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DEL HOMBRE MUERTO MEDIO MUERTO QUE QUERÍA SEGUIR VIVO Y DEL HOMBRE VIVO BIEN VIVO que FINGÍA ESTAR MUERTO

Héctor López Fuentes

Cuentista

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Magdalena a Mardo, no rx al ver que iba por el camino con la cara hinchada y con la ropa llena de sangre.

—¿Pues qué más? Siempre me toca andar defendiendo a Roberto de las habladurías de la gente. Hoy me tocó defenderlo de ese loco de Bartolo Díaz.

—¿Qué pena con nuestro hermano? —lanzó Magdalena.

—Estoy cansado de Roberto —dijo Mardo.

—Sí —dijo ella—, todos los años la misma cantaleta, siempre nos asusta con sus bromas de mal gusto en el día de los inocentes.

—Ya lleva tres años con lo mismo —aseveró Roberto—, ¿te acuerdas del primer año en que vino a decirnos que nuestra madre estaba muerta?

—Como no acordarme, si salimos corriendo, llorando por todo el pueblo hacia la casa de ella —toma un respiro—. Y del segundo año me acuerdo que inventó que habían encontrado al señor cura con la Chavela, en pleno acto indecoroso.

—Sí, pobre del cura, tuvo que dar explicaciones a todo el pueblo sobre esos rumores.

—Es que mi hermano es una bestia —dijo ella—, mira que inventarse esas cosas del cura…

—Y el año pasado, ¿te acuerdas del año pasado en que dijo que tú habías contraído una extraña enfermedad contagiosa?

—Sí, me acuerdo —dijo ella enojada—, y yo sin saber por qué nadie del pueblo se quería acercar a mí.

—Ja-ja, me acuerdo que a mi madre casi le da un infarto al verte llegar a la casa.

—Sí, y por poco me pone en cuarentena.

—Y para este año ¿qué crees que se tenga preparado ese Roberto?

—Ni idea, de él hay que esperar cualquier cosa.

Para ese entonces, Roberto se encontraba escondido detrás de unos matorrales y había escuchado todo lo que sus hermanos habían hablado.

Mañana será el día de los inocentes, pensó, y debo idear algo genial y esto será la cúspide de mi talento.

Al día siguiente Roberto se levantó pasada la media noche y se fue por el camino principal por donde toda la gente transitaba, incluyendo Mardo y Magdalena. Llevaba consigo un cuchillo partido por la mitad de su hoja y una botella con salsa de tomate.

Aún estaba oscuro cuando llegó al lugar donde tenía pensado hacer la broma, se acostó en el suelo, se llenó el pecho con toda la salsa de tomate y se puso el pedazo de cuchillo de manera que pareciera que había sido asesinado con él. Luego, esperó a que la gente empezara a pasar.

—¿Qué haces? —le preguntó una voz.

Cuando Roberto volvió a ver quién le hablaba se percató que a una corta distancia de él había un hombre acostado en el suelo, que por culpa de la oscuridad no había logrado ver antes.

—¿Me hablas a mí? —preguntó Roberto.

—Sí, a ti. ¿Qué haces?

—Hoy es el día de los inocentes y quiero jugarles una broma a la gente del pueblo.

—¿Y lo piensas hacer fingiendo estar muerto?

—Sí, qué opinas: ¿parezco de verdad que estoy muerto?

—No —dijo el hombre— esa salsa que te echaste no parece sangre, es muy pálida

—¿Será? lanzó Roberto.

—No lo parece. Así es el color de la sangre —le contestó el hombre girándose un poco hacía él y enseñándole una gran mancha de sangre que tenía en su pecho.

—Oye, ¿qué te pasó a ti?

—Tuve una riña con un hombre anoche y llevé las de perder.

—Pero estás grave, te debe atender un doctor.

—No es nada, solo fue un rasguño. Me quedé aquí para descansar un rato, ya vendrá mi esposa a recogerme y me iré a casa. Pero mira, si quieres asustar a la gente no es bueno que estemos juntos en el camino.

—¿Y cómo hacemos?, —preguntó Roberto, y al cabo de un rato—: para mí es importante este día.

—Pues nos podemos ayudar mutuamente —le contestó el hombre con brillo un fulgurante en los ojos—, yo no me puedo ir de acá porque estoy esperando a mi esposa, pero está por pasar una señora y cuando pregunte ¿quién es él herido? Contesta que tú; más adelante le dices la verdad de que lo que tienes es salsa y va a ser la primera víctima de la broma.

—¿Y quién es esa señora?

—Una amiga —contestó el hombre. Eso sí, debemos estar en silencio cuando ella pase.

—Muy bien —dijo Roberto y los dos se quedaron callados.

En ese momento un silencio aterrador inundó el lugar.

Ni los cantos de los grillos se escuchaban.

Luego sonó a lo lejos el caminar de una persona que se aproximaba arrastrando los pies con premura.

Era una señora de tez blanca y de vestido negro, sostenía en sus manos un largo bastón y un papel largo, parecía una lista de algún tipo.

Se acercó a Roberto y al otro hombre y sin detenerse en su andar dijo:

—¡Rápido! ¡Rápido! ¡No tengo tiempo, tengo muchos encargos que recoger! ¿Quién es el herido?

—Yo —dijo Roberto, mientras el otro hombre se quedaba en silencio.

—Muy bien, acompáñame —dijo la mujer—. Bartolo Díaz, recolectado —murmuro para sí y continúo caminando a paso ligero

Roberto se levantó sin darse cuenta de que dejaba su cuerpo muerto tirado en el suelo mientras el otro hombre se levantaba y marchaba con su nueva oportunidad.

Al amanecer, la gente encontró el cadáver de Roberto. Y así él logró el culmen de su ocupación, asustar por última vez al pueblo y a su hermano.

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