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LAS ASTILLAS DE LA MEMORIA

DE AZTLÁN A CUZCATLÁN

 El otoño del encuentro

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

Desde Comala siempre…

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Un día lluvioso de diciembre, en 1931, cuando el otoño frío arreciaba desde temprano, JLB. se dispuso a cruzar el Parque Central.  Ni el viento ni la humedad lo molestaban.  Un sombrero de fieltro y un largo impermeable lo protegía de la inclemencia.  Lo fastidiaba una idea fija que, nerviosamente, agitaba un lápiz oscilando entre los dedos sin guante.  Cambiaba de mano, pero proseguía el vaivén rotativo de un péndulo.  Unas cuantas gotas le calaban el cuerpo y le imprimían una duda que acalorada lo había enemistado con R. L., hacía unos instantes, en la Biblioteca Pública.  “No puede ser, se repetía, que sea tan terco”.

Él quien siempre concluía todo cuento con una leve alusión a su término, le había propiciado el mismo destino a su amigo.  Si el lector desaparecía al final de cada relato.  Si siempre lo asesinaba, lo expulsaba con igual desdén que el doblar de una página, a R. L. lo había empujado al mismo desenlace.  Así discurría entre el oscilar del lápiz y un leve movimiento de los labios que creaba un murmullo sordo.  Así discurría al advertir a un hombre alto, blanco, casi vestido igual que él, quien alimentaba y platicaba con los pájaros.  La pareció tan singular su actitud de diálogo que se acercó a conversar de lo que fuere.  A regañadientes al inicio averiguó que provenía de un diminuto país de la América Central el cual desconocía por completo.

Era otro escritor de ficciones y le obsesionaba el mismo objeto de sus obras.  Por ese parecido, el encuentro fortuito ocurría quizás al lado de un estanque.  De unas aguas que reflejaban los árboles amarillentos del otoño y el cielo adormecido.  El caer de las hojas enturbiaba el agua.  El desconocido le recitó de memoria una de sus narraciones, “El espejo”, que a no ser por un sesgo piadoso, correspondía a su propio carácter.  Se disgustó de nuevo.  Era una actitud que siempre lo separaba de sus colegas.  Pero el cinismo de su ademán a menudo lo resolvía la enemistad.  Por tal razón decidió repetirle a tal individuo de nombre particular, S. (futuro abuelo de F.T.), el desafío que lo había separado de R. L.

“Si Ud. realmente piensa que el espíritu es superior a la materia, ¿por qué no me lo demuestra en este instante?”.  Sus palabras resonaron con mayor osadía en la cisterna, mientras los pájaros aleteaban el abandono.  En su mano temblorosa, el lápiz lo sustituyó un revólver que agitaba en un semi-círculo similar entre los dedos.  Lo sopesaba en la mano que sin vacilación extendió hacia S.  Distinguiendo de reojo su reflejo opaco en el estanque, S. no dudó en empuñarlo.  “No me crea un cobarde”, le aseguró.  El disparo se perdió entre la hojarasca amarillenta del otoño.  Sólo una breve nota en el NYT refería el cuerpo de un extranjero flotando entre el revoloteo de los pájaros inquietos y los pétalos marchitos.  Aparte de esa noticia, el único testimonio que quedó fue un recuerdo obtuso.

A su regreso al diminuto país, S. presentaba un comportamiento absurdo.  Había invertido su nombre, el que iniciaba con la letra final, E, y su proceder obedecía a una reversión despejada de la costumbre de sus familiares.  De la memoria de algo perdido en la palidez de su rostro, en lo huraño de su carácter y en lo fantasioso de sus palabras.  De JLB jamás se tuvo noticia plena en el Istmo.  Pero contaban que, en el asombro, siempre buscaba la soledad de los estanques, a lo sumo, acompañado de los pájaros en una remota ciudad del sur.  Siempre entre la neblina de un otoño invertido en el espejo del año.

 

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