In Memoriam
Luis Armando González
Eran los años ochenta –quizás 1987 o 1988— cuando, en el aula del edificio “C” en el que recibíamos clases los estudiantes de licenciatura en Filosofía, apareció un nuevo alumno. Se trataba de alguien algo mayor que varios de nosotros –pero eso no tenía ningún significado especial, dado que ya contábamos con compañeros adultos—, sonriente, simpático y relajado, y que no ocultaba su interés por adentrarse en ese mundillo que era por entonces el área de filosofía en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). Supimos que se llamaba Eduardo Badía y que era ingeniero; al ser uno más que se sumaba a la tribu, fue bien recibido por quienes formábamos un curioso grupo de alumnos: por un lado, estaban los estudiantes jesuitas procedentes de Guatemala y Nicaragua y, por otro, los laicos. Pero, para añadir una curiosidad más, desde el tercer año en adelante, los alumnos que estaban en el último de su carrera llevaban asignaturas con quienes iniciaban su tercer año.
Por aquel entonces, en la UCA existía una modalidad formativa llamada “plan complementario”, en virtud del cual un profesional ya graduado de una licenciatura o una ingeniería podía matricularse en otra carrera –de cinco años— sin tener que cursar los dos años de materias comunes. Bajo esa modalidad fue que Eduardo Badía se llegó a filosofía; y por ello se integró directamente en el grupo que, como se decía entonces, estaba en la “especialidad”, es decir, el grupo de alumnos de tercer a quinto año. Y yo, precisamente, era de los que estaban en el último año.
Durante el tiempo –un año y un poco más— en que compartí asignaturas con Eduardo Badía conversamos en muchas ocasiones, en concreto en la entrada del aula en el edificio “C” mencionada antes, en cuyo pasillo –antes de cada clase— los alumnos nos juntábamos para charlar y bromear. Amable y relajado, siempre se lo veía llegar a clases con un pequeño cuaderno bajo el brazo y, tras intercambiar opiniones o un saludo con sus compañeros, se acomodaba en el pupitre, escuchaba atento al profesor respectivo y tomaba apuntes. Que quería empaparse de la filosofía era evidente; y también que lo hacía de una forma tranquila, sin presiones por graduarse y obtener un título.
Quizás es bueno que aclare porqué me refiero a él como Eduardo Badía, cuando simplemente –dado que fuimos compañeros de estudios— podría decir Eduardo. Es sólo por fidelidad a la manera en cómo nos llamábamos entre nosotros quienes estudiábamos en la UCA en la década de los años ochenta. Pues bien, casi nunca un compañero llamaba a otro sólo por su primer nombre –y de los profesores hacia los alumnos era casi lo mismo—, sino que o bien se usaban los dos nombres[1] o el primer nombre y apellido. En mi caso, de entrada, me llamaron Luis Armando. Y Eduardo Badía, por su parte, fue llamado así. Por eso he decidido, en estas líneas, referirme a él de ese modo.
Retomo el hilo de mi relato. Al terminar mi quinto año de filosofía y graduarme, en 1989, no tuve más noticias de Eduardo Badía, salvo por el comentario positivo de un colega y amigo sobre su tesis de filosofía en la que este último iba a ser jurado. Pasaron bastantes años desde que fui su compañero de estudios hasta que volví a tener noticias directas de su parte. Fue a mediados de 2009 –más de veinte años después—, cuando recibí una llamada telefónica en la que, al otro lado de línea, se me invitaba –de parte del Viceministro de Educación, Dr. Eduardo Badía— a una reunión, ese mismo día, a las 5 de la tarde. La llamada ciertamente me tomó por sorpresa; y respondí que asistiría a la reunión.
Tras dar varias vueltas por los edificios del Ministerio de Educación, pude dar, un poco antes de las 5 pm, con el despacho del Viceministro. En la sala de espera estaban otros colegas y amigos universitarios que también habían sido citados. Intercambiamos saludos y sobre todo nos preguntábamos por el motivo de la convocatoria, sobre la cual no habíamos recibido ninguna información. En esas estábamos cuando apareció por una puerta Eduardo Badía, quien nos saludó con efusión y nos invitó a pasar a su oficina[2].
Inmediatamente después de agradecernos, fue al grano: tenía en mente implementar un plan (de envergadura) de actualización y refrescamiento docente en las áreas fundamentales de las ciencias sociales y naturales, y en matemáticas, y nos pedía que lo apoyáramos: en el diseño de los programas formativos, en la ejecución y en la coordinación. El proceso formativo sería de alto nivel, centrándose en los docentes del sector público de bachillerato y tercer ciclo, y para el cual se tendría que identificar –una vez diseñados los programas— a los profesores universitarios más talentosos del país para que impartieran los cursos. Y se tenía que comenzar rápido, pues el primer proceso formativo se haría en diciembre de 2009.
