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–Otra notita sobre los conflictos generacionales–

Álvaro Rivera Larios,

Escritor

Las edades existen y las diferencias generacionales son un filón del que obtiene grandes beneficios la industria de la ropa. Esta industria le otorga un argumento al consumo de la moda, por medio de dicho argumento vende diferencias, rupturas (pónte al día, rompe con lo viejo), distinción (usa nuestra marca, si quieres parecer rico) etcétera, etcétera.

Pero en una época como la nuestra, en la que ni los ancianos quieren que los tilden de viejos, en la que la juventud es casi una categoría ideológica, las diferencias generacionales suelen ser menos profundas, menos trágicas que en otros tiempos. Ahora, algunos abuelos acuden con sus nietos a ver conciertos de Heavy Metal. Una de las cosas que me sorprendió en Berlín fue ver a hombres canosos vestidos como veinteañeros elegantes: en zapatos tenis, sin calcetines, usando pantalones tubo, con chaqueta de traje. Viejos vestidos con informalidad elegante y juvenil. Me gustó esa onda. Yo mismo iba vestido así, aunque con calcetines.

En el arte sucede igual. El anciano Picasso murió empeñado en seguir siendo vanguardista, es decir, joven. Y en lo que atañe a la lírica, hay ancianos que siguen escribiendo poesía surrealista en la actualidad y creen que al hacerlo continúan siendo jóvenes vanguardistas. El XX fue un siglo que, en lo que se refiere a las artes, se entregó feliz a las más diversas transgresiones hasta el punto de convertir la transgresión en una especie de norma y valor último. La mayoría de creadores mayores de sesenta años vivos en la actualidad se han educado en esta tradición, no cabe imputarles una ferrea adhesión a la inmovilidad formal o un rechazo a los experimentos creativos. Los artistas ancianos de ahora son como esos viejos que vi en las calles de Berlín.

Alguien me dirá que no es nuestro caso y que los viejos de El Salvador no tienen nada que ver con los viejos de Berlín. Y puede ser hasta cierto punto. Pero creer que todos nuestros artistas viejos son en principio tradicionalistas es un gordo prejuicio al que se adhieren algunos críticos jóvenes que parecen empeñados en redescubrir la limonada. Según estos muchachos y estas muchachas, son ellos quienes han descubierto la vanguardia, la bohemia, el malditismo, el surrealismo, etcétera, etcétera. Para vender esta imagen donde ellos son los portadores refulgentes de lo nuevo necesitan olvidar que muchos artistas plásticos, narradores, poetas, músicos que ahora tienen setenta años fueron hippies, drogadictos, bohemios peludos y hasta creadores malditos en la segunda mitad de los años sesenta. La mejor poesía vanguardista que se ha escrito en nuestro país fue escrita en esa época.

Por eso es un gordo prejuicio creer que todos a todos los creadores salvadoreños mayores de sesenta años les provocan sarpullido las innovaciones artísticas. Se puede decir que, en general, saludan con beneplacito a los jóvenes que van por esos rumbos. Lamentablemente algunos artistas y críticos jóvenes se valen de los conflictos generacionales de una forma bastante superficial para vender su obra o la de sus allegados. Su visión crítica obedece a una lógica del marketing semejante a la que se utiliza en la industria de la moda.

Esta visión esquemática, ligada al marketing, necesita desfigurar la historia reciente de nuestra literatura. Según ella, fueron los veinteañeros de los años noventa quienes torcieron el rumbo por el que iba la poesía de los años ochenta. Solo quienes ignoran los datos históricos y hacen comercio con la ignorancia pueden afirmar tal cosa. El cambio de rumbo de nuestras letras en los años noventa fue un fenómeno transgeneracional liderado por algunos creadores todavía jóvenes que atravesaron y sobrevivieron los años de la guerra: René Rodas, Carlos Santos, Jacinta Escudos, Miguel Huezo Mixco, Horacio Castellanos Moya, Rafael Menjívar Ochoa, etcétera. Castellanos Moya y Menjívar Ochoa fueron portavoces activos de la consigna de que debía buscarse un nuevo lenguaje para el tiempo que empezaba. Busquen sus artículos de aquel entonces, léanlos, en ellos ya se trata de marcar una distancia con la presunta herencia nefasta de Roque Dalton, etcétera, etcétera.

En resumen, que ser joven y ser crítico no da derecho a hacer generalizaciones estúpidas sobre los artistas viejos de nuestra sociedad y más, cuando algunas de sus contribuciones continúan aventajando en juventud a las cosas que escriben o hacen algunos jóvenes de ahora.

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