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El grito de África en la ONU: Entre el hito global y la hipocresía local

Por: Luis Rafael Moreira Flores

En un giro que los libros de historia registrarán como el inicio de una nueva era en la justicia transnacional, marzo de 2026 se ha convertido en el mes del despertar de la conciencia global. La Asamblea General de las Naciones Unidas, en una sesión que desbordó la diplomacia tradicional, aprobó una resolución histórica: la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos han sido oficialmente calificadas como «el crimen de lesa humanidad más grave» de la historia.

Con 123 votos a favor, el mundo -liderado por el bloque africano y los países del Caribe- ha enviado un mensaje contundente: el dolor de 400 años de deshumanización no ha prescrito, y la deuda histórica no se salda con simples disculpas retóricas. Sin embargo, para países como El Salvador, este voto favorable en la ONU abre una grieta de contradicciones que nos obliga a mirar hacia adentro, donde el racismo estructural y el clasismo parecen ser la moneda de cambio cotidiana.

 

El hito que sacude los cimientos del poder

 

La resolución no es solo un papel con sellos internacionales; es un cambio de paradigma. Por primera vez, se reconoce formalmente que la explotación de más de 30 millones de personas y el sistema de tortura que sostuvo el desarrollo de Occidente requiere de una Justicia Reparadora.

Puntos clave del acuerdo:

  • Imprescriptibilidad: Se reafirma que estos delitos no tienen fecha de vencimiento. No importa cuántos siglos hayan pasado; la herida sigue abierta y el derecho a la justicia permanece.
  • Restitución y Memoria: Los Estados tienen la obligación de reparar el daño, lo que incluye la devolución de bienes culturales saqueados y la inversión en la memoria histórica.
  • El Bloque de la Resistencia: A pesar de la abrumadora mayoría, la resolución enfrentó la oposición frontal de Estados Unidos, Israel y Argentina. Además, 52 naciones -en su mayoría potencias europeas colonizadoras como Reino Unido, Francia y España- optaron por la abstención, eludiendo una vez más su responsabilidad directa.

 

El Salvador: ¿Conciencia o Conveniencia?

 

En este escenario geopolítico, el voto de El Salvador a favor de la resolución ha generado sorpresa y un cauto aplauso entre las organizaciones afrodescendientes. En un movimiento que rompe con la alineación automática de sus aliados del «Escudo de las Américas» (EE. UU. y Argentina), el gobierno salvadoreño se sumó a las voces de África y los BRICS.

¿Estamos ante un despertar de la identidad nacional o ante una jugada de ajedrez utilitarista? La realidad sugiere lo segundo. El Salvador se encontraba en la «lista negra» de la ONU por su falta de trabajo en pro de la población afrodescendiente. Votar a favor parece ser, más que un acto de convicción, una estrategia para subsanar observaciones internacionales y limpiar una imagen exterior desgastada por las críticas en materia de derechos humanos.

Mientras en Nueva York el delegado salvadoreño levantaba la mano por la justicia histórica, en el territorio nacional la narrativa es otra. El gobierno utiliza estos hitos como «logros» en sus organizaciones satélites, pero el aparato oficial de comunicación ignora la profundidad del racismo estructural que todavía impera en nuestras calles.

 

La realidad de un estado clasista y racista

 

Para la población salvadoreña, la resolución de la ONU llega en un momento de profunda desconexión entre el discurso diplomático y la vivencia comunitaria. No se puede hablar de reparar crímenes de lesa humanidad mientras, a nivel interno, se ejerce una persecución clasista contra los más vulnerables.

El rostro de la contradicción:

  1. Criminalización de la pobreza: En las comunidades, la persecución no distingue solo por sospecha criminal, sino por apariencia. El racismo y el clasismo se entrelazan para castigar a quienes trabajan por cuenta propia o a quienes no encajan en la estética de la «nueva ciudad» que se intenta vender al turismo.
  2. El CECOT y la Diáspora Africana: Es un secreto a voces, pero una realidad dolorosa: personas afrodescendientes de Venezuela, Haití y Brasil están siendo retenidas en centros penitenciarios de máxima seguridad, como el CECOT, bajo acuerdos de contención migratoria con potencias externas. ¿Cómo se puede votar contra la esclavitud histórica mientras se encierra injustificadamente a la diáspora actual?
  3. El desmantelamiento de la cultura: El cierre de las Casas de la Cultura es quizás el golpe más certero contra la identidad. Eran estos espacios los bastiones de investigación y defensa de las poblaciones indígenas y afrodescendientes. Al cerrarlas, se mata la autonomía territorial y se reemplaza por un «activismo de fotografía» que carece de presupuesto real y poder político.

«El Salvador es intercultural por naturaleza, pero el Estado prefiere un país utilitarista donde la cultura es solo un adorno para el turismo masivo».

 

El Centro Histórico: ¿Luminoso o Excluyente?

 

Recientemente, un video viral mostró a un joven siendo expulsado de un centro comercial por agentes del CAM debido a su apariencia. Este hecho no es aislado; es el síntoma de un Centro Histórico clasista que busca la «luminosidad» a través de la exclusión. El color de piel oscuro y la ropa humilde se han vuelto «inadecuados» para la vitrina turística que el gobierno promociona.

Se prioriza el desarrollo de ordenanzas municipales que favorecen la gentrificación por encima del derecho a la tierra y la permanencia de las comunidades originarias. La cultura se ha vuelto un producto de exportación, no un derecho de los ciudadanos.

 

Un paso adelante, dos atrás

 

Aplaudimos el voto en la ONU. Es necesario que el mundo reconozca la barbarie de la trata transatlántica. Sin embargo, no permitiremos que este hito sirva de cortina de humo para ocultar la doble moral de un gobierno que, en la práctica, no cree en la dignidad de las culturas que dice defender.

La justicia reparadora debe empezar en casa. Reparar a África en la ONU es el primer paso, pero reparar a la población afrodescendiente salvadoreña, detener la expropiación de tierras y terminar con el racismo institucional es la verdadera deuda que este Estado tiene pendiente. Mientras la política cultural siga siendo un ejercicio de relaciones públicas y no una garantía de derechos, el voto en la ONU será solo un eco vacío en un salón de mármol.

 

*AFROES – Afrodescendientes de/en El Salvador

 

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