Acepté con entusiasmo el reto, y lo mismo los colegas presentes en la reunión. Me vinculé de lleno al área de las ciencias sociales y, con quienes trabajamos en ese ámbito, hicimos todo –programas, identificación de profesores universitarios, coordinación—para que a finales de 2009 se diera inicio al proyecto de formación y actualización docente planteado por Eduardo Badía. Fue una extraordinaria iniciativa, visionaria, eficaz, que no sólo potenciaba directamente el quehacer docente, sino que dignificaba al gremio magisterial. Detrás de este esfuerzo formativo estaba otra meta más ambiciosa y de enorme relevancia: la creación de una instancia pública responsable de la formación docente. Este fue uno de los sueños más queridos de Eduardo Badía; y me buscó para apoyarlo, primero trabajando en la propuesta teórica de dicha instancia –que recibió el nombre de Escuela Superior de Maestros (ESMA)— y segundo para que yo la dirigiera.
Asumí con entusiasmo ambos desafíos. Y sumé a otros entusiastas –como Álvaro Darío Lara— para llevar adelante un proyecto que, si cuajaba, daría al Estado el protagonismo en la formación de los docentes del sector público no universitario. Había mucho en juego: nada menos que los destinos de la educación nacional. Eduardo Badía lo había entendido así y, desde su rol como Viceministro de Educación, hacía lo que estaba a su alcance para sentar las bases de un modelo educativo distinto al vigente. La ESMA, en su visión, sólo tendría sentido si se convertía en pilar de lo que se dio en llamar Escuela Inclusiva de Tiempo Pleno (EITP). Y, si he de ser sincero, esta otra parte siempre me resultó poco clara. Pensé que en el camino entendería mejor del tema.
No hubo tiempo para tal comprensión. A inicios de 2012 –yo había renunciado a mi trabajo en el Órgano Judicial en enero 2010 para para irme al Ministerio de Educación—, aprovechando un receso en un evento dedicado precisamente a la EITP se acercó a mí y me dijo: “Luis Armando, te cuento que dejaré el Ministerio de Educación. No sé que va a pasar contigo y los proyectos en que hemos trabajado”. No me dijo nada más y nunca supe del porqué de su salida del Ministerio. Al margen de mi propia incertidumbre laboral –para la que, tras vencer algunos escollos, encontré solución— lamenté que él no siguiera aportando desde un lugar desde el cual sí se podían promover cambios educativos sustantivos.
En los años siguientes (2012-2019), la ruta educativa que se había comenzado a recorrer se torció. La Escuela Superior de Maestros fue enterrada[3] y la EITP se encaminó por unos derroteros que la llevaron hacia la inanición, después de mucho dinero invertido. No volví conversar con Eduardo Badía después de 2012; sólo leía su columna “Opinando sin política” del diario CoLatino, y así, de alguna manera, me enteraba de su sentir acerca de la (mala) suerte de los proyectos en los que, durante casi tres años intensos y esperanzados, él puso tanto empeño y desvelos.
Desde mi punto de vista, Eduardo Badía fue el último reformador educativo serio que ha tenido este maltrecho país. Quiso hacer algo importante y positivo por la educación nacional pero no tuvo el respaldo socio-político para llevar adelante sus propósitos. Fue un soñador que, como tantos otros, se dio de narices con la realidad, sus bajezas, intereses y mezquindades.
Hay viceministros y ministros de educación de los que nadie se acuerda ni acordará jamás y hay total justicia en que sean olvidados. No es este el caso de Eduardo Badía. Acompañarlo, aunque sólo fuese por durante un corto periodo, en sus esfuerzos por mejorar la educación nacional fue un privilegio. Además, como algo invaluable, conocí de cerca la cotidianidad de nuestros docentes, sus aspiraciones y preocupaciones. Conocí de cerca los límites que la realidad impone a los sueños. Al escribir estas líneas me quedo con el mejor recuerdo que tengo de él: el estudiante de filosofía sonriente y relajado que con su cuaderno bajo el brazo quería aprender sólo por las ganas de aprender.
Que descanse en paz Eduardo Badía.
San Salvador, 22 de enero de 2026
[1] En El Salvador casi siempre hay dos nombres para las personas.
[2] Recuerdo, a propósito de ese momento, lo siguiente: cuando lo saludé le dije, “hola Viceministro, un gusto”. Me respondió: “nada de Viceministro, para vos soy Eduardo”. Por supuesto que en el tiempo que trabajé con él siempre lo llamé Viceministro y evité vocearlo o tutearlo; por respeto, no por falta de confianza.
[3] Por esas cosas extrañas de la vida –o quizás no tanto— el nuevo Viceministro de Educación (Héctor Samour) había sido coordinador del área de sociales en los procesos formativos impulsados por Badía; poco después de asumir el cargo, tomó la decisión de reemplazar a la ESMA por la Dirección Nacional de Formación Docente. En 2014, el nuevo ministro de Educación (Carlos Canjura), que había sido coordinador de matemáticas en los procesos formativos señalados decidió iniciar con una nueva institución, el Instituto Nacional de Formación Docente, como si la ESMA jamás hubiera existido, no obstante tomar sus programas de formación como base para los suyos. Ya por entonces estaba en boga la costosa práctica institucional de presumir de obras que nacían de cero, aunque con ello se desperdiciara la experiencia y los recursos acumulados.
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