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LA ACADEMIA, EL HERMETISMO Y LOS SANEDRINES

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua

Citaba el Doctor José Enrique Silva, distinguido académico y jurisconsulto nacional, en su discurso de ingreso a la Academia el 8 de abril de 1994, al escritor venezolano Mariano Picón Salas, cuando este afirmaba que “Fue un lugar común de las últimas promociones considerar las Academias como herméticos sanedrines donde los escribas de la vieja ley parecen resguardarse contra el tumulto siempre cambiante de lo humano, contra las corrientes a veces enrarecidas, del tiempo histórico”. Y remataba Don Mariano citando las palabras punzantes y directas del bardo de León, Rubén Darío: “De las Academias, líbranos Señor”.

Este concepto que se tiene popularmente sobre las Academias se encuentra muy difundido. Se piensa que las Academias son lugares en los cuales unos cuantos iluminados se reúnen para expresar casi secretamente sus reflexiones y sus sabios conocimientos sobre el tema que les corresponde; algo así como un discurso esotérico, al estilo de los pitagóricos o de los aristotélicos, que sólo era posible de conocer por los muy escogidos, y que no era dado a hacerlo del conocimiento del público vulgar. Las Academias para los iniciados, pues, y estos para el privilegio de su pertenencia.

Nada de eso. Ciertamente, ello habrá en alguna medida podido ser. La oscuridad en que estas instituciones sabían mantenerse, su falta de manifestación pública, su escondido bagaje cultural, y la ausencia de encuentro con la propia cultura de sus pueblos, pudo ser razón suficiente para que así se les categorizara. Pero ello ya no es así. El mismo Doctor Silva, en su discurso, rebate la posición del venezolano Picón Salas y del mismísimo Darío, cuando a continuación afirma que estas opiniones no tienen razón de ser, y que no son otra cosa más que manifestaciones de una “juvenil rebeldía”. Para nuestro Académico, no se nace por generación espontánea, y todo quehacer intelectual tiene su base en aquel que cumplieron sus antecesores. “Del pasado nace entonces, – dice-, la lección para lo porvenir, y la juvenil rebeldía debe reconocer que las posiciones individualistas y aisladas a nada conducen, en tanto que la conciencia de grupo, solidaria y en comunidad, como la de los Ateneos y Academias, hace entrega de una cosecha óptima que es el producto de tareas comunes y de conjunto”. Y cita al final, las palabras del insigne Don Marcelino Menéndez Pelayo puestas en el frontispicio de una casa de Bogotá, para ser leídas por las generaciones venideras: “Donde no se conserva piadosamente la herencia del pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo no puede improvisarlo todo, menos la cultura universal”.

Este asunto que aquí expongo es de viejo cuño. El rumor generalizado de la necesidad y de la consistencia de las Academias, se vuelve a veces coro sonoro. Pero si se va hacia sus interiores, allí se sabrá encontrar ese sustento que tan nobles instituciones guardan para mantenerse vivas y activas. Ciertamente, es el momento para que las Academias provoquen una mejor apertura hacia su sociedad, pues muchas veces sus miembros han hecho del recogimiento su nicho de reflexión. Y creo yo que esta apertura se está dando. Pero pretender ignorar el legado que estas instituciones dan a sus sociedades, me parece inadecuado. Las Academias de la Lengua Española han recogido y arropado en sus espacios y tiempos grandes expresiones  de la cultura. El discurso de ingreso del doctor Silva hablaba precisamente de Don Andrés Bello, y de este citaba la frase de Manuel Palacio con un verso que es expresivo de la personalidad del gran chileno:

…a los ecos de su voz vibrante,

se incorpora en la tumba Garcilazo

y le contempla con amor Cervantes”.

Decía Einstein que la ciencia actual es lo que es porque ha sabido sostenerse sobre los hombros de sus grandes antecesores; y aquí: los grandes iniciadores mesopotámicos y egipcios, los griegos mismos, Roma y su imperio, Galileo, Giordano Bruno, Newton, y tantos otros. Se sabe decir que la ciencia tiene su antecedente en Galileo, su consecuente en Einstein, y su plena confirmación en Dirac. Estos, de muchas maneras, fueron aportando, calladamente en la mayoría de los casos, al conocimiento universal. No se puede ignorarlos. La pretendida validez de las revoluciones científicas de Kuhn, con sus ciencias normales y sus paradigmas, cada vez más es combatida y negada por los hechos mismos de las ciencias.

Nuestra Academia Salvadoreña de la Lengua en algo ha contribuido a la cultura nacional, y de alguna manera a la cultura universal. Algo han sabido decir nombres como Don Juan Allwood Paredes, ilustre médico, como el gran pedagogo Don Luis A. Aparicio, como el filósofo y educador Don Manuel Luis Escamilla, como el reconocido hombre de ciencia y Miembro de Número actual Don Jorge Alberto Lagos, como el educador insigne Don Gilberto Aguilar Avilés, como nuestro historiador Don Pedro Escalante Arce, como la exquisita poeta Matilde Elena López, como el filósofo Don Matías Romero, y como jurisconsultos de gran renombre, y además finos y lúcidos escritores y poetas, Don Alfredo Martínez Moreno, Don René Fortín Magaña y Don David Escobar Galindo. Ahora hay otros que siguen la ruta: Músicos y Compositores como Gérman Cáceres, actores como Roberto Salomón, poetas como Lovey Arguello, lingüistas como Jorge Lemus, cultores del lenguaje como Carlos Saz, y tantos más.

La Academia Salvadoreña de la Lengua está ahí, dando su contribución a nuestra cultura y a nuestra identidad. Ciertamente, lo aceptamos, algunas veces nos hemos encerrado dentro de nuestros muros, infranqueables y hasta hostiles; pero ahora estamos buscando los caminos propios de la patria, nuestras venas abiertas, y tratando de ver qué nos dice el pueblo, qué nos reclama, qué nos pide. El pueblo, efectivamente, puede ayudarnos en nuestra apertura, acercándose a nosotros y visitándonos en nuestra Casa de las Academias, que siempre esta abierta. Si hacemos de la relación, una relación de doble vía, el aporte nuestro será más valioso y más afectivo. Allí les esperamos, y con vuestra compañía, esperamos dejar de ser los sanedrines que buscan resguardarse contra el tumulto siempre cambiante de lo humano, como nos decía, con dedo acusador, Picón Salas en su discurso.

 

 

 

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