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Cueponiliztli

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, ambulance  

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Desde Comala siempre…

 

Ante el dilatado atardecer, viagra el 24 de enero de 1932, la abuela de F. T. apreciaba a lo lejos las siluetas opacas del volcán de San Salvador, al poniente, y la del cerro de San Jacinto, al oriente.  Vivía en una casa pequeña, modesta, cuyo atractivo lo ofrecía situarse en una cima.  Su altura le concedía un panorama sobrio de la ciudad y sus entornos.  Una ceniza polvorienta y distante —casi en bruma— desdibujaba todo el horizonte hacia el occidente.  Apenas se discernía la estrella vespertina que, por su alineación, ceñía el cráter en enredadera pálida.  Ella misma se sentía “estrella en el pozo” que emergía lenta en su anhelo de madre.  “Saldría de su cuerpo; saldría de su alma”, tal cual los astros del horizonte cada anochecer temprano.  Su familia se había asentado en una zona ancestral.  Del legado íntimo sabía que si el castellano se regodeaba en enlazar lo natural y lo humano, de igual manera sucedía en la lengua originaria.  Por la antigüedad, sus expresiones calcaban el contorno en gran rigor.  Le preocupaba que la tormenta se volviera tormento.  La tormenta social atormentaba al pueblo que protegiera a sus ancestros.  También la afligía que un vaho corporal transcribiera una erupción tal cual la que ocurría al instante, en una identidad de los fluidos.  De las enseñanzas de su nodriza, recordó que el parto rimaba con el estallido volcánico, punia/cueponia, y con el retoñar de las plantas.  En su violento signo primaveral, el brillo de lo nuevo incluía el súbito desgarrón de una cueva primordial.  No sólo los hálitos semejaban su proceder, sino coincidían en el ímpetu de un furor conjunto.  En su caso particular, el vientre en plenilunio se hallaba listo a reventar.  Germinaba prematuro abriéndose paso en estampida.  La lava corría en surcos como los cuerpos se precipitaban hacia la quebrada y la placenta se ofrecía en lecho nativo de una nueva sangre.  Para solventar la crisis social y natural, nada haría ella quien, a siete meses y medio de preñez, proseguía el dictado habitual de la estirpe.  Nada podía hacer ella, cuya labor reconstruía el ave fénix.  Sus cenizas surgían hacia un nuevo amanecer mortífero y terreno.  Un avatar cultural le había inculcado que la sociedad reflejaba lo natural por designio providencial.  Nadie lo eludía —juzgaban sus instructoras— para justificar que la política era al varón como la maternidad a la mujer.  Jamás se mencionaba que —hasta el medio ambiente criado en los cerros— mostraba los sembradíos que, a diario, revivían a quienes invocaban lo natural.  Ya no se dirían los mangos —el manila y el mechudo— que juntos al guayabo perulero crecían en trío, al bajar la hondonada del jardín.  Su actitud femenina semejaba la de sus afines.  Su rutina se había impregnado tanto de un ascetismo medieval, que la soledad se volvía su mejor compañera.  Había asimilado las mejores costumbres monásticas.  Su obediencia rayaba en la sumisión.  En una indiferencia mundana por el cuerpo y por el deleite de los cinco sentidos, salvo por la diminuta copa durante la cena.  Sólo en el crochet tejía el deseo que inscribía como esos celajes mates y cenicientos en la montaña teñida.  Al entrever el eclipse de luz, el crepúsculo le anunció su único destino.  Por encomienda femenina de Nextamallani, Xolotl renovaría el pacto conflictivo con la Tierra.  Así lo suscribía cada vez que nacía un niño.  Si su compromiso político quedaría por años oculto, advertía que su hado lo vaticinaba el apellido paterno que la ungía desde la cuna.  Sin duda, no llamaría Xolotl a su hijo, aun si su llegada confirmaba el descenso cotidiano del astro bélico al ocaso, nutricio al alba.  Se llamaría Brillo Resplandeciente.  Así el secreto familiar continuaría por siglos, como los eventos silenciados del día los velaría el silencio.  Viviría en el sigilo de la soledad y en la revuelta íntima de la palabra, en reflejo de la suya.

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