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He vivido como si la muerte fuera un recuerdo lejano

Wilfredo Arriola,

Escritor

Selección y comentarios

Jaime Labastida es un escritor nació en México el 15 de junio de 1939. Es licenciado en Filosofía y Letras, así como periodista. Ha colaborado para diarios y revistas, su puesto más importante lo tuvo en Plural, donde fue director por casi dos décadas. Investigador, miembro de diversas asociaciones dedicadas a la ciencia y a la literatura. Entre los libros de su autoría, encontramos las obras de narrativa “Estética del peligro” y “La palabra enemiga”, y los poemarios “Obsesiones con un tema obligado”, “Las cuatro estaciones” y “Elogios de la luz y de la sombra”. Su larga lista de reconocimientos incluye el Premio Internacional de Poesía Ciudad de la Paz y la Medalla de Oro de Bellas Artes.

Su obra representa una descripción corporal a partir del uso puntual de elementos metafóricos e imágenes que dan cuerpo a la memoria, que Labastida quiere plasmar en su íntima cosmología hecha de palabras, sus propias palabras, ejercicio de escritores con trayectoria como lo trabaja el poeta en el cuerpo de sus textos. Poemas destacables como: Plenitud del tiempo, Horas y Mentira hacen que su visión sea otra forma de ver su contexto. Un pequeño mundo habita en el cuerpo del poeta, como cuando cita en uno de sus afinados versos: Sordomuda la historia/hostil la vida: el equilibrio es tenso/ Caminar es violencia/Estamos hechos para devorarnos.

A continuación, una breve compilación de su obra.

 

Horas (fragmento)

8:30 P.M.

Sé que voy a morir. Lo sé de cierto.

He vivido como si la muerte fuera

un recuerdo lejano. Pero tú has hecho

que la luz se prolongue en la alcoba.

¿Esa piel que tocaba en el sueño

era la tuya? Era en verdad la piel

amada de tu cuerpo entero.

Has hecho que renazca.

La luz, el cielo, el mundo

eran tiniebla. Pero viniste tú,

como nacida desde una piedra de fuego.

Llegaste como un pájaro súbito,

como un rayo de espumas. Semejabas

un espejo de soles, un mar de luz

que me envolvía. Amanecí. El sueño

era desnudo campo compartido.

Soñaba que te ahogaba

con mi aliento de hombre.

Iguales ambos sueños, te soñaba

como si mi cerebro anidara en tu cráneo,

como si el territorio de los sueños

fuera el débil territorio de una sangre común.

Tú te abrías como el mar,

para tragarme. Como la nube blanca,

envolviéndome, como la tierra negra.

El sueño era verdad. Entrábamos en él,

como por un espejo. Salíamos desde él,

como a través de una puerta de viento.

Mis ojos eran tuyos. Tus ojos me miraban

en la penumbra blanca de la alcoba.

Despertar o dormir era lo mismo.

Vivíamos vidas iguales, a un lado

y otro de la muerte, el amor era el mismo,

de un lado y otro de la vida.

Te besé hasta la dicha, te mordí

hasta la muerte. Granada

fue tu boca,

tamarindo

tus labios.

Compartimos el sueño.

 

Mentira 

Todo cuanto hasta aquí fue escrito,

mentira sorda. No es verdad

que haya sido menos dura

la mandíbula airada de las horas.

Que un pañuelo piedad haya enjugado

el sudor de las víctimas. Falso

también que días más tarde

la vida sea más fácil. La llaga

en la conciencia. La espina,

atroz, en la memoria. Tanto mal

que hemos hecho, sin quererlo

siquiera. Una sonrisa tuerta

en la frontera opaca de la noche.

Una mirada tensa cuando apenas

la niña sonreía. Triunfan siempre

la guerra y los contrarios.

Insaciables las horas, insaciables

los días. Sordomuda

la historia, hostil

la vida: el equilibrio es tenso.

Caminar es violencia.

Estamos hechos para devorarnos.

Mentira, pues, que este dolor acabe.

Clamaba a ti, desde lo hondo,

oh polvo, padre bestial,

inhóspito, implacable.

Clamaba a ti, y no me has escuchado.

Mi mano tartamuda había mentido.

 

Plenitud del tiempo 

1

La destrucción del fuego, atroz,

y la del tiempo. El bosque que crepita,

a sal, torturas largas. La alegría,

por supuesto. El tiempo reconstruye

la tiniebla. ¿Qué va a ser, si no tiempo,

cada nuez en su rama, exacta, fría?

Adentro de la hoja, el huracán. Hundida

ya en el agua, la tormenta, ese tiempo

feroz que la atosiga. Hasta

en el vientre de la roca mueren

las hormigas, el aroma es de sangre.

Sólo un instante fosforece el viento,

estalla el corazón sólo un minuto,

una ola no más, quizá la dicha:

gira la tierra. ¿Recordarán algunos

mi sonrisa? El hijo, el mar

reconstruyéndose. Un relámpago fluye,

arde el maderamen. Sordo de amor,

ya desnudez, te acoso. El hijo

escucha, sabe que lo busco. El tiempo

sana de todas sus heridas. Arde

entonces el mar sin consumirse.

