CLARABOYA
Alvaro Darío Lara
-Ante la partida de Alfredo Bryce Echenique.
Por supuesto que, como todos, había leído hace años “Julius”, la gran carta de presentación al fascinante mundo de los autores latinoamericanos de los sesenta y setenta del recién finado (como se decía antes en las necrológicas de los periódicos) escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (1939-2026).
Una pieza magistral en su lenguaje, estructura y revelación, de las entrañas cotidianas, melodramáticas de las viejas aristocracias peruanas, enfrentadas al cambio inexorable del tiempo y sus nuevas dinámicas económicas, culturales y sociales. Novela de algunos matices autobiográficos, que, en su momento, me evocó las portentosas páginas de “Coronación” del chileno José Donoso, otro texto de gran fulgor literario.
Pero, en honor a la más absoluta verdad, la noticia de la muerte del gran Bryce sólo me remitió a un trío de anécdotas. La primera hace ya dos décadas, cuando en el trayecto del oriente guatemalteco, a la Guatemala de la Asunción, leía a Isaí un par de páginas de Bryce, tomadas de su divertido libro “Guía triste de París”, un relato (“Retrato de escritor con gato negro”) que contaba la historia de un jodido minino, “Gato negro”, cuya presencia en el reducido apartamento del matrimonio Gómez Sánchez, había encendido un polvorín entre estos desventurados esposos incas. El abordaje chispeante, elocuente, humorístico, capaz de tornar lo nimio en trascendente en el país de la risa y del drama, distinguió de forma continua la prosa del gran escritor.
Una muestra del diabólico personaje felino: “Y así entre amenaza y amenaza, llegó Gato Negro al departamento enano de los Gómez Sánchez. Y llegó tal y como se iba a ir, o sea ya viejo, ya inmenso de gordo, ya horroroso y encima de todo ya absolutamente neurótico. Llegó sin edad y sin nombre, e igualito se iba a ir, porque lo de Gato Negro era una mera convención, una forma de llamar a ese espantoso animalejo que los Gómez Sánchez empleaban sin el más mínimo resultado, sin que el tal Gato Negro les hiciera nunca el menor caso, sin que se diese siquiera por aludido ni se dignara soltarles un maullido, pegarles una miradita o hacer algo con esa inmensa cola, por lo menos, cuando de cosas tan importantes como su comida se trataba. Nada. Nada de nada”.
Por esa especial personalidad de Isaí tan dada a la divierta, cada párrafo lo hacía soltar carcajada y media, y así llegamos hasta el final del viaje, consumiendo palabra tras palabra, entre risas y risas. Bryce triunfó de nuevo con nosotros.
Luego en ese mismo libro, que terminé en la ciudad de Guatemala, me enfrenté ante el episodio terrorista de unos paramilitares argentinos con dos tipos de cuidado: el pintor peruano Alfredo y el ex diplomático salvadoreño Mario, dos ejemplares de hombres muy feos, bohemios y caraduras; una dupla de latinoamericanos, instalados en París, que fingen ser el falso contacto de los siniestros suramericanos, en búsqueda de sicarios baratos que lleven a cabo el asesinato del ex dictador Juan Domingo Perón, domiciliado en el Madrid franquista de fines de los sesenta.
Leamos, entonces, un apartado de “El carísimo asesinato de Juan Domingo Perón”: “Pero una noche el que se les acercó no era un caballero conocido, sino tres desconocidos de nacionalidad argentina. Los bolsillos los traían repletos, eso sí, y, aunque puede resultar doloroso que a a uno lo tomen por asesino sólo de puro feo que es, y de puro barbudo y peludo, a Mario y Alfredo les hizo una profunda gracia que aquellos tres paramilitares hubieran deducido, al cabo de un largo y concienzudo examen al público del café Floré, que ellos denotaban la suficiente peligrosidad lombrosiana como para ser, evidentemente, y hasta de nacimiento, se puede decir, el contacto criminal que tenían que hacer en París, esa noche, en ese café, y a esa hora. Además, a Mario y Alfredo les encantó que esos tipos no encontraran inconveniente alguno en pagar, tampoco, sus atrasadísimas deudas de whisky”.
Para nosotros, salvadoreños, es gratísimo evidenciar que detrás del personaje de Mario, se encuentra el escritor nacional Mario Hernández Aguirre (1928-1983), diplomático y autor de varios volúmenes literarios, de quien se cuentan sorprendentes anécdotas llenas de intrépidas y graciosas aventuras. Por lo menos, así lo narraban los escritores patrios Waldo Chávez Velasco (1932-2005) y Ricardo Lindo (1947-2016), quienes lo conocieron y trataron en la vieja Europa.
De igual manera, tras Alfredo, encontramos aspectos del irreverente y fantástico ser humano que sin duda fue, Alfredo Bryce Echenique. Aunque en literatura nunca es importante el referente real, sino el mundo que se recrea, y que se defiende ante la posteridad mediante el recurso del lenguaje.
Y nuestro Tarzán desconsolado, acaso el mismo autor de marras, se nos descubre, en la novela sentimental: “La amigdalitis de Tarzán”, dedicada en primera línea a la salvadoreña “Lady Ana María Dueñas”, según reza la tinta. Por cierto, una novela epistolar, plagada de salvadoreños, donde en la relectura para este artículo, encontré un subrayado mío del 2006, que destaca este fragmento:” La tal Susy resultó ser tan simpática como inestable y el mundo para ella era como una broma gigantesca y permanente”.
Creo que esta cita retrata muy bien al escritor peruano de notable abolengo y sólida formación, cuya vida buscó en la literatura el paraíso perdido, como todo auténtico creador. Al abrazar la ironía, la burla, el humor, la actitud desenfadada logró exorcizar sus propios fantasmas y entregarnos una lámina de oro respecto a la miseria y grandeza de los seres humanos.
En lo que a mí concierne, sigo disfrutando de Bryce, como disfruté toda la tragicomedia de los señalamientos de supuesto plagio de aquellos artículos periodísticos, y la forma airosa en que rechazó tales acusaciones. Lo determinantes es que siempre siguió escribiendo y publicando más allá de todas las polémicas, patrañas y falsos golpes de pecho de este diablo mundo.
Nos hará falta el buen Bryce, seguro que sí, pero queda su espléndida obra como testimonio vivo de su talento.
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