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El Salvador bajo la dictadura del bukelato. Algunas perspectivas: ¿Qué hacer? IV

(Carlos Bucio Borja)

A la memoria del Padre José María Tojeira. Que su ejemplo de honestidad,

valentía y sabiduría nos guíe siempre.

Según se cuenta, hubo un autómata construido de manera tal, que, a

cada movimiento de un jugador de ajedrez, respondía con otro, que

le aseguraba el triunfo en la partida. Un muñeco vestido de turco,

con la boquilla del narguile en la boca, estaba sentado ante el

tablero que descansaba sobre una amplia mesa. Un sistema de

espejos producía la ilusión de que todos los lados de la mesa eran

transparentes. En realidad, dentro de ella había un enano jorobado

que era un maestro en ajedrez y que movía la mano del muñeco

mediante cordeles.

(Walter Benjamin: Tesis sobre la historia)

 

Notas 

1 Es notoria la falta de conocimiento académico suficiente, de agudeza, o quizá el temor de muchos líderes políticos  y analistas a la hora de nombrar o definir con precisión conceptos que generan pesar y miedo. El más evidente de  estos es el de “dictadura”. En ocasiones, cuando dichos políticos y analistas se rehúsan a reconocer el régimen de  Bukele por lo que es —una dictadura—, suelen escudarse en “la necesidad de remitirse a definiciones técnicas”.  Esta actitud, extendida entre miembros de las élites políticas e intelectuales de El Salvador, refleja tanto nuestra baja formación académica como la persistencia de posturas excesivamente aprensivas.

Como forma de gobierno, la dictadura se caracteriza por la concentración absoluta del poder en una persona, grupo o  entidad, sin sujeción a límites constitucionales, elecciones libres ni separación de poderes, lo que conlleva la supresión de  libertades individuales y la oposición política. Según Lincoln Allison y Geraldine Lievesley en The Concise Oxford  Dictionary of Politics and International Relations, el término ha evolucionado significativamente a lo largo de la historia.  En la Antigua Grecia, formas precursoras como la tiranía surgían en ciudades-estado como Atenas o Corinto durante crisis  sociales, donde un tirano asumía el control para reformar o estabilizar, aunque a menudo derivaba en abusos. En la Roma  Republicana, la dictadura se formalizó como una magistratura temporal, designada por el Senado en emergencias por un  máximo de seis meses. Figuras como Cincinato la ejercieron para defender la república, mientras que Sila y Julio César la  pervirtieron, prolongando y personalizando el poder, sentando precedentes para su connotación negativa.

Posteriormente, en la Edad Media y el Renacimiento, pensadores como Maquiavelo vincularon la dictadura con el príncipe  absoluto que gobierna por la fuerza para mantener el orden. En el siglo XIX, Karl Marx redefinió el concepto con la  “dictadura del proletariado”, entendida como la concentración del poder en la clase trabajadora —denominada proletariado  en su teoría— para sustituir a la burguesía y avanzar hacia una sociedad sin clases, distinguiéndola de las dictaduras  burguesas opresoras y de dinámicas represivas o bonapartistas. En el siglo XX, regímenes como el fascismo de Mussolini,  quien se autoproclamó dictador inspirándose en Roma, y el estalinismo consolidaron el término como sinónimo de  totalitarismo, propaganda y represión sistemática. Así, la dictadura evolucionó de una herramienta temporal de crisis a un  modelo de autoritarismo duradero y antidemocrático. Este marco histórico y teórico nos permite analizar con precisión la  dictadura del bukelato.

2 El contrato social es un concepto clave en la filosofía política que describe un pacto hipotético o real entre  individuos para establecer la sociedad y el Estado, abandonando el estado de naturaleza en busca de orden, derechos y convivencia. Thomas Hobbes lo interpreta como un acuerdo absoluto para evitar la «guerra de todos contra todos», cediendo toda libertad a un soberano leviatán que garantice la paz y la seguridad, priorizando la supervivencia sobre  la libertad individual. John Locke lo ve como un convenio consensual para proteger los derechos naturales a la vida,  la libertad y la propiedad, con un gobierno limitado por el consentimiento y el derecho a la rebelión si se viola el  pacto. Jean-Jacques Rousseau lo concibe como la expresión de la «voluntad general», donde los individuos alienan  sus derechos a la colectividad para lograr una libertad verdadera e igualdad, criticando la corrupción de la sociedad  civilizada.

