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El frío de los hospitales

EL FRÍO DE LOS HOSPITALES

Wilfredo Arriola,
Escritor

Hay lugares que necesitan ser transitados para poder hablar de ellos. El frío de los hospitales es uno que ataca por todos lados: por el lado de la angustia, de la ansiedad y del eterno sentimiento de pérdida. En los últimos días he visitado un hospital de la capital, en apoyo a un amigo, y en sus pasillos pude notar la cara de angustia de quienes malviven su situación, la mirada perdida, el rostro del cansancio y la fe a todo dar. Cada personaje dentro de sus asientos aguarda una historia por contar, pero en ese momento el silencio es sobre lo que más transita su mirada. A pesar de que necesitan el sosiego para buscar respuestas en su intimidad, también quisieran, en el oportuno de los casos, contar a palabra tendida todo ese cúmulo de angustias que han ido amontonando día tras día, noche tras noche, encerradas en esas paredes blancas como sobres con las líneas de la desolación.

Padres esperando noticias de sus hijos, esposas siendo leales con sus parejas, hijos devolviendo el favor de la lealtad para con sus progenitores, familiares mostrando la empatía por medio del acompañamiento. Cada uno es protagonista de la situación que vive, cada uno aguarda el sinsabor en la boca de estar en un lugar que por nada del mundo tiene el tinte de nuestro hogar. Son lugares donde, si bien es cierto uno no quisiera estar, es más conveniente permanecer para salvar a los nuestros. Doctores, enfermeros, personal de limpieza y administrativos también con una vida, pero todos esperando que se aboquen a nuestras penas, como si ese lugar se hubiese creado exclusivamente para nuestras necesidades en ese momento. El egoísmo a veces funge un papel sin juicio en momentos así, no logramos determinar la amplia necesidad que tienen los otros y, en su probabilidad, el relato que uno vive no es mucho, en comparación de otros cuadros que se escuchan o se pueden percibir dentro de las salas. La consideración se entrena mientras uno avanza por el lugar. Miradas de angustia, personas hablando por celular para reportar noticias, niños malviviendo los momentos sin tener una idea lúcida de lo que pasa, simplemente estando ahí, porque no pueden estar en otro lugar. Las manos amigas se vuelven relevantes en esos momentos, se pierde la entereza de tomar las mejores decisiones y una segunda mente potencia a las demás en ánimo y en dirección.

“Pronóstico reservado”, “a espera de exámenes”, “lo marcará la evolución”, “se necesitan donantes”; son las frases clásicas, los enunciados más recurrentes dentro de los hospitales y, sobre todo, la más elemental que está por encima de toda frase: “Primero Dios”. Alrededor de uno hay camillas, olor a alcohol, desinfectante por doquier, las mascarillas que disimulan días sin dormir y el rímel corrido en las mujeres, sonidos de ambulancia que apuran los costados de las calles, zancadas largas del personal de salud dando el todo por el todo, unos verdaderos atletas (los más destacados) que pocas veces se les reconoce su disposición. Eso es afuera, adentro también hay otro hospital, el que viven las personas en su angustia, ese mismo ritmo acelerado también transita en las arterias del que espera y en su esperar sufre más por la obligada calma de la serenidad impuesta. El ansia de las noticias se vuelve una incesante necesidad que vapulea nuestro ritmo cardíaco, convirtiéndonos en otra noticia hecha carne en un pasillo solo con la fe de esperar la mejor noticia llevada por un médico.

Somos otros en la tribulación. A ese otro nunca hay que olvidarlo, porque de vez en cuando hay que ejercitar a ese personaje que guardamos adentro, fortalecerlo con la dicha de la vida para saber disfrutar a quienes están con nosotros; a ellos que viven su vida de forma rutinaria, pero que quizá en algún momento fueron la causa de nuestra total atención física y espiritual. Si aún no lo hemos vivido, no sería malo que apoyemos de vez en cuando a quienes viven esta situación. Seguramente no lo olvidarán, porque en esta vida es muy fácil cambiar de estado… y resultará triste no tener hombros adonde descansar.

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