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miércoles , 18 octubre 2017
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Los mesones: reflejo de la pobreza y de la exclusión habitacional en El Salvador

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

El fervor religioso siempre ha estado presente en los pobladores que, treatment de alguna manera, sick han estado marginados en el sistema de vivienda y han habitado o habitan los mesones. Sin embargo, como ya hemos visto en la entrega anterior, esos pobladores participaban, en el mayor de los casos, de todas las actividades religiosas en San Salvador y me refiero aquí concretamente a Semana Santa y las fiestas agostinas con la celebración de El Salvador del Mundo. En esta entrega me referiré, en particular, más a la participación de la gente de los mesones en los actos de Semana Santa. Y es que, a pesar de las extremas limitaciones en las que vivía la gente en los mesones, ellos nunca  perdieron el fervor religioso. Con seguridad se puede decir que todos los habitantes de los mesones participaban en las variadas actividades religiosas que se llevaban a cabo en San Salvador. Y es que, alrededor de los mesones viejos, también había casas que se destacaban por su arquitectura y se sabía que sus habitantes eran gente con alguna solvencia económica y eran ellos precisamente los que se veían de camino, para épocas de navidad, hacia la iglesia para “la misa del gallo”. Mucha gente de esta pasaba invitando a la gente de los mesones para ir a la misa, por lo general en la Iglesia San Esteban, la Merced, el Rosario, San Jacinto y Concepción, entre otras. Era sobre todo la gente mayor la que iba a la iglesia y se destacaban por lucir sus mejores atuendos. Era un período de vacaciones  para los escueleros y la celebración de esas festividades sobrepasaba hasta la madrugada del día siguiente donde muchos amanecían desvelados, de gomas y hasta “basqueados”. Era un momento en donde la gente hacía las bromas de aquellos que la habían fondeado; por lo general todos amanecían pintados con bigotes, con ojeras y otros hasta eran amarrados y a más de alguno se le escondían los zapatos y les sacaban la cartera, todo naturalmente a  manera de broma. “Culito fondeado no tiene dueño…”, era la frase popular. Tradición era de que tanto para el 25 de diciembre como para el 1 de enero  se alquilaba un camión y uno o dos mesones se unían y se iban a las playas más populares como el puerto de la Libertad y San Diego. Balnearios como los Chorros y Apulo también eran fuertemente visitados. Así mismo el Zoológico Nacional y otros parques de recreación. Un informante cuenta que una de las atracciones en el Zoológico era observar las picardías de un “mono pavian”  nalgas coloradas que no distinguía de sexo, ya que este animal con tan solo ver a la gente de gusto le servía agarrarse sus genitales y hacer lo que para algunos eran leperadas. La gente, al ver las travesuras sexuales del mono, se reía  a carcajadas, y las mujeres se tapaban la cara con las manos de ver tan depravado animal.  Por lo general, caso siempre en estos viajes de recreo, hubo accidentes de lamentar que los informantes no quisieron entrar en detalles. Muchos regresaban de la playa  más borrachos que de goma y colorados de la gran asoleada que se habían pegado. Y más de alguno me contó que no soportaban la espalda y otra parte del cuerpo de la gran requemada que se habían dado y juraban no volver en esas condiciones pero, año con año, era lo mismo. En lo que respecta a la Semana Santa, una de las peculiaridades de los recorridos en las procesiones es que se manifestaba un fervor de mucho respeto por parte de los devotos católicos que acompañan los recorridos procesionales. Pero es más, muchos de estos, aunque no eran miembros de la hermandades colaboraban en la limpieza de las vestimenta de las imágenes. Las imágenes después de un año de encierro aparentaban un envejecimiento propiciado por la pátina de humo, muy particular  en las iglesias, por la quema de las candelas y en ese tiempo el incienso que se usaba casi todas las semanas en los actos religiosos sobre todo durante las misas concelebradas y la adoración al santísimo. En los recorridos de ciertas procesiones siempre había, en la parte trasera, un grupo de acompañantes que, por lo general, eran bolos que alegraban el recorrido con sus dichos y a veces hasta chistes que ganaban atención por los acompañantes y que entre otras cosas, al calor de los tragos y con sus candelas encendidas, quemaban el pelo de las muchachas de adelante. Es así como los cantos religiosos se confundía con expresiones soeces como “me quemaste bolo hijo de la gran puta”. Muñeco,  Tick tack y Espíritu de caña eran las bebidas preferidas de los bolos que en ese momento se convertían en religiosos. No era de extrañar en ver en estos actos como en la “procesión del silencio”, el jueves santo, (procesión de solo hombre y con un rotundo