Fuentes bibliográficas:

Hobbes, Thomas. (1651). Leviatán o la materia, forma y poder de una república  

eclesiástica y civil. Traducción de Manuel Sánchez Sarto. México: Fondo de Cultura  Económica.

Locke, John. (1690). Dos tratados sobre el gobierno civil. Traducción de Carlos

Mellizo. Madrid: Alianza Editorial.

∙Rousseau, Jean-Jacques. (1762). El contrato social o principios del derecho político.  Traducción de Fernando de los Ríos. Madrid: Alianza Editorial.

 

3 Esta nueva economía política mundial es lo que los economistas Cédric Durand (francés) y Yanis Varoufakis  (griego), de manera coincidente han denominado “tecnofeudalismo”. Para Cédric Durand, este modelo económico  consiste en un sistema donde las grandes empresas tecnológicas, como los señores feudales, dominan la economía  digital al controlar plataformas y datos, extrayendo rentas a través de monopolios digitales en lugar de generar valor  mediante la producción tradicional. Este modelo concentra poder y riqueza, subordinando a usuarios y trabajadores  a las dinámicas de estas plataformas. (Durand, Cédric. (2021). Tecnofeudalismo: Crítica de la economía digital.  (Buenos Aires: La Cebra, 2024, ISBN: 978-987-3621-90-1).

Para Yanis Varoufakis, el tecnofeudalismo es un sistema económico global donde las grandes plataformas  tecnológicas, como Amazon o Google, actúan como señores feudales modernos. Estas empresas controlan vastos  «feudos digitales» (plataformas y ecosistemas de datos) y extraen rentas al monopolizar el acceso a mercados, datos  y servicios, desplazando al capitalismo tradicional basado en la producción y el trabajo. Los usuarios y trabajadores  quedan atrapados en relaciones de dependencia, similares a las de los siervos en el feudalismo. (Varoufakis, Yanis.  (2023). Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo. (Barcelona: Deusto, 2023, ISBN: 978-84-234-3675- 0).

En “El fascismo eterno”, Umberto Eco sostiene que el fascismo no es un fenómeno histórico aislado, sino una  actitud cultural y política recurrente que puede manifestarse en cualquier contexto bajo ciertas características  universales, como el culto a la tradición, el rechazo a los valores emancipadores de la Ilustración, y por tanto, una  corriente irracional, el miedo a la diferencia, el nacionalismo exacerbado y la manipulación de las masas mediante el miedo y la propaganda. Eco identifica estas señales en su concepto de “Ur-Fascismo” o fascismo eterno, alertando  sobre su capacidad de reaparecer en formas nuevas y sutiles, incluso en democracias modernas. Eco argumenta que  el fascismo, a pesar de su aparente culto a la tradición, no es completamente opuesto a la tecnología ni al futurismo,  sino que los adopta de manera selectiva y pragmática. Eco señala que el fascismo exalta la tecnología como  herramienta para reforzar el poder, la grandiosidad nacionalista y la eficiencia bélica, alineándose con el futurismo  en su admiración por la velocidad, la maquinaria y la modernidad como símbolos de fuerza. Sin embargo, esta  fascinación es superficial y contradictoria, ya que el fascismo rechaza el espíritu crítico y racional del modernismo,  subordinando la tecnología a una visión irracionalista y mitológica que glorifica el pasado. Así, el futurismo fascista  no busca progreso emancipador, sino un espectáculo de poder que refuerce el control social y la sumisión. (Eco, U.  (1995). “El fascismo eterno”. En Cinco escritos morales. Mondadori.).

