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jueves , 19 octubre 2017
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Aquí promovemos  la amistad

Aquí promovemos la amistad

Santiago Vásquez
Escritor y Poeta

Un nuevo año de inquieta curiosidad por aprender está por comenzar, buy viagra la concurrencia de muchachos hacia el templo del saber es grande, try cada uno pregunta por su nuevo profesor, rx inquietos por saber en qué aula van a tocar y quiénes serán sus nuevos compañeros y compañeras; la escuela ha tomado vida nuevamente después de las vacaciones.
Una vieja melodía de tiempos idos combinado al suspenso de nuevas historias por vivir, comienzan a festejar  al unísono junto a la nueva experiencia de aquellos muchachos desesperados por saber lo que les espera.
El director,  al lado de los mentores que ven en aquella sagrada labor que realizan, una oportunidad de abrigar esperanzas para luego, en un futuro no muy lejano, disfrutar del fruto alimentado en las almas de aquellos jóvenes que reciben el pan del saber, aliados al júbilo de  algunos padres de familia, han preparado con mucho entusiasmo la llegada del año escolar y el recibimiento de aquel grupo  de promesas listas para construir nuevos horizontes.
La algarabía se siente por todas partes, unos corren, otros caminan y la mayoría simplemente observa lo que sucede a los alrededores.
El ambiente se desarrolla entre la tristeza de quienes han perdido la compañía de los que se han marchado por motivo de traslado de sus familias, buscando nuevas oportunidades de trabajo o simplemente se han ido, al encuentro de un poquito de paz y tranquilidad, invadida por la cruel delincuencia que azota al país; por otra parte, la ansiedad de aquellos que esperan  conocer a los que llegarán por primera vez a la escuela; dentro de todo esto, una niña recorre con una mirada llena de suspenso  aquella nueva estadía.
Anita, una alumna que ha llegado procedente de otra institución, busca la manera de hacer nuevas amistades y mostrando mucha timidez observa el ambiente como reconociendo lo que será desde ahora su nuevo centro de estudio, las esquivas miradas de aquellos ojos misteriosos y curiosos no se le quitan de encima.
Dentro de todo ese contexto lleno de incertidumbre para unos, temor para otros e impaciencia para muchos, Berta, una niña muy comunicativa, se acerca a  quien será su nueva compañera y con una naturalidad  propia de la edad y arrastrando pedacitos de recuerdos colgados en la inocencia e ingenuidad que le viste de gracia, entabla un diálogo con la nueva huésped.
-Hola…
¿Qué tal?
¿Cómo te llamas?
-Me llamo Ana
– ¿De dónde vienes?
– del Centro Escolar “San Isidro”
-Y tú ¿Cómo te llamas?
-Mi nombre es Berta.
¡Ven!
Quiero que no te sientas una extraña.
Hummm, sabes, te voy a presentar unos compañeros y compañeras.
Un grupo de jóvenes se acerca a la nueva inquilina y la integran al círculo de amistades con lo cual se va sintiendo con más confianza y en familia. Las horas se van marchando lentamente haciendo que los gritos y carreras se expandan como concierto de pájaros.
Todo aquello es una verdadera fiesta, y no es para menos, unos se preparan para recibir  y descubrir nuevos conocimientos y otros para compartir simplemente gratos momentos.
El director, orgulloso del rol de capitán de aquella embarcación de la sabiduría y consciente de la responsabilidad que le espera frente aquel grupo de entusiastas muchachos y ante la sociedad, camina con paso lento como marchando al compás del llamado de una interpretación marcial, exhortándolos a ocupar el lugar de la trinchera de mil batallas que tienen que librar en  contra de la ignorancia.
Entra al  despacho que le espera a media luz, iluminado apenas por una antigua lámpara de mesa, elaborada con un delicado diseño español, ubicada cuidadosamente en una esquina, todo aquel lugar lleno de escritorios, libros, banderas, archivos, mapas mundi, carteles manchados por el tiempo y muchas cosas más, entre ellas dos desteñidos y remendados sofás ultrajados por el tiempo que yacen tirados por un rincón como dos entrañables caninos abandonados, una pesada y gran campana de bronce cuelga del dintel de la puerta que también acompaña aquellos recuerdos inevitables de la escuela; frente a él, una valiosa y  clásica máquina de escribir que ha sido sustituida por una computadora de segunda mano donada por una persona altruista, y a un lado, una taza de porcelana con un letrero que dice: A MI QUERIDO MAESTRO.
Aquel hombre, acostumbrado a enfrentar verdaderos retos en la vida y adornado sutilmente con el cabello emblanquecido por el tiempo, testigo mudo de una enorme experiencia en la docencia, se levanta del peculiar sillón color negro,  toca el timbre como queriendo detener el tiempo con el dedo índice; bueno, todos sabemos que los dedos de la mano tiene un peculiar  nombre: pulgar, índice, medio, anular y meñique, como ven, todos son diferentes pero unidos para colaborarse entre sí, uno gordo, otro pequeño, otro más grande que todos.
Qué importantes son las funciones de cada dedo de la mano, pensé por un momento y me llevó a una profunda reflexión. Así somos los seres humanos, diferentes, pero importantes unos con otros en cualquier circunstancia.
Después de aquel intermedio que me había hecho filosofar un poco sobre la vida, sobresalté al sonido agudo del timbre
¡Rinnnnnnnngggggg! ¡Rinnnnnngggggg!
