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¿Gobierno aporofórico?

El comunicador social y analista político, Franklin Martínez, calificó, recientemente, al presidente Nayib Bukele de aporofórico, es decir “rechazo u odio hacia los pobres”. El término aporofobia fue acuñado por la filósofa Adela Cortina, para describir este fenómeno que se manifiesta con la invisibilización, insultos y hasta agresiones físicas contra los pobres.

La semana pasada, a través de las redes sociales, se viralizó un video en el que un pastor evangélico denunció que agentes municipales le prohibieron entregar comida y ropa a los indigentes que pernoctan en los portales del centro histórico.

El pastor y otros miles de usuarios de las distintas redes sociales repudiaron la acción del gobierno municipal contra la obra humanitaria de las iglesias y ante la necesidad de alimentos de los “más pobres de los pobres”.

Las ocho cuadras del Centro Histórico de San Salvador, tras su remodelación, y que se presenta como el nuevo El Salvador, se ha convertido en un espacio solo para turistas y, por ende , cualquier cosa o aquellos que afean la ciudad no son permitidos en ese espacio que cada vez se vuelve más exclusivo.

El Centro Histórico se muestra al mundo, en la propaganda gubernamental, como el país más “cool”, donde supuestamente no hay ni criminales ni pobreza.

En cuanto a la criminalidad pandilleril hay que darle la razón al gobierno, pero en los alrededores lo que más abunda es la pobreza, que es la otra cara y la verdadera realidad del país.

La pobreza en El Salvador es de 26%, de acuerdo con el Banco Central de Reserva y en los gobiernos de Nayib Bukele la pobreza aumentó en 3.6%. Es decir, en 2024 los pobres aumentaron 21,355 pobres, haciendo un total de 610, 272 personas en esa situación. A estos hay que agregarle el 5.93%, casi seis, los que cayeron en “alguna condición de pobreza”.

Este problema estructural no es tomado en cuenta en las políticas de gobierno de Bukele, al contrario, lo está incrementando como reflejan los datos del BCR.

Recordemos que sin que la ciudadanía lo supiera, antes de iniciar la remodelación del Centro Histórico, desalojó a los miles de vendedores de las principales arterias de acceso. Desde el Parque Cuscatlán hasta el centro de San Salvador, incluida la calle Arce. De la avenida España, a la altura de la Juan Pablo Segundo, y la avenida Cuscatlán hasta el mercado Modelo.

Para desalojarlos, el gobierno utilizó el régimen de excepción, es decir, quienes no desalojaron “voluntariamente” se les aplicaría el régimen. Y así, de la noche a la mañana, como por arte de magia desaparecieron esos miles de comerciantes ambulantes, algunos lograron puestos en los mercados, donde pagan altas tasas, mientras que otros se fueron más a la periferia donde casi no venden nada, a penas logran la comida diaria.

Estos pasaron a otro nivel de la pobreza relativa. Luego vino la desbandada, o mejor dicho la expulsión de los negocios del centro de San Salvador que no cumplían los requisitos de la estética e imagen del Centro Histórico, y tuvieron que irse a buscar suerte a kilómetros del Centro Histórico, o simplemente esos negocios medianos desaparecieron y con ello cientos de puestos de trabajo.

Y desde la remodelación y la instalación de las luces led, soldados y policías, sobre todo los del CAM, se han dado a la tarea de perseguir y decomisar los pocos productos que los ambulantes andan en carretas improvisadas o en canasto sobre la cabeza.

El mensaje es claro, el Centro Histórico debe estar libre de gente en cuyos rostros se refleja la pobreza, una realidad cruda de El Salvador, pero no cabe ni en los espacios físicos ni mucho menos en la propaganda gubernamental. Los pobres a este gobierno le estorban, a pesar de que son más del 50% de la población.

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