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EL PAÍS QUE TENEMOS Y EL DE LA PROPAGANDA OFICIAL

Licenciada Norma Guevara de Ramirios

Circula masivamente un video de denuncia, hecho desde la mirada, el pensamiento y el sentimiento de una adolescente sobre la injusticia imperante: el desalojo y despojo de recursos a la gente pobre y trabajadora.

Uno de las decenas de miles de personas afectadas por la arbitrariedad de las autoridades nacionales y municipales, dominadas por funcionarios y empleados de del partido oficialista Nuevas Ideas, es visto por esa niña, cuando a un pobre vendedor de sorbetes le es arrebatado su carro por un grupo de agentes del cuerpo de agentes municipales de San Salvador.

La niña se indigna, grita y graba su mensaje con mucho sentimiento, reclamando al presidente de la República ver lo que ella está viendo, es decir, reclamando que se detenga ese despojo de lo poco que tiene un trabajador informal, como medio de ganarse el sustento para él y para su familia, realidad que viven y han vivido miles en el centro histórico de San Salvador.

El reclamo es vehemente, es la mirada de una niña sobre la realidad del país que tenemos, del país que nos queda, del país que se nos arrebata para apartar a la gente pobre de la mirada de los turistas que puedan venir.

Despojos que se extienden a otras ciudades (bautizados legalmente como distritos). Bajo el lema “reconstrucción de centros históricos” se despoja, se incrementa la pobreza usando la fuerza de una ley que nos arrebata derechos y por la ausencia de un sistema de justicia al cual poder acudir en busca de proteger el derecho de las personas a ejercer libremente actividades económicas, con las cuales alcanzar ingresos.

El silencio, ante tanto atropello, ha empezado a romperse. Como el de esta niña o de la señora de tercera edad que se une a ella para alzar su voz de protesta, ante el mal trato de los agentes del CAM.

También ante la falta de atención y la precariedad en los centros de salud, como una mujer que se queja y afirma en redes que si fueran turistas les hubieran atendido.

Comienza a entenderse, pues, que la prioridad del gobierno es crear espacios para el turismo sin importarle la pérdida de oportunidades a los salvadoreños que vivimos en nuestro territorio.

En las playas, quemar los ranchos y destruir los pocos bienes de quienes se han dedicado por años a vender al turismo nacional; en los pueblos, corretear a los que venden en aceras, calles o parques, en puestos fijos o ambulantes.

Qué va a pasar a esas familias no les importa, porque  por ahora muchos se conforman con la propaganda, y especialmente les interesa que crean esa propaganda  los potenciales turistas y políticos en el exterior.

Ojalá esa mirada de la realidad como es, en la vida cotidiana del pueblo humilde, haga despertar a las personas fascinadas por la propaganda.

Y aprendan a ver otros aspectos que anuncian mayores males para la vida del pueblo y que se recogen en las mismas estadísticas oficiales, como el crecimiento de la desigualdad, de la pobreza, de las enfermedades, la carencia de medicamentos, la tardanza de citas con especialistas en los hospitales públicos, el abandono a las escuelas y otros.

Lo que el turista y el fanático o fanática del gobierno dejan de ver es esa realidad, del pueblo necesitado de oportunidades, que pierde capacidad de cubrir la canasta básica, que pierde la oportunidad de tener ingreso por empleo o por la actividad informal.

El acumulado de violencia ejercida contra el pueblo, tarde o temprano puede representar un potencial estallido social, una bomba de tiempo.

Cuando estamos a las puertas de iniciarse un nuevo período en la presidencia de la República, con la posibilidad de cambios a la Constitución y un aparato legislativo listo para cumplir las órdenes del presidente, es preciso mirar la realidad con los ojos y sentimientos de esa joven que grita por justicia, caminar de lado de los intereses y derechos de la  gente y ejercer el rol responsable de ciudadanía para denunciar, exigir respeto al pueblo.

Para eso se requiere organizarse, unirse, pensar y actuar juntos, porque es la única forma de ser escuchados y de producir un cambio favorable al pueblo.

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