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Lo virtual como nuevo oscurantismo: privatización de la realidad (1)

René Martínez Pineda

Por absurdo que parezca, somos una humanidad cuya lógica es una paradoja desquiciante -como la del viajero del tiempo, de Wells-, pues se empeña en robarnos nuestra esencia humana: hace siglos, la Santa Inquisición perseguía a todos aquellos que cometían la herejía de buscar el conocimiento científico como una virtud humana; hoy, la Santa Tecnología de la realidad virtual persigue a quienes comenten la herejía de defender la presencia de los cuerpos-sentimientos en la realidad real, para transformarla realmente con rostro humano. En una paradoja como esta, los únicos que no están locos son los locos. Ahora bien, hay que tener presente que cuando hablamos de lo virtual, aparentemente -y sólo aparentemente- estamos hablando de educación y de trabajo, sin embargo, ese proceso perverso que está impulsando el capital digital va más allá, pues tiene una incidencia social, cultural, económica, política, ritual, axiológica e ideológica, en tanto su esencia tiene que ver con la expropiación y privatización de la realidad para que los pobres no cometan la herejía humana de querer tomar posesión y posición en ella y dentro de ella.

Siendo así, no se trata de un dilema entre educación presencial y educación virtual -dilema que puede plantearse en términos sociológicos como la guerra entre las presencias y ausencias-, sino que se trata de una dicotomía: educación presencial y clases virtuales, lo cual es distinto debido a que la educación virtual no existe o es, a lo sumo, una perversión o minimización de la educación como hecho integral y axiológico que nos confiere más humanidad. En tal sentido, lo virtual no es más que una expropiación y privatización de la realidad real (que es el libro de texto y laboratorio del conocimiento científico y vulgar) y, para ello, es esencial invisibilizar (encerrar) a estudiantes y maestros, de la misma forma en que se invisibiliza a los trabajadores y, así, la injusticia, explotación y desigualdad social se convierten en un mito que deambula en la hojarasca de la realidad virtual.

Por tal razón, la lucha cotidiana por no permitir que la realidad virtual desplace a la realidad real es una lucha de oficio en las ciencias sociales; es soñar desde la valentía que nos da la locura de la sociología de la cotidianidad popular, porque es lanzarse contra los monstruos de la privatización de la realidad que se disfrazan de pantallas alienantes, y sólo a través de esa lucha encaja -en la sociedad y en mí- el oficio del sociólogo, ese sociólogo que está loco porque quiere hacer prevalecer lo humano sobre las cosas y, dentro del capitalismo, no hay peor locura (o herejía más maldita) que esa.

Sin duda, el imperio de la realidad virtual es sinónimo de expropiación y privatización de la realidad (el refugio de las personas y las ciencias), de las calles, de las casas, de la vida en colectivo, y decir que: para ahí va la sociedad porque la tecnología así lo manda; y decir que ese es el futuro y que hay que aceptarlo y adaptarse para normalizarlo, sí o sí, es como decir que el futuro es la desigualdad social que hay que aceptar sin meter las manos, y aceptar que las ideas son las que producen al cerebro. Y es que, en el caso de la educación, no hay que olvidar que, si bien las clases virtuales son herramientas terciarias de aquella (a las que se les puede sacar mucho provecho en situaciones dadas y momentos específicos o fortuitos, sobre todo en materia de comunicación), la virtualidad es totalmente incompatible con la libertad individual y social; es la antítesis del espíritu humano; es el gusano informático del pensamiento crítico; y es una cosificación de la socialización que es la que forja la identidad sociocultural y los valores, debido a que lo virtual es una forma de encerramiento de las personas, es una realidad disminuida, aplanada, estática y, sobre todo, inerte, no importa cuanto movimiento veamos -o creamos ver- en las simulaciones, y no importa que creamos que nos movemos en tales simulaciones porque, al final, nos damos cuenta de que seguimos parados en el mismo lugar. Eso es exquisito en tanto sueño húmedo de los dueños del mundo y de sus gestores académico-ideológicos que descubrieron en lo virtual una forma de ocultarle horas al Estado y de robar las identidades ajenas para darle al sistema económico -que se nos vende como algo inevitable de la mano de la tecnología que nos jura que es mejor la fotografía que el paisaje- otro espacio de revalorización.

Para lograr lo anterior, el sistema económico se presenta a sí mismo como el único posible y como la forma “natural” de vida en la cual hay que participar -“pero de mentiras”- desde la realidad virtual, para no trastocar la realidad real que se presenta como un lugar peligroso que nos lleva a encerrarnos. En ese sentido, nos quieren hacer creer que “participar virtualmente” en la sociedad es hacerse parte de ella (ser una pieza del engranaje, en lugar de ser el que lo mueve) y obtener la mayor parte posible de beneficios individuales, tal como tener un tiempo completo en una institución del Estado y usar ese tiempo para realizar otras actividades lucrativas. Siendo así, la realidad virtual no admite el tipo de participación que implica (desde las presencias en una realidad que le pertenece a las personas por herencia civilizatoria, realidad que sólo se puede transformar desde ella misma) cuestionar los fines y medios usados para privatizar la realidad convirtiéndonos, de facto, en los espectros de una realidad que es un espectro de sí misma (el desdoblamiento de la realidad sin heterogeneidades corporales), razón por la cual se puede afirmar que la luminosa e interactiva realidad virtual es el nuevo oscurantismo, porque está llena de ausencias, agujeros negros, eclipses, olvidos e inacción social.

El genocidio de la realidad real (las presencias) a manos de la realidad virtual (las ausencias) es el firewall que garantiza invisibilizar al pueblo y profundizar la desigualdad social (lo que incluso se quiere imponer desde las humanidades, que se deshumanizan, y desde la sociología, que pierde su esencia social) tiene múltiples contextos que niegan la multiculturalidad y afirman la fragmentación (vía encerramiento) al meternos en el luminosamente oscuro laberinto de la soledad sólo comprensible desde un proceso de aislamiento e individualización acelerado, cuyos efectos nocivos de mayor desigualdad social son reconocidos, en la rama de educación, por la UNICEF y UNESCO, tanto a nivel básico como universitario. Y es que la desigualdad social -como hecho sociológico, no sólo existía antes de la pandemia, sino que fue fomentada con la cuarentena y ahora sigue existiendo, reforzada y justificada con el falaz argumento de que “la tecnología es la que manda y que, por lo tanto, no tenemos más remedio que someternos a ella”.

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