 

2

La destrucción del aire, atroz,

y la del tiempo. El hueso que enmohece

la duda, la desgracia. La dicha,

por supuesto. El tiempo entierra dedos,

encuentra su derrota: árboles,

ámbar, sólo pulmones de ceniza

y fango, sólo bocas de mármol:

sube el agua. ¿Qué dejaré

de mí, qué de mis dedos? La hija,

el aire, rebelión, palabras.

Mi sangre te devasta, sufres

y llamas desde la otra orilla,

una voz de clemencia por el río

se escucha, y miro el grito

ciego de la niña adentro

de tu cuerpo abierto. La construcción,

la tierra, la esperanza. El agua

brota ya, plagada de respuestas.

La casa brilla y su color incendia.

El tiempo tiene forma de paloma:

el aire la sostiene y la acaricia.

 

3

La destrucción de tierra, atroz,

y la del tiempo. La casa que enmudece,

el hielo, la fatiga. El dolor,

por supuesto. El tiempo que edifica

atmósferas y labios. ¿Qué será

tu mirada, si no la casa, la puerta,

los batientes, el musgo que adelgaza

la claridad del día? Sólo intestinos

de rescoldo y canto, sólo unos ojos

de color durazno. ¿Quién buscará

después mis dedos, quién esta piel

del tiempo, destruyéndose? La hija,

el fuego: se detiene el aire.

Remo ya turbio el mío, entro,

en ti germino. El terremoto asciende,

claridad, sonríe. La niña,

el árbol, sonora luz

en lucha contra el viento:

el tiempo largo de sus ramas

crece. La niña es ya

respuesta a mi pregunta.

 

4

La destrucción del agua, atroz,

y la del tiempo. La piedra que encanece,

el mito, la esperanza. El amor,

por supuesto. El tiempo rasga muertes,

por débiles, sonoras. El fósforo

metálico, ¿qué ha de ser, si no

tiempo? Helada, inmóvil, pasará

la tierra, destruirá tu rostro.

Sólo una mano de argamasa y llanto,

sólo lengua de yeso: repta el fuego.

¿Qué quedará de mí, qué de mis venas?

El tiempo, el hijo mismo,

construcción, el agua. Resplandece

la víctima. Mi amor te aplasta

y ya te sangra vida. El hijo clama

desde el hondo pozo y un grito

en plumas resplandece y queda.

La construcción incendia, amor,

la de la sangre. El agua se abre,

clara de sonrisas. La casa

es blanca ya

y es pleno el tiempo.

 

Rescoldo 

Se va hacia atrás el horizonte.

La estrella Sirio vuelve hasta su origen

(¿cuál, oh dioses, a dónde va

con esa prisa oscura?).

Otros planetas surcan, en órbitas,

mi sangre. El agua ya es tiniebla,

el árbol se comprime.

¿Por qué la estrella y la conciencia?

¿Por qué la tempestad, inhóspito,

el desierto? El sol de cobre derretido

y llaga. El polvo, el óxido, la lengua.

Todo viene hasta aquí. Lo mismo

un perro que una hormiga,

hasta el centro, en mi vértebra

impar, en mi jardín izquierdo, aquí,

junto a mi mano torpe. Como si el pelo,

la pupila, los tejidos, la sangre polvo

y la ceniza ronca. Toca el tiempo

con dedos húmedos la lenta y larga,

tranquila voz de las castañas.

Se desnuda un sonido cadáver.

Todo viene hasta aquí,

lento y furioso.

La amada que lastima

y la ciudad herrumbre, el tiempo,

plazas, árboles, siniestros.

Un rostro azúcar tal vez en la ventana.

Los tristes, los zapatos. Lo mismo

el odio que el metal y el cuero.

La ciudad, insisto, que se estira,

el tiempo, el rostro ayer y la agonía,

el ojo hundido, ciego, en la borrasca.

Llega la pobre lavandera, cruje

ya el cielo lastimado de humo.

Un cuervo azul sobre el azul desliza

su vuelo duro contra el bosque ausente.

Pastan caballos en el bosque magro.

El ala luz de la paloma leve

silba un látigo dulce

y aroma el aire el vuelo. Viene

un ladrido horror contra la luna.

Viene el lucero Venus, Aldebarán,

la Cruz del Sur, en grave, callada

gracia giran, crecen en un relámpago

de acero. Igual que este dolor

en el costado. Igual como estridula

el grillo. Lo mismo que un disparo

o una tortuga gris con ojos miopes.

Igual que un árbol diminuto,

torturado. Lo mismo que el cartílago

del pollo, que la sangrante voz del bajo.

Todo viene hasta aquí y dulce,

torpemente, canta. Igual que el más pequeño

de mis vasos, tan necesario el astro

como el ave. Vienen aquí.

Quema el sonido de la luna fría.

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