silencio), así como en la “procesión del santo entierro”, ver a alguno de esos feligreses borrachos  fondeados en las esquinas o en las aceras. Hay que reconocer que eran precisamente esos bolos los que ayudaban, o ya sea acarreando sal, aserrín o cualquier otra cosa necesaria al momento de la elaboración de las alfombras que servirían de adorno y sobre las que pasaría la urna con la imagen del “cuerpo de Jesús”. La gente de los mesones: niños, jóvenes y adultos participaban activamente en todas estas actividades y aparte de los sucesos religiosos era también el poder buscar un momento de esparcimiento, y sea en las playas, en los ríos así como también en los lagos y parques de San Salvador de antaño. En estos paseos era frecuente que algunos encontraban su pareja como el caso de patas cutas del Mesón San Rafael que, en uno de esos viajes al Tamarindo, trajo como pareja definitiva ya que luego se convirtió en su esposa, a la Maribel y que por ese encuentro a la Maribel le apodaron “la cayuco” por el encuentro amoroso que ellos habían tenido en un cayuco en las playas de El Tamarindo. Alrededor de estas actividades hay toda una cantidad de aventuras y anécdotas que al recordarse se vuelven momentos gratos de toda una vida alrededor de los mesones. Sin más, Semana Santa era donde los mesoneros mostraban su fervor religioso y a veces hasta el arrepentimiento de la camándula de pecados que decían ello cargar sobre sus espaldas. Las festividades religiosas de la ciudad capital eran un momento especial para reunir a la familia y amigos, muchos departían el fervor religioso tratando de ofrendar a través de una alfombra el paso de más de una reconocida procesión. Es de hacer notar que, a pesar de los limitados recursos disponibles para elaborar una alfombra en aquellos tiempos, siempre fue manifiesto el afloramiento de su creatividad. La elaboración de una alfombra conllevaba también a reunir niños, jóvenes y adultos para compartir esos momentos, sin embargo también afloraba la retahíla de bolos que acompañaban a los que elaboraban las alfombras y en muchas ocasiones se incorporaban, así de bolos, a las procesiones. Era común apreciar en estos largos recorridos que la mayoría de sus miembros portaba una candela y, en repetidas ocasiones, se sentía el tufo a pelo quemado. Otros iban bebiendo atrás de las señoras de las hermandades que cotejaban la procesión sus rezos y se confundían con las jayanadas de los bolos. “Han silencio, respeten, no sean pecadores…”, gritaba más de alguno  con vos de temor. Al principio de la Semana Santa, la gente se afanaba a la búsqueda de pescado seco para  hacer cocinar el jueves y viernes santo el “pescado calzado”, es decir, los rellenos de pescado en huevo y masa. Otras de las ocupaciones de la gente para la preparación de las comidas de ese momento eran las torrejas, los jocotes y mangos en miel y más de alguno hacía manzanillas y ayote en miel de atado.  La gente, en el mesón, comía y era tradición compartir con los demás los diversos platillos preparados por la gente. Se notaba un clima de paz, de tranquilidad en el mesón. Y es que la tradición decía que para esos días era pecado hasta escupir, hablar fuerte, decir malas palabras y cualquier otra acción que podría tener un símbolo de pecado como es el caso correr y hasta bañarse. Eran momentos de entrega espiritual y las iglesias lucían abarrotadas de feligreses y se decía que eran momentos en los que la gente solo debía de pensar en la crucifixión y muerte de Jesús cristo. Sin embargo, en ese fervor religioso hay pícaros que se aprovechan  de la inocencia de otros, tal es el caso de dos cipotes que vivía en el mesón San Rafael, precisamente Wilfredo a quien ya hacíamos referencia en otra entrega cuando le cayó la palada de mierda de vaca al regresar del estadio después de haber presenciado el partido de futbol entre el Alianza y el Águila. En esta ocasión, jueves santo,  Wilfredo, venía acompañado de Stanley y muy entusiasmados  y con sus respectivos estrenos y unos bonitos relojes que parientes les habían enviado de los Estados Unidos. La idea de entrar a la iglesia fue por la curiosidad de querer conocerla en su interior ya que dijeron nunca haber ingresado a la misma y, en la puerta principal, una persona les detuvo preguntando hacia donde se dirigían y ellos le respondieron “queremos conocer la iglesia” y este les dijo que como era semana santa que eran prohibido entrar con relojes y les pidió que se los quitaran, que él se los iba a tener. Inocentemente le entregaron al hombre los relojes que les solicitó. La sorpresa para los dos fue a la salida de la iglesia ya que ni el pícaro, ni los relojes se veían en el atrio de la Iglesia.

*Director de cultura. Universidad Tecnológica de El Salvador

Un comentario

  1. Muy interesante el articulo, entretenido, aunque no encuentro la relacion entre el texto y el tema del articulo.

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