4 Si bien Bukele no ha expresado afinidad explícita por filósofos durante su régimen, sus discursos y acciones, como  su militancia izquierdista en el FMLN, evocan el leviatanismo de Hobbes, la ilustración oscura, el aceleracionismo y el transhumanismo. En febrero de 2025, afirmó ante empresarios: “El Estado es Leviatán”, aludiendo al absolutismo de Hobbes (El Leviatán, Fondo de Cultura Económica, 2017).  La ilustración oscura, corriente reaccionaria que critica la democracia liberal y el igualitarismo, promoviendo  modelos autocráticos, tiene como exponentes a Curtis Yarvin (Mencius Moldbug) y Nick Land, con influencias de  Hans-Hermann Hoppe, Thomas Carlyle y Hobbes. Las políticas de Bukele resuenan con estas ideas y con el  nacionalismo populista de Steve Bannon, quien, autoproclamado “leninista de derecha”, critica el “tecnofeudalismo” de las élites tecnológicas.

El aceleracionismo, inspirado en Marx, Deleuze y Guattari, propone acelerar el capitalismo para precipitar su  transformación, ya sea poscapitalista (Nick Srnicek y Alex Williams, Manifiesto por una política aceleracionista,  2013, Holobionte Ediciones), o hacia una singularidad tecnológica (Nick Land, Ccru).

El transhumanismo, que busca superar las limitaciones humanas mediante la tecnología, resuena en la publicación  de Bukele en X el 26 de julio de 2025 (originalmente en inglés): “Estamos engendrando la superinteligencia,  creando la mente infinita de Dios, destinada a resolver todos nuestros problemas y a inaugurar una era sin  mortalidad”. Esta visión entrelaza el transhumanismo con ecos teológicos.

Existen dejos transhumanistas en el cristianismo y la izquierda; por ejemplo, en el “ultrahumanismo” de Teilhard de  Chardin (El fenómeno humano, Taurus, 1955), que imagina una humanidad convergiendo hacia el “Punto Omega”,  y el “hombre nuevo” de Karl Marx (Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Fondo de Cultura Económica,  2016), León Trotsky (Literatura y revolución, 1924, Ediciones Era, 2000) y Ernesto Che Guevara (El hombre y el  socialismo en Cuba, 1965, Ocean Sur, 2006). Por otro lado, Ray Kurzweil, en La singularidad está cerca: Cuando  los humanos trascendamos la biología (Lola Books, 2006, trad. M. A. Delgado), defiende optimistamente la  superinteligencia, mientras Nick Bostrom, en Superinteligencia: Caminos, peligros, estrategias (Ediciones Teell,  2016, trad. A. Cascais), alerta sobre sus riesgos existenciales si no se alinea con los intereses humanos.

5 Esta alegoría de la montaña proviene de Lenin, a quien he parafraseado: ‘Notas de un publicista’, en Obras  completas, tomo XII, 1921-1923, Moscú, Editorial Progreso, pp. 107-110.

6 La defensa obstinada de la dictadura bonapartista de Daniel Ortega y Rosario Murillo —matrimonio,  cogobernantes y fundadores de una dinastía oligárquica— constituye un grave error político que deriva en una  incoherencia ideológica insostenible. Este régimen, que ha convertido a Nicaragua en su feudo personal —al igual  que aspira a hacer el clan Bukele en El Salvador—, profesa una retórica antiimperialista mientras, en la práctica,  socava la soberanía nacional. Por un lado, denuncia el imperialismo estadounidense, pero por el otro, cede territorios y recursos naturales al capital transnacional chino, actuando como un aliado subordinado de un nuevo poder  hegemónico.

Esta posición no solo es incongruente, sino que también revela la incapacidad del FMLN electoralista para  identificar fenómenos políticos contemporáneos como el bonapartismo. Dicha incomprensión debilita a la izquierda  salvadoreña en cuatro aspectos fundamentales, lo que, en última instancia, fortalece la dictadura de Bukele, un  régimen que también encubre su ilegitimidad mediante prácticas como el prevaricato.

