el universo —en su «lamentación» natural acallada— al «conocimiento» humano supremo.  Pero, sin mención en Salarrué, «la pluralidad de lenguas» provoca una «sobre-nominación» tan compleja que el idioma nacional resulta incapaz de ofrecer una «síntesis» integral.  Nunca explica el múltiple traslado de lo material en las diversas lenguas maternas.  Este silencio conlleva identificar al único idioma capaz de traducir «el estado de tristeza del mundo» con lo divino: «sólo en Dios…las cosas tienen un nombre propio».[8]  En breve, el Theo-Logos —»la lengua divina»—habla en el lenguaje verdadero, luego de realizar la «segunda creación».  Este Logos omnisciente se llamaría «arte» (Tekhne), pero se insiste en que su carácter monolingüe desdeña todo diálogo con los vecinos originarios, sin derecho a nombrar.

[1].  José Mata Gavidia en «Descubrimientos Filológicos», «Cultura.  Número Extraordinario.  Homenaje a Francisco Gavidia», diciembre 1965: 30-53.  Salarrué, «O-Yarkandal», San Salvador: Dirección de Publicaciones del Ministerio de Cultura, 1971: 31.  Obviamente, las matemáticas ni la lógica desarrollan lenguajes formales para la imaginación poética, la cual ignora el futuro desarrollo de los lenguajes artificiales y del internet.   Otra «lengua» se llama «cajutla», de la cual Salarrué sólo ofrece palabras desglosada en su etimología.  «Los cajutlas abandonaron…las profundas selvas de Chichinimichaca…La Selva que parpadea»: de «chimi…movedizo…del baile shimi, nimi…luminoso y chaca …ojo…de chaca-lele».  Salarrué, «Íngrimo (Humorada juvenil).  Ideario y diario de un adolescente suicida», En: «Obras escogidas», San Salvador: Editorial Universitaria de El Salvador, 1970: 453-533.  Valga la formación de palabras usando raíces concatenadas, a veces en mezcla del castellano/español e inglés: «penta-cat-(h)umo».

[2].  «Íngrimo», 1970: 521.

[3].  «Íngrimo», 1970: 528.  Véase el epígrafe inicial para establecer la correspondencia entre la literatura, la filosofía del lenguaje e incluso la consciencia popular que reclama «la palabra perro no muerde», i.e., «la palabra democracia no describe un régimen democrático».

[4].  El orden es OVS, por el énfasis, y el verbo (V) —SOV— marca el sujeto (S, ø) y el objeto (O, ki-) en singular.  Lyle Campbell, «Los Huracaneros, en «El idioma náhuat» (1985: 659), cuya traducción castellana/española no se publica en el país debido a la prevalencia de la identidad monolingüe.  No se comenta la categoría gramatical locativa, la cual vincula los reconocidos topónimos o nombres de lugar —Ahuachapán— con los nombre relacionales, -ix-pan, -ojo-lugar, enfrente de/a los ojos de.

[5].  Mata Gavidia, 1965: 31, 46 y 50.  Rafael Heliodoro Valle confirma esta confusión del náhuat, «pipil», con el «náhuatl», «mexicano arcaico».  Incluso por prestigio identifica a «Netzahualcóyotl» (1402-1472), de Texcoco, como «indio pipil» («Diálogo con Francisco Gavidia», «Cultura», 1965: 185-190).  Al menos, propone el proyecto de incorporar la enseñanza lingüística a la «Escuela de Filosofía», inédito hasta 2025.  Pero la imaginación literaria nacionalista no identifica «los topónimos míticos» —»Tlapallán»; «Tlâpallan», «que fue por la mar del Çielo arriba»— sino Gavidia los percibe como «la tierra» de origen, véase: https://gdn.iib.unam.mx/.

[6].  No se comenta que los sustantivos son complejos y describen la acción del objeto referido, a saber: jaguar, comedor de gente y ventana, abertura de la casa.  La etno-botánica, etno-zoología, etc. son disciplinas ignoradas. Igualmente sucede con las categorías gramaticales.  El breve ejemplo de Mata Gavidia (1965: 51) demuestra la presencia de preposiciones, en contraste con los nombre relacionales de las lenguas mesoamericanas, así como la ausencia de sufijos locativos, etc.

[7].  Walter Benjamin, «Philosophie du langage».  Paris: Payot, 2020.  Traduit de l’allemand por Fréderic Joly.  «Preface» de Sébastien Smirou, 7-33.  Se insiste en que «Dios crea el mundo en/por la Palabra/Verbo/Logos, pero al hombre le otorga el don del lenguaje (Logos) —»zoon logos ejon»— por el cual asume «el acto creador del lenguaje».

[8].  «Sur le langage en general», 2020: 62.

© Cortesía de Ricardo Aguilar (1940-2021) durante su breve descenso astral en 2025, para conmemorar el medio siglo del guía durante su travesía celestial e infra-mundana, «by a Stairway from Heaven».

Agradecimientos a la UES-Santa Ana

por su contribución al formato de este libro.

A descargar: https://repositorio.ues.edu.sv/entities/publication/437a7634-c179-4c23-ad09-3eca594bebe4/full

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