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EL COSTOSO ENGAÑO DEL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL CALENTAMIENTO GLOBAL.

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA,

 

 

EL COSTOSO ENGAÑO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Y EL CALENTAMIENTO GLOBAL.

 

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

 

PRIMERA PARTE: EL HOMBRE, SU PAPEL EN EL COSMOS.

 

Para poder comprender  porqué el hombre se encuentra ahora tratando de luchar tan denodadamente contra el cambio climático, pretendiendo que es por sus acciones que este cambio se está dando, si es que se está dando, y asumiendo incluso la responsabilidad de corregir el curso de la naturaleza y modificar su dinámica, es necesario que hablemos un poco de quién es, precisamente, este ser que llamamos “Hombre”, ese a quien alguna vez Martín Heidegger dijera que es “el ser que tiene más ser”, en una muestra de antropocentrismo desmedido. Hablemos previamente de ello:

 

  • El Antropocentrismo.

 

El hombre es la medida de todas las cosas,

de las que son en tanto que son,

y de las que no son en tanto que no son.

Protágoras de Abdera, 491 a.C.

 

Permítaseme anteceder al tema de este trabajo, diciendo algunas cosas sobre esta teoría filosófica que se conoce como Antropocentrismo. En el contexto del mismo, y a medida que se avance en la exposición, se podrá entender el porqué colocar este antecedente.

 

La Real Academia Española de la Lengua define el Antropocentrismo como  una “doctrina o teoría filosófica que supone que el hombre es el centro de todas las cosas, el fin absoluto de la naturaleza y punto de referencia de todas las cosas: El antropocentrismo se opone al teocentrismo”. Tal definición debe verse desde diferentes planos. Epistemológicamente sitúa al hombre como medida de todas las cosas. Ya Protágoras, el sofista de Abderá, lo había situado así hace unos 25 siglos, cuando florecía la filosofía en Atenas y el mismo Sócrates había relegado a segundo plano el pensamiento físico-cosmológico-metafísico de los anteriores filósofos, para colocar precisamente al hombre en el primero. No es el antropocentrismo, pues, nada nuevo en la historia del pensamiento. Hay también una dimensión ética en el concepto, pues si el hombre está al centro de todas las cosas, sus intereses serán entonces aquellos que deberán recibir la mayor, si no la única, atención, y el juicio humano será la única medida con la cual deberán considerarse los demás seres y el conjunto de la naturaleza. Ontológicamente, entonces, todo se subordina al ser humano.

 

Históricamente, el antropocentrismo se va situando de diferentes maneras y con diferentes ponderaciones en la evolución de la cultura. Si bien se sabe reconocer su aparición en el rompimiento de la visión teocentrista que había predominado de manera general durante todo el medievo, y que se sabe ubicar en el renacimiento, esto no es del todo preciso ni exacto. Como dice Gerardo Anaya Duarte, S. J., (Gerardo Anaya Duarte, S. J., Antropocentrismo, ¿un concepto equívoco?, Entretextos, 17, Universidad Iberoamericana, León, 2014), “indudablemente que las cosmovisiones medievales ponen como centro a Dios, pero no forzosamente minusvalorando al ser humano”. Cita Anaya Duarte el texto de Sn Gregorio de Nisa, padre de la Iglesia, (335-394): “Después de haber terminado la creación del hombre, -que era totalmente nuevo y totalmente hermoso-, Dios le dijo: ‘Hombre, tú serás el señor de la tierra y superior a todo lo que existe en el universo. Serás igual a mi, tu Dios. Como prueba de tu semejanza con Dios, te doy desde ahora la prerrogativa por excelencia: La libertad’ “. Es decir, en pleno medievo, ciertamente bajo una visión teocéntrica fundamental, el hombre era desde ya un ser relevante.

 

El historiador francés J. Michelet sintetizó en la fórmula “Descubrimiento del mundo, descubrimiento del hombre”, la innovación dada en los siglos XV y XVI cuando por primera vez se utilizó la palabra “Renacimiento” para expresar el concepto de una época. Según la típica fórmula del siglo XV, “los estudios humanísticos se llaman así porque llevan al hombre a la perfección”. Es, el Renacimiento, el efecto de un humanismo que redescubre la autonomía del hombre, y lo hace artífice de su propio destino, rompiendo con la visión medieval que considera la naturaleza humana finita e inmersa en el pecado, constantemente necesitada de recurrir al Dios cristiano trascendente para explicar no sólo su existencia sino su modo de relacionarse con el mundo y con la sociedad. Conducen a ello de alguna manera el redescubrimiento y la imitación de los clásicos griegos y latinos, tanto en la literatura como en el arte. Aparecen así las explicaciones del cosmos y de la realidad social por medio de la sola fuerza del hombre. Hay una concepción naturalista del mundo a partir de la renovación humana del pensamiento griego.

