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Memoria de Maquilishuat

DE AZTLÁN A CUZCATLÁN

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

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Desde Comala siempre…

El 5 de diciembre de 1931, la futura abuela de F. T. se levantó de madrugada.  Siempre despertaba temprano, al encenderse el cerro.  El monte la avivaba por su fragancia lila de flor santificada.  Vestida de un blanco amarillento, observaba la luz rasgando la faz del agua en el río de la hondonada.  A su orilla, el reflejo del rocío lustraba las hojas del quequexque.  En el flanco de una loma, cielorraso alto, su casa se abría en terrazas al norte del horizonte despejado.  Al frente, la cumbre de otra colina resguardaba un cuartel cuya brigada protegía la presidencia.  Pasaba días enteros sin salir de esa cresta empinada que acogía unas cuantas casas familiares.  Fundada por su padre, a la colonia se accedía por una calle en piedra.  Subía encorvada hasta enderezarse al fondo de la cima.  Luego giraba en óvalo, descendiendo hacia el mismo declive de regreso.  Si la casa encaraba el fortín —olor a fruta de la discordia— al fondo apacible de la espiral residía su hermana.

La visitaba con frecuencia, ya que vivía en una soledad más extensa que la suya.  Solterona empedernida, su única distracción consistía en rasgar las paredes.  En su ocio sinfín, inscribía el grafiti de sus sueños truncados en los paneles blancos, acanalados en la juntura.  Ahí la madera escondía el hormigón del medio que le salpicaba el recuerdo.  Su hermana auguraba que a su muerte rondaría siempre por esos lares, hasta que el Maquilishuat de la esquina dejara de florecer.  No sólo lo regaba a diario.  Lo abonaba con las uñas y el pelo recortados en un ritual de poda.  De tala intensa cada 3 de mayo, entre guirnaldas coloridas y fruta fresca.  Bajo el velo polvoso, todas las partes cercenadas de su cuerpo renacían a mano abierta.  En la linterna adornada del ramaje.  Eran la semilla que disgregaba su memoria.  Desde la terraza se traslucían cerros despoblados, pero repletos de cultivos y arboledas.  En la barranca, el Dichosofuí distraía el cantar nostálgico de las lavanderas con sus críos.

Por las noches, esa rutina la adormecía el gemir lejano de la leyenda.  Empero ese día los ruidos de vehículos le alteraron los ánimos.  Sospechaba qué sucedía.  Un acontecer de importancia siempre lo anunciaban los tupidos círculos de la comarca estrecha.  Su padre merodeaba por esos lares desde que había superado el lamento por el hijo pródigo muerto, invocando el castigo de Job.  El viento mismo repicaba cláusulas que a su deceso lucirían en emblema sin origen.  “Anti-imperialismo”; revolución teosófica” predecían un ideal renovado que comprometía a todos de los actos porvenir.   «Quien ”no supo comprender las aspiraciones del pueblo” merece ser destituido».  “La Patria se ha vestido de aurora”; ”Nuevo gobierno bien intencionado”.  “Los que han asumido el poder en El Salvador, nosotros los aceptamos desde ahora”.

En su oscuridad solitaria comprobaba que el mundo lo creaba un estanque tibio al anidar a los hijos en su regazo.  Por ese débito muy suyo, la inquietud del distrito la consideraba ajena a su esfera doméstica y a su cuerpo en parto próximo.  Ya discernía cómo respondería la historia de los varones ante el trastorno.  Todo el archivo quedaría sin memoria, como el suyo sólo lo conservaría una lápida mohosa en el Cementerio de los Hombres Ilustres.  Sin laude para las mujeres.  El revuelo público marcaba la política; regía el mundo masculino.  Al interior, su universo seguiría impávido en el hogar.  Sin registro escrito, ese rincón pasaría desapercibido, pese al Maquilishuat de su hermana que florecía anualmente.

Por tradición, intuía, en el cuartel se luchaba la guerra de los hombres.  En la casa, ella lidiaba la batalla de las hembras.  Su único legado viviría en la progenie quien la olvidaría, al podar el árbol para edificar nuevas habitaciones.  En la colonia, ya despedrada, su memoria en crochet sólo la recordarían tres niñas —Ruby, Fátima y la Chelita.  En renuevo primaveral, siempre surtirían las viviendas de tortillas, al ocultarse el lucero de la mañana.  Acaso, en un arraigo lejano, también su nieta mayor evocaría los juegos de chibolas tan multicolores como las flores marchitas para entonces.  Para ese entonces en el que los capullos pálidos adornarían su tumba.

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