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Mi vuelo y el aterrizaje

 

Por Mauricio Vallejo Márquez

El martes pasado sin pretenderlo volé de la segunda planta del edificio Simón Bolívar de la UTEC. Un vuelo literal, nada de lenguaje figurado. No me deslicé, no me tropecé, simplemente puse mi pie en el vacío y descendí 12 escalones sin más freno que el contrapeso que me dio mi mochila y la fortuna de aterrizar con mi pie izquierdo y haberme alcanzado a agarrar de las barandas para evitar besar el suelo o rodar con el trágico probable resultado. Si no es probable que no estuviera contando el cuento y en lugar de mi columna podría haber aparecido una esquela anunciando mi desenlace.

Me sentí apoyado por compañeros y alumnos. El maravilloso Wilson que siempre ha sido un ángel junto a su esposa, el señor de la biblioteca, Omar y Baltazar que se pusieron a la orden y tantas personas más que no pasaron de largo, siendo eso lo usual. De ahí partí al Seguro y me dieron cuatro días de incapacidad, una venda y medicina tras examinarme y sacarme radiografías. El pie aún me molesta, pero sé que es un proceso y debo tener paciencia y ser un poco más cuidadoso, algo que cuesta en mí porque confieso que soy mal paciente, con eso de ser de la selección natural y casi nunca enfermarme.

El detalle de la caída me brinda la lección que vamos añadiendo a mi código de vida: estar más alerta. ¿Cómo pude distraerme hasta ese punto? Son cosas que suceden. Para algunos era caída de muerte o para fractura de columna o al menos de mi pierna. Sin embargo el diagnóstico del médico que me atendió era contusión de tobillo izquierdo. Y eso de haberme acontecido por andar en las nubes no es tan disparado.

Lo interesante de estas situaciones es la valoración de la empatía de las personas. Ante una desgracia uno puede saber a qué personas le interesamos y a quienes no. En mi caso pude percatarme de la hermosa humanidad de algunos compañeros como los que me apoyaron, me llamaron para preguntarme cómo estaba o los que me recibieron en mis trabajos con cariño y solidaridad, así como el punto gris: total desinterés de otros compañeros que ni el saludo me dieron. Igual es el caso de familiares, aunque dentro de nuestra conexión de sangre uno tiene ya la certeza del amor incondicional así como la distancia. No es que a uno le haga falta que lo estén acariciando cada vez que cae, pero son cosas que uno observa y guarda para el futuro con el objetivo de crecer como ser humano, como yo elijo hacerlo.

Cada golpe que da la vida nos deja una lección. Para el judaísmo existe una figura que acontece en los diez días terribles que se viven entre Rosh Hashana (La Cabeza del año) y Yom Kipur (Día del perdón), habló de kaparat avonot que es una especie de descuento para la condena que uno tiene durante el año que viene. Ya que en Rosh Hashana se decide el destino de la humanidad para el nuevo año y en Yom Kipur se sella. Así que mi caída bien podría tener equivalencia.  Independiente de ello, lo sabio del asunto es aprender a valorar las situaciones y analizar las lecciones. Quizá la cátedra esencial de este asunto es que aunque los poetas habitamos en las nubes y divagamos con el pensamiento y la imaginación, no debemos dejar de ver la realidad y asimilarnos en ella sin perder nuestra esencia. Porque lo onírico no es para evadir lo que sucede, sino una expresión del suceso.

Ahora que llevo mi tobillo vendado y utilizo bastón también me vuelvo más empático con las personas que adolecen estos problemas y se enfrentan al reto de desplazarse en muletas, bastones y con lentitud. Sería maravilloso que la gente tuviera más empatía con los demás sin necesidad de que le acontezca un suceso que le haga más consciente, quizá entonces seríamos humanos en verdad.

Mtro. Mauricio Vallejo Márquez

Licenciado en Ciencias Jurídicas

Maestro en Docencia Universitaria

Escritor y editor

Coordinador Suplemento Cultural 3000

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