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El potlatch de las caricias

EL POTLATCH DE LAS CARICIAS

Por: Nathaly Campos 

 

Qué difícil es decir no, decirte no.

En los pueblos primitivos se realizaban ceremonias de intercambio. Malinowski estudió el círculo de intercambios Kula en las Islas Trobriand, Boas el Potlatch en América y Mauss escribió el ensayo sobre el don. Lo que me interesa de estos tres autores es la premisa que abordan de la ley universal del intercambio como relación de poder.

Los dones intercambiados y la obligación de devolverlos se daban para establecer la posición jerárquica de los sujetos en sociedad, sin embargo, lo que me interesa es el don  como intercambio de caricias, ya que como especie humana buscamos satisfacer nuestra hambre de estímulo, sin importar cuán negativa sea la caricia; las buscamos porque necesitamos el reconocimiento-aprobación de alguien o simplemente pertenecer a algo o alguien en donde probablemente no encajamos, por eso somos animales sociables. Una constante de dar para recibir y viceversa.

En el hecho de pertenecer nos vemos involucrados en juegos, nos despojamos de nosotros mismos para que alguien más se expanda en nosotros, cediendo todas las facultades para que ese otro ejerza poder sobre nosotros. Foucault planteaba que el poder no se tiene, sino que se ejerce, pero para que circule necesitamos la dualidad dominado-dominador y es donde se van estableciendo las relaciones de poder; pero no nos vayamos lejos, en cierta medida todos ejercemos poder: en las relaciones de pareja, de amigos, de hermanos, siempre hay un sujeto que domina consciente o inocentemente, pero domina. Somos sujetos y estamos sujetados.

¿Qué hacemos para satisfacer nuestra hambre de caricias? El sistema cultural juega el papel más importante, ya que de este depende como se desarrolle el sistema de la personalidad de cada sujeto, no sólo porque permite la adaptación al sistema social, sino también la búsqueda e implementación de los mecanismos para la obtención de caricias, porque las necesitamos, porque las buscamos consciente o inocentemente y porque somos animales en busca de reconocimiento social.

Ahora bien, cómo obtenemos esas caricias nos definen como personas en nuestro sistema social, etiquetándonos en mil y una manera y si no existe, pues se inventa; pero siempre colocándonos en ese binomio en el circuito del poder, en donde usualmente quien ejerce el poder lo sabe.

Qué difícil es decir no, decirte no.

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