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Fiestas patronales: el respiro de la pobreza (1)

Sociología y otros Demonios (1067)

René Martínez Pineda
Sociólogo

Antes de la pandemia, las fiestas patronales eran misión y paradoja: mientras más
pobres o endeudadas son las comunidades, mientras más impactadas estén por la migración, interna o internacional, más costosas y fastuosas son -pretenden ser- sus fiestas patronales, pues son una forma de lograr la reelección de los alcaldes.

En estos dos años la ostentación y rimbombancia han sido pospuestas –por un
momento- porque no hay forma segura de realizar dichas fiestas bajo el formato
de contratar eventos masivos y promover actividades costosas: artistas cotizados, espectáculos pirotécnicos y carnavales licenciosos casi siempre distanciados de la originaria fiesta religiosa. Pandemias o no, en casi todos los municipios se busca que los migrantes y los ausentes lleguen, participen y financien las fiestas como una forma de comprometer la permanencia de los lazos y compromisos entre las comunidades y sus diásporas.

De oficio se sabe que la fiesta patronal ha sido un evento clave y persistente en la
vida de las comunidades, sobre todo en la América Latina rural; que ha sido, en lo
teórico, un tema usual de los estudios antropológicos y sociológicos por ser un
espacio privilegiado donde se juntan-funden lo público (viejo) y lo privado (nuevo), y donde se expresan las relaciones y los compromisos de los grupos sociales que participan en ella; y que ha sido una territorialidad donde se dogmatizan y luego se recrean los sentidos de pertenencia comunitaria y se logra la magia colectiva de producir el orden con progreso para heredarle un sentido de arraigo a las nuevas generaciones, sobre todo a aquellas signadas por la emigración.

Dos fantasmas escurridizos intimidan, en lo teórico-comprensivo, a la investigación sociológica de las fiestas patronales: por un lado, comprender la conciliación social como fusión de tradiciones para integrar en las fiestas –y en el contexto de un conflicto cultural- los símbolos de la cultura impuesta por los españoles –que no están tan lejanos como se supone- con los de las culturas originarias y, así, comprender la lógica de la diversidad que han ido asumiendo las fiestas. Por otro lado –como hecho estrictamente sociológico- intimida no poder decodificar los sentidos simbólicos de protesta furtiva, las relaciones sociales adaptadoras y el significado cotidiano del poder que se mueve entre platos típicos y factores traídos por los migrantes a las fiestas (sobre todo dinero), en tanto que se da una readecuación del sistema jerárquico para obtener un cargo protagónico en el ritual de los santos patronos de los pueblos debido a que eso es una expresión normalizadora de la riqueza de los miembros del pueblo.

La asignación colonial de una santa o santo patrón –en América Latina, por
privilegio de dominación- proviene del copioso santoral católico que otorgó a los
pueblos originarios -y a los nuevos fundados por los españoles- no sólo una
imagen de devoción y milagros, sino una ocasión puntual y un tiempo festivo casi
delirante –en lo mundano o lo divino- para olvidar la pobreza propia o ajena: la
fiesta patronal. Desde un principio, la fiesta patronal fue el mecanismo simbólico
de dominio colonial que se apoderó y readecuó la tradición milenaria de fiestas, rituales, sacrificios, danzas y música ya existentes en los valles y cerros
colonizados y, de esa forma, en torno al santo patrono se reorganizó el calendario
cívico-ritual de cada comunidad.

Como elemento de sobrevivencia cultural, la fiesta patronal permitió a los pueblos
originarios mantener el contexto lúdico de las antiguas fiestas (rituales) pero, como singularidad esperada, abrió el camino de una nueva jerarquía social y política (o le dio una coartada a los grupos dominantes de la jerarquía pre-existente) muy enredada y dispersa en los oscuros escalones de los cargo religiosos católicos, en tanto réplica de la organización política, cultural y social. Y es que, desde hace siglos, el sistema de cargos –ejercido, jerarquizado, vivido y abusado a través de las mayordomías- ha sido la institución responsable de organizar y financiar la fiesta patronal en las comunidades de El Salvador, institución que lucha (las mayordomías) por preservar la cultura dada con la que se está dando.

Entonces, la vieja fiesta patronal ha persistido –cada vez con menos vestigios-
porque ha sido un ritual maleable capaz de fundir -en un solo acto, tan ecuménico
como mundano- los intereses, las ilusiones y los sentidos múltiples y cambiantes a través del tiempo-espacio. A pesar de la dificultad para distinguir ámbitos que en la práctica han operado de manera conjunta, la fiesta patronal adquirió y entreveró sentidos múltiples, complejos, específicos y también generales. Desde luego, ha sido de enorme importancia económica para las comunidades, ya que proporciona ingresos inmediatos a todos los niveles: la celebración (la pomposa, sobre todo) ha supuesto, siempre, un significativo incremento de los gastos de los vecinos y del consumo de los visitantes -a los que hay que seducir- en vestidos o accesorios típicos, alimentos emblemáticos del lugar, bebidas tradicionales, música (todos ellos compartiendo el espacio con lo nuevo o lo traído del extranjero por los migrantes), además de la confección de cohetes especiales, castillos y fuegos artificiales, compra de flores y veladoras. Todas estas actividades reaniman o le dan un respiro al comercio y la producción artesanal local y micro-regional, la que trasciende las fronteras –de la fiesta y del país- a través de la nostalgia que es llevada por los visitantes hasta el propio lugar de residencia de los migrantes que no pudieron venir.

Lo anterior abre un nuevo concepto ligado a la fiesta patronal: el mercado de la
nostalgia, una parte del cual es la oferta de un casi infinito número de artículos de
regalos y “recuerdos para llevar” a Estados Unidos: golosinas, productos y platillos típicos, hamacas, licores, camisetas, gorras, termos, tazas de café autografiadas por el santo patrono, llaveros, calcomanías con paisajes y héroes locales (los del fútbol, sobre todo) fácilmente reconocibles, videos, postales, libros y folletos de la historia local para que ésta se repita en la memoria de los que están lejos y que tienen prohibido, por ejemplo, olvidar los milagros del Divino Salvador del Mundo que lo vio nacer.

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