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La estadística de la injerencia

René Martínez Pineda
Sociólogo

Afectados por eyaculaciones precoces, los psicoanalistas clásicos dijeron que las ideas pueden ser inducidas por hipnotismo. Muchas décadas después, esa tesis seduce a los publicistas políticos que se han perfeccionado en la estadística de la manipulación. Una estadística política más grande que el número que resume al planeta nos obliga a comer las mentiras que mete en el imaginario para que, empachados, abandonemos el sueño de romper la corrupción e impunidad y, por ello, la manipulación es un discurso para la traición, la que –ya consumada- se convierte en el soliloquio de Brutus. Es la estadística de la traición a la palabra y a la utopía de la revolución con cambios revolucionarios.

Muchos presidentes en el mundo han sido electos por mayoría significativa y típica en eventos más diáfanos que las elecciones que llevaron a la Casa Blanca a Bush (el padre, el hijo y el espíritu santo), a Obama, a Trump y a Biden, pero nunca se ha puesto en duda su democracia electoral ni se habla de una dictadura oculta manejando los algoritmos del escrutinio final. Sin embargo, EE.UU. sí se siente con la autorización de derrocar –o dañar- a los presidentes que no les conviene, acusándolos de dictadores, tiranos, ignorantes… o locos con el agravante de ser tontos, como lo hacen con Maduro, a quien –más allá de que nos guste o no su talante- le ponen como universo paralelo a un tipo que no ha sido votado por nadie para ser presidente.

Los ejemplos vienen caminando desde las frutas envenenadas que comió Arbenz, pasaron por la Sierra Madre de Castro, tomaron Coca Cola en La Casa de la Moneda mientras le daban un beso en la mejilla a Allende, arremetieron contra Chávez –el dictador sin presos políticos ni invasiones militares, lo que no se puede decir de Obama- y, hoy, afinan su puntería en la espalda de Bukele, el dictador que no le ha disparado a la oposición (grupo deforme que une a la izquierda con la derecha) que anda en busca de un mártir y un candidato único.

En esos casos, la estadística manipulante ha dado rienda suelta a las ansias de Golpe de Estado para restituir -dinero y tweets de por medio- su frágil hegemonía que no parece hallar el rumbo en un mapa sin lados. Las ansias golpistas no tienen nada que ver con los estilos de gobernar ni con los discursos retadores, sino con las reformas políticas y alianzas económicas (con China, hoy; con la URSS, ayer) que los presidentes que están en el púlpito de los acusados por la Casa Blanca -que tiene una historia negra- han propuesto y que equivalen –en el discurso injerencista que sueña ser ciudadano romano- a herejías imperdonables. Los presidentes acusados se atrevieron a tocar lo intocable y a ver el dólar como dios pedestre. Al reflejo, los intocables (dueños de medios de comunicación, dueños de la corrupción e impunidad y dueños de todo lo que se mueve) ponen el grito en el cielo de la intervención financiera y militar.

Añorando su papel de Santa Inquisición Política y estandarte de la libertad (la de ellos, claro) la extrema derecha pregona la muerte de la libertad. En aquellos días, la estadística manipulante hizo su labor para que se viera a Allende y Chávez como tiranos, autócratas militares o eruditos delirantes que, para terminar de joder, eran amigos de Fidel y, por tanto, enemigos de la democracia sin democracia popular. Según el discurso injerencista, contra los “tiranos” acusados por la omnipresente embajada norteamericana está “la ciudadanía”, la sociedad civil. Con ellos: “la muchedumbre” de ignorantes, los no pensantes, los pendejos que no se reúnen en sedes diplomáticas sino en champas o guaridas.

La embajada norteamericana dirige y financia a los que no han sido votados por nadie y, democráticamente, hace de las calles una Sodoma y Gomorra en busca de la represión que haga subir la Bolsa de Valores. La prensa local, blasón de la libertad de información que se cree sucursal del Washington Post, se hace del ojo pacho con aquellos que, cuando estuvieron en el poder, se pasaron al pueblo por los huevos –¡así diría Benedetti!- y pregonan que el único voto válido es el del silencio de los desmanes pasados, el voto del silencio de los votos que les dieron poder, y ese es el único voto que para ellos tiene valor porque es un voto mudo y, claro está, así reivindica los votos monásticos impuestos al pueblo: pobreza, obediencia, castidad.

La estadística manipulante quiere convencernos de que ser antinorteamericano (no dice ser anti-gobierno norteamericano injerencista) y anti-oligárquico es ser dictatorial y terrorista, pero esos adjetivos jamás se le imputan a la Casa Blanca y al Pentágono. Los países intervenidos, directa e indirectamente, por los gobiernos estadunidenses son “países por liberar”, concepto elogiado por los tristes miembros de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que disparan sólo contra el Sur, y lo hacen (patética justificación) para que los tratados de libre comercio los sigan tratando como esclavos; para que los préstamos usureros no dejen de fluir hacia la bolsa de los corruptos.

En el diccionario de esa estadística se llama “donaciones” a los sobornos a los políticos y “política de seguridad nacional” a la traición contra el pueblo ejecutada por un inesperado Brutus. Las buenas acciones de los gobiernos monitoreados ya no son los deseos de desarrollo, sino las acciones que se cotizan bien en la Bolsa, y la Bolsa decide cuáles son los valores buenos. La comunidad internacional ha sido reducida al papel de testaferro de las grandes potencias en sus guerras de exterminio y usurpación, las que en el límite del cinismo son llamadas “misiones de democratización”. Los “democratizados” son los muertos; los misiles son las “evangelizadoras fuerzas aliadas” contra turbas fanáticas seducidas por dictadores satánicos e inconstitucionales. Y los santos soldados de la injerencia (los que usan fusiles o transferencias bancarias, da igual) dejan a su paso un tiradero de cadáveres civiles graficados como “variables intervinientes sin importancia” en la lucha contra el terrorismo, aunque muchos de esos terroristas usaban bombas de agua para calmar la sed de sus pueblos en lugar de misiles y drones artillados.

Es obvio que las palabras del poder son gerundios de la injerencia; que los países imperialistas depositan en las urnas la sangre de los pueblos; que la Constitución ajena es, para ellos, una norma vasalla de los contratos comerciales que (nos quieren hacer creer bajo hipnosis) nos civilizan, así como –con la convincente retórica del arcabuz y el mosquete- los españoles nos civilizaron con sangre mientras nos ponían a rezar de rodillas –ojos cerrados- por el perdón de nuestro pecado capital de no ser imperio. Quinientos años después nos ordenan meternos en el agujero negro del internet si queremos salvarnos del exterminio de sus guerras santas o, peor aún, nos piden que enterremos la cabeza en la fosa séptica de la historia para que confundamos revolución con re-traición… si no lo hacemos, no nos darán la visa, y eso sí que es un castigo.

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