¡Ringnnnnnngggggg! ¡Ringnnnngggggg!
Como siempre a la hora puntual, llama a formación y con mucha alegría, expectativa, responsabilidad, con una gran dosis de seguridad y mostrando la recia personalidad que le hace ganar el respeto, toma un  cuadrado micrófono devorado por los años, se coloca con mucha elegancia frente a los asistentes y con una rápida mirada los envuelve bajo su compromiso y apostolado que lo caracteriza y lo distingue, ganándose el aprecio y cariño de toda la comunidad.
Acto seguido,  con un efusivo saludo,  da la bienvenida, habla sobre algunos aspectos generales del nuevo año,  presenta a quienes serán los nuevos orientadores de grado y con una soltura y seguridad en la voz, desarrolla el tema “La Amistad”
-Jóvenes alumnos, bienvenidos y bienvenidas-dice el director, y continúa:
Para poder trabajar mejor este año y todos los años de nuestra vida, es importante que cultivemos una buena amistad para hacer posible un ambiente donde todos nos sintamos como en casa.
En la sociedad, necesitamos hombres y mujeres capaces de entenderse con los demás, incluso en las más difíciles y adversas circunstancias.
Con una sonrisa que alegra y contagia, los muchachos se manifiestan satisfechos de asistir a su primer día de clases.
La brisa de la mañana golpea suavemente los pequeños poros de la nostalgia.
-La amistad, es la relación de convivencia, de aceptación, de cariño, de afecto manifiesto a través del respeto y el buen trato con los demás.
Este año…
-continúa el director -todos estamos llamados a dar parte de nosotros, para que   nuestra amistad sea por siempre.
En un país como el nuestro, es necesario y urgente, trabajar y cultivar verdaderos lazos de amistad que nos permitan ser mejores ciudadanos.
En un silencio profundo y atento ante aquel llamado a la necesidad de vivir plenamente los valores, los muchachos lo miran fijamente sin perder ningún detalle
Aquel hombre, esculpido en los valores de la convicción, la mística y las más altas virtudes del ser humano,   termina su discurso.
Un fuerte aplauso se dispersa por todo el ambiente de la escuela y seguidamente los invita a formar filas para recibir un refrigerio, una madre se apresura a poner una mesa para repartirlo.
Los maestros comentan las vivencias en el lapso de las vacaciones, un grito se oye a la entrada del aula de párvulo, niños que se guindan de las faldas de las mamás frente al temor de desprenderse  por primera vez de su compañía.
Una niña se acerca a una maestra para decirle:
-¿En qué me siento señorita?
Marta me quitó la silla.
Todos sonríen y aquel inicio de una nueva travesía se ha convertido en un verdadero acontecimiento.
-¡Señoritaaaaa!
grita otra niña por allí, con su carita llena de lágrimas
-ese bicho me pegó en el lomo.
Otro cipote de primer grado se acerca a la maestra y con un tono de mucho nerviosismo le dice;
Danilo me está jodiendo, señorita, puedo ir a miar.
Una cipota de Tercer Ciclo saca un espejito redondo como luna llena, para mirarse de reojo y se sonríe sola como queriéndose un poquito más, extrae del bolsón un pequeño pañuelo y se lo pasa por la frente, de una bolsita toma un polvo rosado y se lo pasa suavemente por las mejillas.
Mostrando unos profundos camanances, herencia de la abuela materna, vuelve a sonreír como para afirmar una profunda autoestima, baja la vista y se deja acariciar por el suave viento de la mañana, se da un beso permitiendo a su felicidad, escapar como torrente de un río vertiginoso que corre por praderas desconocidas.
Anita se siente muy dichosa de estar en la nueva institución, ha encontrado nuevos amigos y a pesar de su corta edad es una niña muy serena y tranquila.
-Berta, -le dice a su nueva amiguita,- ¿quién es el profesor de matemática?
-Es don Foncho, -le contesta muy cortésmente su nueva compañera-. Ya lo conocerás.
Un niño de sexto grado pasa corriendo al lado de Berta y le avienta las pupusas a otro más pequeño que va caminando por el pasillo.
Dentro de todos estos acontecimientos, aquella población en su mayoría se sienten muy bien, acaso porque comparten, acaso porque conocen nuevas personas o simplemente porque rompen con la rutina y la soledad de sus hogares, fuere como fuere, la verdad es que los lazos de cordialidad se van consolidando, para hacer de aquel centro escolar un verdadero templo de convivencia.
El año de estudio indudablemente ha iniciado, el valor de la amistad ha comenzado a pintarse en el ambiente, en los corredores de la institución se siente la armonía.
A las pilas llegan a depositar el cansancio algunos clarineros,  de paso a saciar la sed y a recuperar  fuerzas para seguir el cansado e insaciable vuelo hacia lejanas llanuras desconocidas, don Toribio, conserje de la institución, descansa en una desvencijada silla de metal, a un lado le cuelgan las llaves, en su sonrisa se dibujan unas inmensas ganas de escapar de su realidad; la fraternidad ha llegado para cultivarse en el corazón de la población estudiantil del Centro Escolar “BUENOS AMIGOS”.
Aquel hombre, sereno y lleno de pobreza en su camisa, se acaricia la barriga y mientras observa, disfruta un sabroso bolis de leche,
Anita, deja escapar un profundo suspiro, se sienta en una banca, se entrelaza sus manos y de  aquel noble y profundo corazón pareciera que sale un canto, un canto de amor y  hermandad.
En sus ojos se ven dos lunas brillando en el vacío.

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