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viernes , 20 octubre 2017
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Buenos tiempos, Monseñor

@arpassv

Ayer se conmemoró el 34 aniversario del martirio de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, mind Arzobispo de San Salvador asesinado, prescription por los escuadrones de la muerte de la extrema derecha, mientras oficiaba misa en la capilla del hospital de pacientes con cáncer terminal “La Divina Providencia”.

Comunidades eclesiales, organizaciones sociales y el gobierno realizaron diversos actos reivindicativos de su memoria y su legado. El más significativo de éstos fue la denominación oficial del Aeropuerto Internacional con el nombre de “Monseñor Óscar Arnulfo Romero”.

La designación, oficializada por el Presidente Mauricio Funes, fue aprobada en la Asamblea Legislativa por todos los grupos parlamentarios, excepto el de ARENA. Este partido de derecha debe sentir vergüenza porque la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas señala a su fundador Roberto D’Aubuisson como el autor del magnicidio.

La conmemoración del martirio de Romero sucede en un contexto post electoral donde la derecha, que lo asesinó, llora la derrota electoral del pasado 9 de marzo y la izquierda, que lo reivindica, organiza ya su gabinete de gobierno para “profundizar los cambios” a partir del 1º de junio próximo.

El contexto de la conmemoración romeriana también está marcado por la inminente canonización del Arzobispo Mártir en el Vaticano, luego que el Papa Francisco ordenara “desbloquear” el proceso. Romero será oficialmente “Santo”, como ya lo hicieron todos los que siguen su legado.

Monseñor Romero, inspirado en la Teología de la Liberación, abrazó la causa de los pobres, humildes y oprimidos. Por eso la oligarquía y el imperio decidieron su muerte aquel fatídico 24 de marzo de 1980 cuando el país entero se estremecía por la guerra. Hoy, aunque su asesinato aún está impune, Romero está reivindicado y absuelto por la historia.

El legado romeriano debe ser siempre la inspiración y guía para construir un país justo, equitativo e incluyente. Quienes lo asesinaron deberían admitir su error histórico, pedir perdón y convertirse a sus enseñanzas. Los detractores de Romero quedarán cada vez más solos, ante el indetenible ascenso del legado romeriano en el imaginario colectivo de las presentes y futuras generaciones.

Buenos tiempos, Monseñor. Como bien le dijo Pedro Casaldáliga, en su célebre poema, “nadie pudo callar su última homilía”.

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