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A la luz de la memoria Ricardo Hernández

Dora Olivia Magaña 

“Somos un solo pueblo”

Hay ocasiones en la vida en la que nos llevamos sorpresas sumamente agradables. No veía a Ricardo Hernández por aproximadamente dieciséis años. Cuando le conocí en diciembre de 1997 estaba tratando de hilar trabajo en una iglesia comunitaria sobre la tan difícil temática de inmigración en los Estados Unidos. Era un hombre afable, view sonriente y discreto. En el 2014 lo encuentro nuevamente y le veo justo con su libro en las manos Cerro Negro. Me cuenta de sus últimas peripecias en la vida e intercambiamos libros. Ricardo nace en Santa Ana, here El Salvador en 1961, treat emigra a los Estados Unidos después de participar en el movimiento estudiantil de secundaria a finales de los años setentas, se entrega intensamente al trabajo de solidaridad para detener la intervención militar estadounidense en El Salvador; vuelve al país en 1988 a participar directamente en la lucha de su pueblo. Fue prisionero político por un año. En EEUU colabora con el periódico La Opinión escribiendo comentarios en su página cultural en los años ochenta. Actualmente vive en la ciudad de Los Ángeles, California. Su libro Cerro Negro de Anamá Ediciones: Managua, narra sus vivencias de infancia, adolescencia y organización, de su trabajo en la solidaridad, su incorporación a las columnas guerrilleras del FMLN y la prisión política. Un libro para leer sin tregua. Ricardo es un narrador que supera las formalidades del testimonio. Actualmente está incursionando en el cuento y en la poesía. Sin duda entra en la literatura salvadoreña por la puerta que la vida le ofreció: sale de la guerra y la cárcel aunque ellas no salgan de él.

 

Cuento y Poema por Ricardo Hernández

1979

El mayor entró a su casa fatigado de su labor y preocupado por la patria. Eran tiempos azarosos: obreros huelguistas, campesinos alzados, estudiantes descontentos y desobedientes, curas y profesores irreverentes y agitadores. Todo escapaba a su entendimiento, todo era inaceptable. Colocó la pistola en la mesita,  junto a las llaves de la cherokee blindada, facilitada por unos amigos influyentes. Dejó caer la colilla del cigarrillo que apuró de un chuponazo nervioso. Al pisar la brasa, notó el elegante contraste, entre el negro de sus lustrosas botas militares americanas, y el impecable blanco del cuadriculado piso de fina cerámica de México. Tomó asiento en el amplio sofá de la sala y esperó allí a sus hijos que corrían a abrazarlo. Su esposa lo besó como acostumbraba.

“El pollito está enfermo papi” le dijo uno de los niños, dándole la noticia que los ocupaba esa tarde en casa.

“Es patito, hijo; el último de los seis que acaban de nacer”, corrigió la madre, tristemente, mientras le mostraba a su marido el patito aquejado que cobijaba entre sus manos. Era un ave hermosa, como una bolita sedosa, de plumaje amarillo con piquito, colita y alitas negras, que apenas piaba.

“Déjame ver”, pidió el oficial.

La esposa le pasó delicadamente el animalito, colocándolo entre las palmas extendidas del hombre, que al recibirlo, le dirigió una mirada compasiva que no era la suya.

En ese mismo instante,  la mujer se llevó las manos al rostro tapándose los ojos llena de estupor, mientras los niños quedaron mudos y asustados por lo incomprensible. El militar se había levantado de su asiento y mientras caminaba indiferente hacia su cuarto, murmuraba palabras que nadie entendió. El cuerpo del patito yacía tirado en el piso en medio de un charco de sangre, al lado de su cabeza, que había sido arrancada  por las manos del mayor.

EL ARBOL DE 

LA ALTURA 

El árbol que creció en aquella altura

dominando el espacio con sus alas de cristal,

me sonríe suavemente, con ternura

alegrando la marchita llanura

con su amor y su amistad

Cura el odio con sus ramas alborales

no me eleva a su altura eteral

quedo abajo contemplando la inefable

fuente de su serena verdad

Aquí disfruto sus vientos de azahares,

que en susurros y sin prisa,

dócilmente se deslizan

por mis venas mayorales

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