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La mosca y la narradora

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

Frente al espejo repaso con brevedad los últimos detalles antes de salir de la casa. De pronto se posa una mosca sobre mi oreja y se queda ahí, estática como si quisiera decirme un secreto. Mi primer impulso fue apartarla, pero como si mi mente sacara de sus archivos escuché la voz de mi abuela María Julia Marroquín de Vallejo narrándome cuentos antes de dormir, historias que ella creaba y que lamentablemente no escribió. De esos momentos mágicos de la niñez que lo detona algo tan nimio como el toque de un insecto me hizo recordar a esa abuela que fue como una madre para mí.

Uno de sus relatos hablaba de un hombre bueno que lo mataron hombres malos y pedía permiso para bajar al mundo porque necesitaba ver a su hijo, a sus hermanos, a su papá y a su mamá. Pero los ángeles le decían que no podía bajar, ¿para qué quería volver a un lugar con tanta maldad? Hasta que Dios se inclinó de su trono para escucharlo y le preguntó para qué quería bajar. El hombre con todo respeto le dijo que no quería cambiar el plan de Dios, solo quería saber si estaban bien las personas que amaba, verlos de cerca. Dios asintió con su cabeza y le aprobó, pero debía bajar con la forma de una mosca para no ser descubierto y debía ser muy cuidadoso para no terminar aplastado (aunque no le pasaría nada). Eso sí, solo tenía un día para el viaje.  Los ángeles y sus abuelos lo despidieron como cuando lo veían partir rumbo al pueblo pidiéndole que se cuidara mucho. La mosca bajó y comenzó a ver a sus hermanos, se quedó sobre la pared para evitar ser detectada, después fue a ver a su padre y a su madre, y sintió calma al verlos fuertes, por último fue a ver a su hijo. Lo contemplaba desde el techo y daba vueltas para verlo en todos los ángulos posibles, veía como jugaba, hasta que no pudo contenerse, se acercó a él para besarlo. El niño comenzó a seguir a la mosca, porque le molestaba. La mosca se acercaba de nuevo a su oído para decirle que era él, pero el infante solo escuchaba el zumbido. El hombre con tristeza se dio cuenta que ya no podía hablar con él, pero se alegró de verlo sano y fuerte.  Después, el hombre regresó al Cielo con una sonrisa ancha tras ver a su familia y le agradeció a Dios.

A mi abuela le llamé Mamá Yuly, fui su primer nieto. Ella jamás escribió un libro. Sin embargo, me contó innumerables historias. Podríamos afirmar con toda seguridad que era una narradora como Homero, cantando sus historias para Grecia y el mundo; solo que ella me los contaba a mí.

Muchos de sus relatos hablaban sobre la desaparición de mi papá, seguro con la intención de consolar su ausencia.  Brevemente hablamos de eso una ocasión en 2009, por lo general el tema de la muerte de mi papá siempre le causó mucho dolor y únicamente logré que me contara cosas de su infancia y sus conversaciones. Me decía que mi papá se llevaba tan bien con ella que por jugar la llamaba por su nombre: María Julia. Y antes de publicar muchos de sus escritos, el joven literato primero se los mostraba para escuchar la opinión de ella.

Cuando era adolescente y viajábamos a Tonacatepeque adquirí la costumbre de leer en el transporte colectivo, así que ella manejaba su carro y yo iba leyendo. Era una antología de poesía de Octavio Paz que debía regresar lo más rápido posible. Ella me observaba de reojo, mientras recorríamos la famosa Troncal del Norte. Al llegar al desvío para Tonaca me preguntó qué leía. Tomé aires de doctor y comencé a explicarle sobre Paz. Ella sonrió y me contó que a ella le encantaba un poeta mexicano al que le tenía mucha afición, ese poeta era Amado Nervo. El resto del camino me recitó de memoria varios de sus poemas. Yo la escucha fascinado, no me imaginé ese amor por la poesía de mi mamá Yuly. La veía dedicada a la libreta que editaba y distribuía en las librerías, incluso en su trabajo como voluntaria en la Asociación Demográfica Salvadoreña. A partir de ese día comenzamos a conectar más, los temas se fueron haciendo más variados y comprendí de donde venía el amor por las letras de mi papá, Edgar Mauricio Vallejo Marroquín.

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