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LOS ÁNGELES CAÍDOS DE CARLOS ALBERTO SORIANO

Ángeles Caídos

Carlos Alberto Soriano

Editorial Lis

El Salvador, 2005.

304 pp.

Publicada por la salvadoreña Editorial Lis, en los albores de este siglo, “Ángeles Caídos”, fue la primera y única novela (editada en el país) que nos dejó el escritor Carlos Alberto Soriano (1970-2011), un hombre que volcó los últimos años de su vida a dar forma a sus inquietudes literarias.

La novela de marras, fuera de un círculo muy reducido, no tuvo la suficiente difusión, comentario y valoración de una escasa crítica nacional. Algo muy común en nuestro medio, altamente “conectado” a nivel digital, pero pobremente enterado -a profundidad -de la producción de libros  locales e internacionales.

Algún escritor muy conocido ponderó – con exageración-  la obra, a partir de su universo temático: las vivencias homosexuales de tres personajes, desarrolladas en la atmósfera subterránea  y sórdida de una ciudad (que se antoja San Salvador) durante el final de los ochenta y los inicios de los noventa. Aunque en realidad, como sabemos, la locación, la historia contada y la época –desde lo literario- son únicamente un telón de fondo, que sólo tienen relevancia, en la medida que evidencian las solvencias técnicas y estéticas del caso. De lo contario, podrán ser cualquier cosa: apasionado testimonio, anécdota insuperable, narración gloriosa, cualquier cosa, pero no literatura.

Pretender que estamos frente a una gran novela, porque desarrolla un tema, no muy convencional en nuestras letras, es una grave error, sobre todo, viniendo de alguien que goza del reconocimiento propio y regional.

Como ya apuntábamos, la calidad, no viene dada por el tema. El tema en literatura puede ser –aparentemente- de lo más insulso. Lo que concede el valor al texto -¡por Dios!- es la técnica.

La visión que “Ángeles Caídos” transmite de la homosexualidad es muy típica de la óptica que dimensiona esta orientación sexual, como un camino de sufrimiento, autodestrucción, oscuridad y marginalidad. Probablemente, esta concepción, pudo tener sentido en décadas anteriores, donde la discoteca del subsuelo, el mingitorio, la sala tenebrosa de un cinematógrafo de tercera categoría, el vagabundeo promiscuo en los centros comerciales, la explotación económica, las drogas y el SIDA, eran sitios, circunstancias, y destinos, muy asociadas a la homosexualidad.

La conciencia ciudadana ha cambiado mucho en el mundo y, en el país, desde entonces. Y si bien, los crímenes horrendos  “de odio” continúan, al igual que la discriminación y el prejuicio.  También es cierto que los niños y jóvenes de hoy; la escuela elemental y la superior; el barrio, y las nuevas generaciones de padres y madres de familia, han modificado notoriamente su actitud frente a la llamada “diversidad sexual”. Asimismo el Estado, ha tratado de ir creando mayor conciencia ciudadana, basándose en el respeto y en la defensa de los derechos humanos. Por supuesto, que todavía el fanatismo religioso, la ignorancia y el machismo cultural, hincan sus dientes de agresividad e intolerancia; pero, en definitiva, otros vientos soplan ya por el mundo.

Retornando a la novela, el problema fundamental, no es la visión y el contexto que presenta de la homosexualidad, en modo alguno. El asunto de fondo es que ese mundo tan rico, tan lleno de contradicciones, de crisis, de emociones intensas, se exhibe esquemático, caricaturesco, a la manera, por momentos, de las novelas de folletín, con personajes epidérmicos, cuyos conflictos  -en abundantes apartados- parecieran sacados de una saga de Televisa.

Por otra parte, es claro, que el autor estaba camino a domeñar aspectos técnicos como el lenguaje de los personajes, esto es, su diferenciación psicológica, manifiesta en sus distintos estilos discursivos. Este es un aspecto que se descuida notoriamente, ya que tratándose de una novela que se ambienta en un escenario muy realista, pareciera que estamos frente a un monocorde narrador.

Se extraña, en la novela, la ficción y lo propio de la belleza metafórica, sugerente, intrínseca a la literatura. “Ángeles Caídos” está más próximo a un relato testimonial, muy secamente denotativo y, además, estropeado en su desarrollo; que a una pieza literaria, escrita bajo la estructura compleja del género. Hay errores, incluso, en detalles de la historia, que evidencian claras contradicciones.

El asunto erótico, un elemento que podría ser crucial, en el desarrollo del texto, tampoco es utilizado. En general, el volumen se regodea en recrear superficialmente los vericuetos de Nicolás, Anselmo y Renato, con secuencias que se adivinan fácilmente al avanzar por las trescientas cuatro páginas.

El tema homosexual, posterior a la novela de Soriano, ha tenido una notable formulación literaria en “Ciudad de Alado” (2006) de Mauricio Orellana Suárez. Pero, en términos novelísticos, está aún por emerger decididamente.

La poesía, por el contrario, ya inició su camino con publicaciones formales como las realizadas por Ricardo Lindo (“Injurias”, 2004; y “Bello amigo, atardece”, 2010), René Chacón (“La fiera de un ángel”, 2005) y Alberto López (“Y qué imposible no llamarte ingle”, 2011; y “Cantos para mis muchachos”, 2014).

Sin embargo, pese a las falencias de “Ángeles Caídos”, no hay duda que se trata de una publicación valiosa, en tanto que inaugura una ruta que apenas se inicia, en el paraje de las letras nacionales.

Álvaro Darío Lara

Escritor

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