El bonapartismo es una forma de gobierno autoritario en que el poder ejecutivo adquiere independencia relativa  respecto a las clases en pugna, equilibrando sus intereses para preservar el dominio burgués en contextos de  estancamiento de la lucha de clases, como analiza Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). Aquí,  Marx afirma que «el poder ejecutivo, con su enorme organización burocrática y militar […] parece haberse hecho el  Estado completamente independiente», actuando como un «espantoso cuerpo parasitario» que se ciñe a la sociedad;  Bonaparte se erige como representante de los campesinos parcelarios, una «masa inmensa» atomizada que «no  pueden representarse, sino que tienen que ser representados», viéndolo como un «señor» y «poder gubernamental  ilimitado» que los protege de la burguesía, pero en realidad abdica el control político de esta clase para evitar la  revolución proletaria y perpetuar su explotación económica.

Los vicios despóticos —y francamente contrarrevolucionarios— de Ortega y Murillo se hicieron notorios desde los  primeros escándalos de agresión sexual perpetrados por el sátrapa bananero en contra de su propia hija, Zoila  América, con el beneplácito de su madre, la actual co-dictadora. Desde 2018, más de una decena de informes de organismos independientes han documentado graves y sistemáticas  violaciones a los derechos humanos en Nicaragua. Bajo este régimen, se han cometido torturas, violaciones y otros abusos  que incluso han alcanzado a algunos de sus antiguos simpatizantes. Entre las víctimas figuran sandinistas históricos como el general Hugo López —cuya muerte es atribuida al régimen—, y opositores prominentes como Dora María Téllez, la célebre Comandante 2, quien fue secuestrada, exiliada y despojada de su ciudadanía.

Más recientemente, la represión se ha extendido a otros referentes sandinistas, como Carlos Fonseca Terán, hijo del  fundador del FSLN. A pesar de haber respaldado inicialmente a Ortega y la represión de 2018, Fonseca Terán fue finalmente detenido, lo que confirma el carácter errático y autodestructivo de la dictadura.

El posicionamiento inconsistente del FMLN en El Salvador frente a la dictadura de Bukele genera cuatro formas de  debilitamiento estratégico: 1) pérdida de credibilidad ante el pueblo salvadoreño; 2) distanciamiento de otros partidos de  oposición; 3) debilitamiento general de la oposición al régimen; y 4) erosión de su proyecto histórico, que busca consolidar  un modelo democrático basado en justicia, mayores libertades y la superación de la alienación e ignorancia.

Las experiencias históricas de El Salvador y Nicaragua, plasmadas en sus constituciones políticas, comparten una tradición  de solidaridad revolucionaria y aspiraciones unionistas. Esta herencia común subraya la necesidad de un movimiento  popular unificado que enfrente las dictaduras de Bukele y Ortega-Murillo, promoviendo un proyecto de liberación que  trascienda las divisiones partidarias y recupere los ideales de justicia y libertad en ambos países.

A continuación, algunos extractos de las constituciones de El Salvador y Nicaragua:

“El Salvador alentará y promoverá la integración humana, económica, social y cultural con las  repúblicas americanas y especialmente con las del istmo centroamericano. La integración podrá  efectuarse mediante tratados o convenios con las repúblicas interesadas, los cuales podrán contemplar  la creación de organismos con funciones supranacionales. También propiciará la reconstrucción total o parcial de la República de Centro América, en forma unitaria, federal o confederada, con plena  garantía de respeto a los principios democráticos y republicanos y de los derechos individuales y  sociales de sus habitantes. El proyecto y bases de la unión se someterán a consulta popular.” (Artículo  89 de la Constitución política salvadoreña).

“Evocando […] el espíritu de unidad centroamericana y la tradición combativa de nuestro Pueblo…”.  (Preámbulo de la constitución política nicaragüense).

Nicaragua defiende firmemente la unidad centroamericana, apoya y promueve todos los esfuerzos  para lograr la integración política y económica y la cooperación en América Central, así como los  esfuerzos por establecer y preservar la paz en la región. (Artículo 9 de la Constitución política  nicaragüense). (continuará)

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