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Apreciación de la Apreciación Sociológica de la Independencia (2)

René Martínez Pineda (Sociólogo, UES-ULS)

Ahora bien, el hecho de que en la provincia de San Salvador fueran los criollos, en su mayoría grandes y decadentes propietarios añileros, y de ser, además, el añil el artículo fundamental de exportación -hasta antes de su agonía final- hizo que fuera San Salvador el campo de batalla central del descontento de la lucha contra la metrópolis por ser allí, precisamente, donde con más agudeza se sentían los nocivos efectos de la expropiadora política económica de España. Es de resaltar que en la Intendencia de San Salvador quienes le daban movilidad productiva al añil eran los “poquiteros”, los que prácticamente desaparecían del mapa comercial cuando su producción era acaparada por los grandes productores que contaban con los contactos y el prestigio social. Más allá de esa realidad económica y comercial del “poquitero”, el proceso de independencia los unió de facto a los grandes productores y a la curia.

La apreciación de Marroquín sobre la Independencia parte del abordaje de los grupos de la sociedad centroamericana, poniendo como eje comprensivo las condiciones materiales de las clases sociales en la época colonial, las cuales se muestran y ocultan bajo la forma de sustratos étnicos. Pollack –analizando la no tan densa movilización política en los años independentistas- plantea esa realidad de esta forma: “La movilización social y la actividad política en Centro-américa entre 1811 y 1814 resultaron del cruce de factores -principalmente las condiciones económicas muy difíciles y un contexto político favorable- que dio como resultado una pérdida relativa de la autoridad central y un fortalecimiento significativo de los poderes locales. Estas acciones continuaron durante la primera mitad del siglo XIX, un periodo caótico y violento, en el que no sólo los gobiernos provinciales y municipales aumentaron su poder, sino que, también, los sectores populares demostraron una participación política real mayor de la que tuvieron durante los periodos previos y posteriores”. Me parece que la afirmación de Pollack es la que completa o le da más aliento a lo estudiado por Marroquín, en el sentido de tener en cuenta los períodos posteriores en los que la historia tiene varias y antagónicas opciones de ser la historia triunfante que deja en el camino a las historias frustradas.

Marroquín, por su lado, habla de cinco grandes estratos que intervienen, con distinto nivel de protagonismo, en la vida cotidiana y en las luchas políticas de la época, en una región con alrededor de un millón y medio de habitantes: españoles, criollos, mestizos, mulatos e indios, y agrega subdivisiones en las cinco agrupaciones principales que facilitan el análisis (si lo vemos de forma harto esquemática como una simple división entre “reformistas” –los españoles- y “revolucionarios” –los criollos y mestizos-), pero no lo completan ni lo dinamizan, al menos desde la visión holística que la sociología tiene sobre el hecho en la actualidad. Y es que, si bien Marroquín plantó bien un punto de partida, hay que señalar que hoy tenemos a la mano una nueva visión epistémica al respecto. En los últimos años, la sociología política ha abierto otro enfoque del debate sobre la independencia en Centro América a partir de proponer rubros analíticos de nuevo tipo teórico que, más que botar o rebatir con ánimo revisionista las apreciaciones de Marroquín, las amplían. Dentro de esos rubros podemos citar, como ejemplo:

a) la necesidad de volver y recuperar, en su sentido hegemónico, el debate que se generó antes, durante y después de los procesos de Independencia, como parte de un imaginario colectivo que hay que valorar como “adelantado a su tiempo”;

b) la doctrina política detrás de la Independencia como acto fundacional, tanto de la nación en tanto tal, como de los movimientos sociales que se enfrentan al régimen que caduca desde la propuesta de régimen que busca la modernidad política;

c) los actos políticos y las estrategias de gobernabilidad implementadas por los que podemos llamar “gobiernos municipales” que permitieron la continuidad de lo cotidiano en la densa hojarasca de inestabilidad política de esos años; y

d) la ponderación más fiel y justa de quienes la historia oficial ha convertido en simples actores secundarios para reforzar, desde la academia y con ella, el largo relato de las víctimas que como espectros deambulaban antes, durante y después de las insurrecciones de 1811 y 1814 y de la Independencia misma llevada a acto final.

Hay que señalar que -más allá del nivel de protagonismo asumido por cada uno de los grupos sociales involucrados desde púlpitos políticos antagónicos (monárquicos y revolucionarios o radicales)- todo el proceso independentista (de 1811 a 1824) fue un hecho audaz e inexplorado y, por tal razón, tuvo sus momentos de incertidumbre programática y sus deseos de volver atrás (para excluir a ciertos sectores o restablecer lo que se había derribado formalmente) incluso cuando ya se había logrado la meta política. Esos sentimientos, dudas y exclusiones deliberadas (el miedo al pueblo) quedaron reflejadas en el Acta de Independencia de 1821, la cual reza lo siguiente en su acápite 1: “que siendo la Independencia del Gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor jefe Político la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. El Acta –sin necesidad de una profunda hermenéutica jurídica- relata los hechos e intenciones desde la visión de las élites, relato en que se pueden ver las diferencias sustanciales en términos de doctrina política, así como la coincidencia programática de los líderes criollos de “apaciguar a las masas populares y seguir siendo fieles a la Corona”, por lo que se puede concluir que, en realidad, los únicos que querían una independencia real y absoluta eran los líderes mestizos que nunca supieron que estaban en el centro de una gran conspiración: la silenciosa conspiración de los criollos.

Por supuesto que las posiciones de los líderes de ambas tendencias no eran uniformes ni estáticas, pero eso es normal en procesos políticos de este tipo, tanto en el siglo XIX como en los siglos posteriores en los que, con otros nombres, se seguiría buscando la “independencia definitiva”. Sobre lo anterior, Marroquín nos habla de la existencia de moderados y radicales en los bandos contrarios, pero no se tomó el tiempo para ver si eso era producto de conspiraciones e infiltraciones deliberadas. En la actualidad, podemos afirmar que todo indica que los líderes sí planificaron conspiraciones e infiltraciones que, al final, se conjuntaron en beneficio de los criollos bajo la forma de un gobierno dirigido por una Junta Provisional Consultiva que buscara, con la prudencia social como argumento político, la conciliación de los intereses de los criollos y, de esa forma, terminó el hermoso movimiento popular de noviembre de 1811, frustrado por la intervención criolla.

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