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¿CUÁL ES TU GRACIA?

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

Conversando con don Marlon Chicas, el tecleño memorioso, vino a colación el asunto de los nombres. He aquí, entonces, lo que el gentil caballero nos compartió: “El nombre ocupa un espacio importante a lo largo de la historia del ser humano, de su etimología se conoce el significado y personalidad del mismo, incluso, en las escrituras, Dios manifiesta al profeta Jeremías: ´Desde que estabas en el vientre de tu madre ya te conocía y te llamé por tu nombre´.

Por otra parte, el viejo adagio popular que afirma: ´la mejor música para el oído humano es el propio nombre´, sigue siendo vigente hasta nuestros días, debido a que es más gratificante escuchar ser llamado por el propio nombre, que por un apelativo.

Antiguamente al ser presentado en la pila bautismal se escogía el nombre del santoral católico desde el más común al más raro. Así, Benito, José, Pedro, Juan, María, Teresa, Magdalena, entre muchos; o exóticos: Pantaleón, Casildo, Casiano, Puro, Hermenegilda, Eladia, Casiana, Engracia, Ciriaca, para citar algunos. De igual forma, si los padres profesaban la religión evangélica imponían nombres bíblicos como: Adán, Moisés, Nehemías, Abraham, Sara, Esther, Judith, Ruth, entre tantos personajes sacros.

En relación al nombre dado a los hijos, la tradición era conferir el  nombre del padre, perdurando así, su recuerdo en la descendencia.  En otros casos,  llamar con nombres masculinos o femeninos a los hijos por un deseo frustrado del padre en cuanto a tener un vástago de uno u otro sexo, si el deseo era una niña y resultaba niño, se le llamaba Tereso, Isabel,  Dolores o Guadalupe; si era al contrario, se les inscribía con nombres masculinizados: Alejandra, Jovita, Fernanda, Guillermina o Manuela.  En esto hay que considerar la fuerte cultura patriarcal de antaño.

Recuerdo la interrogante que nuestros mayores nos hacían al preguntarnos por “nuestra gracia”, a lo que con ingenuidad infantil, contestábamos: “cantar, bailar, declamar”, cuando en realidad lo que se cuestionaba era nuestro nombre.

En los últimos tiempos la asignación del nombre a los hijos está sujeta a personajes de televisión, cantantes, deportistas, políticos, héroes bíblicos, tales como: Sean, por el actor Sean Penn; Justin, por el cantante canadiense Justin Bieber; Ronaldo y Lionel por razones futbolísticas; o Vladimir y Donald, por citar políticos de nuestra era.

Es común ahora estar frente a nombres con una singular ortografía y procedencia: Damaris, Josselin, Katerin, Alisson, Isamar, Jeimy, Emely, Hassel, Darlin, Bryan, Jefferson, Teylor, Jeffrey, Kelvin, Anthony. Ya no tardarán también: los Daddy, Fonsi, Ozuna, Yandel, Bunny, Sista, Ivy Queen,  Farina, Lady Gaga y la lista sería infinita, con nombres cada vez más peculiares.

¿Y qué me dicen de los nombres-marcas comerciales que algunos ostentan como: Sony, Rubber, Hitachi, Sanyo, Regia o Nike?

En conclusión, sea el nombre que usted posea, siéntase privilegiado de llevarlo, ya que encierra características que sólo usted posee. De igual forma haga valer su nombre, ya que Dios mismo le conoce por el suyo y con ello basta”.

 

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