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La llaga desnuda (15)

Erick Tomasino

 

Te sentís incómodo

Recibí una invitación de amistad y al ver la foto de aquella chica inmediatamente le acepté; la invitación venía acompañada de una breve nota que decía: “Te he visto siempre solo en el bar, physician yo también me la paso sola, veámonos un día de estos. Cuidate”.

Así que me detuve a ver sus fotografías y en efecto era una de esas chicas que siempre llegan a tomar un ron y se sientan en la barra y aunque sonríe a medio mundo nunca se le va platicar con nadie. Me llamó la atención y a los cinco minutos ya estaba coordinando con ella para tomarnos unas cervezas.

Quedamos en el bar de siempre. Yo llegué un poco antes quizá para no darle excusas por si ella llegaba antes y que al no verme se escapara. Suele pasarme que soy yo quien tiene la culpa, esta vez no podía permitírmelo.

No tardó mucho en aparecer y nada más entró se dirigió hacia donde yo estaba, venía sonriendo y sus rizos aun traían el olor de cabello recién lavado. Me dijo hola y me abrazó, nos besamos en la mejilla y la invité a sentarse. Pedimos algo y la introducción fue la típica de estos casos.

Lo importante es que después de algunas botellas, ella dijo que sentía ganas de bailar, así que nos fuimos a un sitio para ello y nos pusimos en medio de la pista. Ella se movía como si le picara algo en su interior y yo intenté seguirle el paso. Me fue completamente imposible. “Parece que a vos no te corre la sangre, movete un poco más”. Hago lo mejor que puedo, me excusé. “No importa, me caés bien de todas maneras” y se puso a reír. Bastaron dos canciones para que ella se resignara y nos sentamos a beber algo más.

Llegó el final de la noche y como suele suceder nos sacaron del sitio, estábamos en la calle pensando en seguir la fiesta, pediremos un taxi, le diremos que primero me lleve a mi casa y luego puede llevarte a la tuya, no nos cobrará mucho, dijo.

Sería más barato si nos lleva a ambos a tu casa –probé- así yo mañana puedo tomar el autobús temprano y no gastaré mucho, pues la verdad no tengo mucha plata para gastarme en taxis. Me miró como si sospechara de mí. Está bien pero igual tenemos que pasar a comprar algo de beber y unos hielos, como está en el camino, el taxi nos cobraría lo mismo.

Y eso hicimos, abordamos el auto, compramos algo de ron, hielo, cigarrillos, y algunas chucherías y fuimos hasta su casa. Era un pequeño apartamento en el quinto piso, muy acogedor y parecía estar todo en orden. Como siempre, me dio por servir los tragos antes de meternos a hablar sobre cualquier cosa. Hey nena, ponte cómoda le dije. Carol –que así se llamaba- rió, pero si es mi casa. Por eso, ponte como si estuvieras en tu casa. Volvió a reír.

Estuvimos bebiendo hasta más no poder, hasta que ella confesó sentirse cansada. Mirá, como sólo hay una habitación ambos dormiremos en ella, pero no te fies, tengo una cama y una colchoneta, vos podes quedarte en la colchoneta, dejame arreglar y si querés luego podes venirte a dormir. Se fue al cuarto a organizar todo y yo me quedé aun escurriendo las latas de cerveza y fumando el último cigarrillo de la velada. Salió y dijo buenas noches. No hagás ruido cuando entrés.

Así hice y de pie juntillas, entré a la habitación, la chica ya estaba roncando así que ni me animé a molestarla, me lancé a la colchoneta e intenté dormir. Me parecía una extraña noche. Ver aquella mujer acostaba a unos cuantos centímetros de mí y no poder abrazarla. Ese pensamiento me invadía y no lograba conciliar el sueño. Me levanté varias veces como para acercarme y corroborar si en verdad estaba dormida y ella parecía realmente estarlo.

La única manera era despertarla pero no se me ocurría como; así que pensé que si iba al baño podía hacer algún ruido que le sacara de ese estado y eso hice. Me levante fui al baño que quedaba a pocos metros de la habitación, dejé la puerta abierta para que se escuchara todo, abrí la tapa haciendo un alboroto, sonó un “tap” con mucho eco, mié lanzando todo el chorro para que sonara, cerré la tapa con otro sonoro “tap”, y hasta arrojé algunos botes de crema al piso y cosas así. Regresé a la habitación y parecía que ella seguía dormida. Mierda –me dije-  me acosté de nuevo pensando en una noche más y suspiré muy profundamente.

Parece que estaba más sensible a los pequeños sonidos porque una leve tos le provocó dar la vuelta y preguntarme. ¿Te pasa algo? No, tranquila, es sólo que no puedo dormir. ¿Te sentís incómodo? Si, quizá me va mejor si me acuesto con vos en la cama. Está bien. Hay problema si te abrazo. No ninguno. Ya en ese momento todo estaba decidido, tuvimos sexo toda la noche y pude ganar un desayuno como recompensa.

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