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CÓMO ESTÁ EVOLUCIONANDO EL CRÍMEN EN EL PAÍS

Luis Arnoldo Colato Hernández

Educador

Hacia el sur de San Salvador, concretamente en las laderas del cerro San Jacinto, en una de esas colonias de clase trabajadora que podría ser cualquiera, porque en todas están ocurriendo ahora los mismos hechos, las pandillas se dejan ver de nuevo en los territorios que consideran sus latifundios particulares, al abrigo de estas y en conocimiento de las autoridades.

Una constante que observamos entre estas comunidades es la de, además de ser excluidas y no ser poseedora de ninguna propiedad, su marginación ha sido más acusada en el último quinquenio, y la aparente prosperidad que alcanzó solo el 0,00002% de la población, los particulares beneficiados del quehacer financiero del régimen ilegal que nos gobierna de acuerdo a la banca multilateral, ratificado en sus últimos cinco informes anuales, simplemente los pasó de largo, y su condición material se pauperizó aún más en este esquema, porque la desigualdad e inequidad social se agravaron en ese mismo quinquenio.

Una tragedia histórica de nuestro país, es como sabemos la exclusión y marginación de las mayorías, que son las generadoras de la exigua riqueza existente en el territorio, pero, además, también los invisibilizados, enfrentados a estructuras político sociales que les niega todo mérito que permita su movilidad social.

Peor aún, el esfuerzo y la constancia de las élites que monopolizan al estado para naturalizar este esquema rindió sus frutos, cebándose por un lado con la memoria histórica mientras anularon la educación, redundando en que la mayoría de la población sencillamente a validado su condición, respaldándolo inclusive.

De ahí que la violencia social que aflige a nuestra sociedad desde que finalizara el pasado conflicto armado no es reivindicativa, sino refleja, y se corresponde con una simple realidad: las pandillas no disputan el poder, lo sustentan nutriéndose de él.

Así vemos como el régimen tiene éxito al supuestamente tomar control de las calles, lo que es empero un juego de apariencias, pues en el mejor de los casos y atendiendo las propias cifras que ofrece tanto la pnc como la fgr, los crímenes de sangre redujeron en un 60%, mientras a cambio los delitos del crimen común aumentan.

Pero, además, esa violencia que surge entre los sustratos empobrecidos por la política de recortes adelantada desde el régimen no solo no es rebelión sino réplica, por la que esperan eventualmente beneficios.

Y es ahí donde aparece la pandilla.

Porque está no solo supone un cierto grado de empoderamiento político, que de otro modo les es negado, pues les permite acceder a una rodaja del pastel mediando las extorsiones, el sicariato, y el acompañamiento a la estructura política en turno en el poder, mediando la coima, pues la experiencia enseñó que de frente a la inoperancia estatal, la incidencia criminal, no política, es la vía.

No, las pandillas no desaparecen si bien el discurso oficial así lo afirma, reptan y se adecúan, fijando posiciones para cuando este momento sea superado, puedan en el escenario de desorden que suponen sobrevendrá, prosperar.

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