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La patada

LA PATADA

Por Evenor Saavedra.

–Abuelita… Abuelita… –intentaba decir Manuel, pero la voz no le salía, y el resto del cuerpo se le había petrificado.

El terror lo tenía envuelto en su abrazo macabro, inmovilizado en su banquito, con una mazorca a medio desgranar en la mano y con los ojos fijos en lo que se arrastraba por la tierra, en lo que lentamente se acercaba a su abuela, la que, ignorante del peligro, seguía restregando unos trapos en el lavadero, con la tenacidad del marinero que se bate con la furia de la tormenta, sin percibir los traidores pasos del amotinado.

Manuel no podía creerlo. Si aquello hubiese sido una culebra, seguro que podría gritar; pero era algo peor, y todo su cuerpo lo entendió así, incluso antes de verlo, porque le fue entrando un escalofrío calenturiento que en dos segundos empapó su camisa y dejó su cabeza echa una bolsa de cemento. Todo su cuerpo estaba tenso, había cobrado la rigidez de los muertos. Su vejiga, como en rebeldía con el resto del organismo, había ido aflojando una calidez escurridiza entre el cauce de las piernas, aunque de esto Manuel no se percataba todavía. Toda su atención estaba en la criatura que tenía en frente: un diablo horrendo, como nunca lo había visto representado en las imágenes religiosas, que se arrastraba dificultosamente por el barro del patio, expeliendo humo de todo el cuerpo, como si acabase de salir del mismísimo infierno; boqueaba desesperado, cual si tuviese problemas para respirar o, lo que era peor, cual si estuviese ansioso de atrapar entre sus colmillos, delgados y retorcidos, alguna distraída carne de cristiano.

Manuel temblaba, castañeteaban sus dientes. Pero era como si los diablos no se alimentaran del miedo, porque al esperpento aquél sólo parecía interesarle una cosa: llegar hasta la abuela Esmeralda. Sus ojos inyectados en sangre no perdían ni por un momento su objetivo. La expresión anhelante de su rostro, y el lamentable arrastre de su cuerpo raquítico, parecían semejar el estado de algún moribundo que, abandonado en el desierto, había encontrado, por fin, un poco de agua. Pero Manuel sabía cuál era la verdad, lo presentía muy adentro de su alma. El diablo aquél quería entrar en su abuela, poseerla, para no tener que volver al infierno y así poder hacer sus fechorías en la tierra. De dónde había salido o quién lo había mandado, le tenían sin cuidado en esos momentos. ¡Tenía que hablar! ¡Tenía que moverse o su abuela estaría en manos del maligno!

El diablo casi llegaba, y en su rostro parecía dibujarse una cadavérica sonrisa. ¡Estaba contento! Ya saboreaba el manjar de un alma pura… ¿Y si se comía el alma de su abuelita? ¡No quería ni pensarlo! Inesperadamente, las extremidades del diablo perdieron su fuerza, dejándolo tendido a unas cuantas pulgadas de la abuela; pero su sonrisa no se desvaneció… sabía que ya estaba muy cerca.

–Abuela…

No era más que un susurro insignificante, el grito lastimero de Manuel. De entre los colmillos babeantes del diablo, emergió una lengua bífida, larga, delgada y muy roja, que saboreaba el aire y tanteaba el espacio, como olfateando a su presa. Todo había terminado, la lengua era lo suficientemente larga… –Dios mío…– chilló mudamente Manuel, pero el diablo reía.

Fue entonces cuando sus plegarias hicieron eco en alguna parte. Algo cayó del cielo y traspasó la lengua del diablo de parte a parte, dejando un trozo de aquélla retorciéndose en el barro. La sonrisa del diablo se desvaneció, se trocó por una mueca de impotencia, y todo su cuerpo se fue evaporando poco a poco, hasta que desaparecieron los últimos vapores en la claridad de la mañana. Manuel hizo un esfuerzo supremo por mirar hacia arriba, y alcanzó a ver un bultito color caca de vaca entre las ramas… ¡Era un zenzontle! ¡Un zenzontle en el amate! Se había cagado, y la “bendición” había caído justo en la lengua del diablo. Manuel, todo rígido como una columna, se fue despatarrando en cámara lenta, como árbol tronchado por el filo del hacha. Una de sus piernas, que las tenía muy estiradas, alcanzó el huacal de maíz y lo volcó, haciendo suficiente estrépito como para llamar la atención de la abuela, y grande fue la sorpresa de ésta al volverse y ver a su nieto despatarrado en el piso, con los ojos desorbitados de espanto, la tez pálida, como si su piel morena se hubiese vuelto ceniza; y, por si fuera poco, todo empapado en sudor y meados.

–¿Qué fue Manuel? –preguntó afligida la abuela.

–Abuela, usté no sabe qué acaba de pasar, ¡viera lo que acabo de ver! Un diablo estaba allí a la par suya.

–¿Un diablo decís?

–Sí, ¡viera!, como recién salidito del horno el animal; todo rojo y de ojos saltones, ¡y los grandes dientotes! ¡Viera! Era flaquito, flaquito, que anantes andaba, y se vino diarrastras por todo esto, con tal de llegar onde usté y hacerle a saber qué brujería.

La vieja, que todo lo había visto y todo lo había sufrido, descargó una sonora risotada que resonó en toda la oquedad del corredor, estremeció las ramas del amate, hizo volar a los sanates y obligó a una pata a llamar a sus patitos desperdigados.

–¡Ay, mijito! –dijo– ¡Si tan discriado estaba ese diablo, de una patada me lo vuelo!

Y siguió resonando la carcajada en la diafanidad de la mañana, mientras, en alguna ramita del amate, un zenzontle comenzaba a cantar su trance místico.

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