 

Esta posición de sostener el predominio del hombre sobre todo lo que le rodea se rompe con la llegada del pensamiento moderno en el siglo XVII, con lo que se ha dado en llamar Filosofía Moderna. Aquí, los grades temas anteriores, el cosmos, Dios, el hombre, ceden ante el nuevo paradigma, el conocimiento, que cederá también  contemporáneamente ante el nuevo enfoque filosófico que tiende hacia la realidad, sobre la base de una diferente visión filosófica y científica. Efectivamente, el antropocentrismo parece ahora entonces ser no otra cosa que una idea ingenua ante la realidad. Por supuesto que pensar aun que el hombre es el centro del mundo y del cosmos, es algo que de ingenuo pudiera considerarse sesgado. La posición de que sólo los seres humanos deben ser objeto de consideración moral, y que sus intereses deben colocarse por encima de los del resto de seres que conforman la naturaleza, no es admisible. Sin embargo, aun hoy en la actualidad, se sostienen posiciones que corren en tal sentido, sobre todo en algunos ámbitos que se dicen, contradictoriamente, defensores de la naturaleza y del ambiente, ámbitos que precisamente niegan o desprecian la visión del hombre como centro de todas las cosas.

 

Y es que el hombre es un ser pequeño en todas las dimensiones en que pudiera ser considerado. Veamos algunas realidades que la ciencia y la filosofía nos van mostrando sobre la dimensión del hombre:

 

La vida no es una condición propia de los seres humanos. La vida es una realidad cósmica que trasciende la sola condición humana. El ser humano para nada tiene la menor consideración ante la posibilidad de que la vida sea uno de sus efectos. Ni siquiera es posible ya considerar que el hombre es, hoy por hoy, el culmen de la evolución, por el solo hecho de poseer esa facultad que llaman “inteligencia” y que le atribuyen exclusivamente a él. “No hay genes de la inteligencia”, ha demostrado la ciencia, y con ello, la evolución, ontogenética y filogenética, no es una función de dicha facultad. El cosmos, y la Tierra dentro de él o como parte de él, funciona y razona de muy diferente manera: Para que haya vida en la Tierra, la gravedad debe ser la que es, y no mayor ni menor; hay vida en la Tierra por la baja excentricidad, cercana a lo circular, que esta tiene, excentricidad que si fuera mayor no permitiría tal vida; hay vida en la Tierra porque su eje de rotación está inclinado; hay vida en la Tierra porque su tiempo de rotación es pequeño, sólo 24 horas, y no tan grande como 240 horas; hay vida en la Tierra porque sólo el 25 % de ella es tierra firme y no agua, lo cual, de ser mayor, negaría tal vida; hay vida en la Tierra por la existencia del vapor de agua en una muy alta proporción, y sólo una muy baja proporción de anhídrido carbónico.  Además, es necesario para que haya vida en la Tierra que esta posea actividad volcánica, vulcanismo, para producir gas carbónico. Y también que tenga el tamaño suficiente para que la gravedad permita que su atmósfera no se evapore y que los seres vivos puedan desarrollarse. Hace falta que exista agua en estado líquido para que haya vida en la Tierra. ¿Qué papel juega el hombre en todo lo anterior, si es que juega alguno?

 

Y no sólo son necesarias las anteriores condiciones “locales” para que haya vida en la Tierra. La Tierra no se encuentra aislada del cosmos. Hay vida en la Tierra porque hay una estrella próxima, el Sol, que le suministra energía, y además, porque esta estrella se encuentra adecuadamente localizada, ni demasiado lejos para que no pueda calentarla, ni demasiado cerca para que pudiera quemarla. Y para que haya vida en la Tierra hace falta también un satélite que estabilice al planeta, en esta caso, la Luna; sin la Luna, el eje de rotación de la Tierra podría oscilar de vez en cuando debido a la atracción de los demás planetas, lo cual modificaría el clima y crearía condiciones incompatibles con la vida. La vida en la Tierra exige que se de la química del carbono en el cosmos, sobre todo en las estrellas. Y en esto, ¿Cómo entra el hombre?

 

Cuando comprobamos la redundancia de la naturaleza traducida en la enorme cantidad de especies existentes, (actualmente se estiman 5 millones de especies animales, y cada día se descubre una nueva), y la variedad de dichas especies, como lo prueban los fósiles descubiertos, se debe concluir que la naturaleza ha  explorado ya todas las soluciones, incluso las más extravagantes, y ha hecho todo lo que tenía que hacer. Se calcula que a lo largo de la evolución han desaparecido quinientos millones de especies. ¿Es sana, entonces, y conducente, esa preocupación humana, inmensa y desesperada, que actualmente se tiene sobre el proteger las “especies en peligro de extinción”? ¿Ignorancia, sencillez, malicia? Se calcula que hay en la naturaleza un poco más de un millón de especies de insectos, seres sexualmente muy activos y además muy resistentes. Y hay que decir que el poder de multiplicación de los insectos es sólo minúsculo comparado con el de las bacterias. Hay opiniones que corren en el sentido que son estos insectos los que han de sustituir al hombre en la escala evolutiva. ¿Es, así, el hombre, el único animal inteligente?

 

Ante tales realidades, y sólo se han citado muy pocas, se demuestra y pone en evidencia el tosco, anacrónico y desmedido homocentrismo actual, que ignora que la naturaleza es más que el hombre, y que dentro de ella, el hombre es un minúsculo elemento incapaz de modificarla, y menos aun de corregir su dinámica, la dinámica terrestre y universal. El célebre principio del sofista de Abderá es ahora negado por la realidad misma, e insistir en su validez puede llevar a la naturaleza, y al hombre con ella, a lamentables situaciones.

 

Cabe, y es urgente la pregunta: ¿La existencia del hombre da sentido al universo, (principio antrópico), o la existencia del universo da sentido al hombre?

 

Continuará.

 

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