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No es país para viejos

José Roberto Osorio
Sociólogo

El titulo usado en ciertos países, para la oscarizada película de los hermanos Coen, (2007), (en América Latina: “No es país para débiles”), sirve para comentar lo que ocurre a los viejitos, por estos lares.

Obligado y rápido comentario sobre la película que recibió, como es normal, muchas críticas buenas y positivas y alguna que otra, no tanto, sin embargo se agenció en su momento, unos cuatro “Óscares”, tres premios BAFTA y dos Premios Globo de Oro, entre otras varias distinciones.

Como se indicaba, el título es bueno para caracterizar lo que sucede en este país en el marco de la violencia y el crimen cotidiano, en particular para los ancianos, los inefables viejitos, que desde hace algún tiempo ya se han convertido en víctimas frecuentes de la espiral de locura y muerte que enluta al país.

El asunto no es muy nuevo. Ya en 2016, el procurador para los derechos humanos de ese tiempo había denunciado la violencia en contra de una pareja de ancianitos; él de 82 años y ella de 77. Otro “adulto mayor” de 82 años corrió la misma trágica situación en esos mismos días.

En la actualidad la violencia a las personas mayores va ascendiendo. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) lo ha relacionado con el aumento rápido del envejecimiento en la población. Agrega que el maltrato a dicha franja etaria podría llevar a lesiones físicas y generar consecuencias psicológicas a largo plazo, por lo que señala que es una problemática “mundial que afecta la salud y los derechos humanos de millones de personas mayores en todo el mundo” (Organización de las Naciones Unidas, 2015).

Los abusos de las personas mayores se manifiestan de diversas formas que van desde la discriminación en las esferas públicas hasta el aislamiento, el abandono, la explotación financiera y la violencia psicológica, física o sexual.

Los especialistas internacionales han señalado que el bienestar de los ancianos es una responsabilidad colectiva y han hecho “llamados” a las sociedades a prestar atención a señales como moretones inexplicables, desnutrición, deshidratación, falta de cuidados médicos o cambios súbitos en la lucidez o las finanzas de esas personas.

Una serie de prejuicios y acciones violentas en contra de los ancianos tienen su origen en la violencia social, que según expone Sirlin (2008), puede entenderse como “una profunda y asentada dificultad por parte de los jóvenes y los de la mediana edad, así como un rechazo personal y un disgusto por envejecer, enfermar, y quedar discapacitado, y el miedo por la falta de poder, la no utilidad y la muerte”. Estas actitudes se generan por prejuicios que se tienen en la sociedad. Esta forma de violencia se erige sobre una base de temores por llegar a edades provectas. Esos conceptos erróneos conformarían el “viejismo”, un cúmulo de prejuicios y estereotipos negativos hacia las personas mayores en función de su edad, generando abuso psicológico en la vida cotidiana de la persona mayor, el cual repercute en su identidad, dignidad y autovaloración.

En esta sociedad, considerada hipermoderna, uno de los pilares fundantes de la misma es por ejemplo, concebir como etapa de plenitud total de vida a la juventud. Por ello, la mirada puesta hacia el viejo está enmarcada en prejuicios para el descarte: el jubilado pasivo se presenta incapaz de producir en un sistema capitalista.

¿Cómo reafirmar una identidad donde las exigencias sociales están tan alejadas de las posibilidades de los adultos mayores? Sobre el particular Araujo (2002) plantea que “La identidad personal, la valoración que de ella hagamos, la imagen y auto-imagen, van a estar en función de la cultura y de los valores que el grupo de pertenencia desarrolle en términos de ideal”. Un ideal es por ejemplo un cuerpo joven objeto de deseo. Por la misma naturaleza el cuerpo de todos se va alejando del cuerpo joven que alguna vez tuvimos.

Expertos coinciden en que es necesario eliminar aquellos factores discriminatorios contra los adultos mayores: maltrato, abandono y violencia se plantea eliminarlos en todas sus formas. En cuestiones de imagen del envejecimiento, se expone la esencialidad de mantener una actitud positiva y se plantea que “las mujeres de edad se ven particularmente afectadas por los estereotipos engañosos y negativos”.

En el país, ya se volvieron tradicionales los “vueltos de viejito” y los “productos de viejito”. Esta forma de violencia se expresa en que personas jóvenes, en muchos casos mujeres, entregan las monedas más viejas e inservibles y muchos centavos cuando dan “el vuelto” en la compra que realizan ancianos. Los productos de viejito son los que ya se están pudriendo si se trata de fruta o vegetales o de aquéllos que tienen defectos. A la base de estas deleznables conductas se encuentra la suposición que los pobres ancianos no reclaman y aguantan todo.

Muchas muertes de ancianos se están produciendo en accidentes de tránsito cuando algunos energúmenos, atropellan inclusos a parejas de viejitos, (caso troncal del norte) y se van de paso, como si nada. Como este es un país de buenas y claras prioridades, se ha visto aparecer un movimiento para que los conductores de vehículos no atropellen y maten a los perros que se atraviesan la calle y se han diseñado pegatinas. Excelente iniciativa. ¿Y los viejitos?

Por otra parte, en particular para quienes gobiernan o administran asuntos del Estado, ya debería estar claro que la defensa de los derechos de los ancianos no es un asunto ideológico o que se le pueda o deba sacar raja política. En otros países, ya se ha demostrado contundentemente que la demagogia y la falta de consistencia y efectividad, concita el rechazo popular y lleva a fracasos electorales.

Los viejitos no le han hecho mal a nadie, aunque talvez podrían acusarlos por su aspecto, que afea el panorama. Los viejitos son seres humanos componentes de un grupo poblacional vulnerable y en crecimiento, que si alguna culpa tiene es haber resistido con estoicismo los embates de una vida tan compleja, dura y llena de problemas como la que se vive en este país, asolado por el crimen, la violencia y muchas otras carencias sociales.

Este no es país para viejos.

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