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Aquellos tiempos de Estudiante

 

Marlon Chicas El Tecleño Memorioso

“Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos” Carlos Gardel.

El año escolar terminó, con dos realidades en puerta: Para el estudiante aplicado la conquista de nuevos logros académicos, para otros, la frustración de reprobar de grado y asistir a las famosas olimpiadas. En ese contexto quien no recuerda su niñez o adolescencia, recibiendo desde felicitaciones de sus progenitores, o grandes reprimendas por parte de estos al final de año, para los peques, el no poder jugar con la cipotada del barrio, perderse el programa favorito, o escuchar todo el día la frase modificada del hombre Antorcha “Chancletas a mí”, de labios de mamá por desobedientes.

Duras mañaneadas, cuando una fuerza magnética dominaba el cuerpo de infantes o jóvenes, adhiriéndose a la cama, solicitando cinco minutos más de siesta, fríos amaneceres tecleños de invierno, obligados a la ducha con agua en barriles, calentando el vital líquido en hornillas a falta de calefacción, coqueteando por horas ante un espejo el peinado de moda, luchando con el ojal del pantalón del uniforme, degustando semi dormidos el desayuno del día, corriendo por las calles, a fin de no llegar tarde a clases.

Madres, encomendando a sus hijos al ángel de la guarda, desde la puerta de sus casas, niños saludando a cuanta persona se cruzará en el camino, algarabía entre risas por inocentes bromas, llegadas tarde a clase, por improvisados partidos de fútbol con los chicos del barrio, pajareando frente a las vitrinas de almacenes de moda, soñando con el juguete deseado, alertados por el silbato de la Fincona, señalando el atraso.

El docente rigorista revisando a diario: uñas, dientes, zapatos, uniforme y corte de cabello, dando una palmada al hombro al cumplido y un reglazo en las pompas al descuidado, horas de clase, sin escuchar el zumbido de una mosca, la interminable clase de matemática, intentando descifrar los más complejos ejercicios numéricos, similares a jeroglíficos egipcios o escritura cuneiforme de los antiguos Sumerios de Mesopotamia, sin faltar al “Cerebrito” de la clase, quien con sus rápidas respuestas dejaba atónitos a todos.

El estudiante indisciplinado, provocando desorden en clase, detonando una bolsa con cuetes bajo el escritorio del docente, dibujando a los maestros y compañeros en el pizarrón, colocando arañas de juguete en las pertenencias de las niñas, lanzando bolsas con agua, semillas de mango o nance a la espalda de quien se dejará.

El bisoño enamorado llorando inconsolable al estilo de Corín Tellado, leyendo la carta de despedida de su amor de estudiante, humedecida en lágrimas, en la que se anuncia un largo viaje a las tierras del norte, no precisamente Estados Unidos, sino al norte de Chalate o Cabañas, recordando el estribillo de una canción de los Brincos de España “Tú me dijiste adiós, no sé por qué razón, no sé, no sé, no sé”.

Fin de clases, con camisas manchadas con lapicero o marcador, recolectando firmas de compañeros de clase, lanzando huevos o harina, abrazos y sollozos por aquellos a los que no se verá más, los más grandes culminando el bachillerato, orientando sus pasos a la universidad o vida laboral. La presente crónica, queda corta para evocar tantos e imborrables recuerdos, de los bellos tiempos de estudiante, que no volverán, como dijera el Príncipe de las Letras Castellanas; Rubén Darío “Juventud divino tesoro, te vas para no volver” ¡Felices vacaciones al estudiantado salvadoreño!

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