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30 de julio de 1975, No borrarán nuestra memoria

 

EDITH ANAYA PERLA

 

A casi 47 años de la masacre de los estudiantes de la Universidad de El Salvador, ocurrida el 30 de julio de 1975, no puedo evitar pensar que por poco, esta ternurita que hoy les escribe, casi ni llega a nacer.

Mi mamá (Mirna) y mi papá (Herbert) fueron de esos estudiantes de la UES, históricos y valientes, que marcharon en aquella época por la defensa de la dignidad y autonomía universitaria, por el derecho de todo joven a la educación profesional de alto prestigio y calidad.

Ese dia, los estudiantes se enfrentaron a las balas de verdad, que fueron disparadas por los policías antimotines… y escaparon a las tanquetas, que aplastaron estudiantes a su paso. Mi mamá se lesionó la rodilla izquierda, al saltar del puente del ISSS (sobre la Juan Pablo II) y, sin posibilidad alguna de huir, tuvo suerte que dos compañeros se regresaron y la rescataron de los policías, que luego de dispararles a mansalva, pasaron recogiendo a los muertos y heridos (de los cuales, nunca más se volvió a saber nada, hasta la fecha); después, pasaron los bomberos y con total frialdad, lavaron la sangre derramada por los estudiantes, con agua y jabón.

Mejor dicho, ambos se salvaron ese día, de puro milagro.

En esa época, al régimen militarista de Arturo Armando Molina, no le importaba más que mantener la falsedad publicitaria de un slogan, que vendía al mundo la idea de que éramos: “el país de la sonrisa”, como buen anfitrión del concurso de miss universo.

Los medios de comunicación, minimizaron esos hechos -que constituyen un crimen de lesa humanidad- cometido a plena luz del día y en plena vía pública, en San Salvador. Un crimen por el que, hasta la fecha, los responsables y el estado, gozan de total impunidad.

Tras la masacre, los estudiantes fueron objeto de mayor persecución y estigmatización por el régimen autoritario, su maquinaria de propaganda y sus medios de comunicación, sin importar si eran o no estudiantes organizados, fueran o no participantes de la marcha.

¿Se dan cuenta? ¡Qué horror!

Lógicamente, eso de que: “a más represión, más lucha”, es cierto. Muchos de aquellos estudiantes se radicalizaron… pues sí ¿qué otra les quedaba? Y, por radicalizar me refiero a que muchos se involucraron -más decididamente- en diferentes trincheras de los núcleos de resistencia que fueron surgiendo.

En 1979, mi papá abandonó la carrera de derecho y se incorporó a la Comisión para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador (CDHES-no gubernamental). Una decisión valiente y suicida -a partes iguales- visto desde mi cómodo lugar en la historia; pero, definitivamente, una decisión que le permitió desempeñar una labor dolorosamente necesaria, debido a las graves violaciones sistemáticas a los derechos humanos que se cometían en aquella época… como está ocurriendo nuevamente.

Sí, aunque se moleste el troll center del oficialismo, así es.

La labor en defensa de los derechos humanos, le costó a él y a muchas otras personas, su libertad y su vida, en tiempos de autoritarismo y militarismo.

A la fecha, no sabemos la verdad sobre quién asesinó a Herbert Anaya Sanabria. Siempre hemos exigido una investigación independiente, técnica-científica, imparcial y seria, que permita esclarecer los hechos, conocer a los responsables, tener la opción de perdonar u obtener justicia.

La versión “oficial” de la época es que, la CDHES era fachada del fmln y que por motivos poco claros, la comandancia guerrillera dio la orden de asesinarle. Una versión “oficial” tan forzada y tan poco creíble, ya que no existen pruebas sólidas e indubitables que la sustenten y que nos permitan cerrar este doloroso capítulo.

No puedo negar mi indignación y tristeza -a partes iguales- por una sola razón: el gran estigma que eso significa, porque eso tenía la clara y perversa intención de desestimar la veracidad de la denuncia que mi papá, en representación de la CDHES, realizaba con base a la verdad expresada a través del dolor de las víctimas. No porque sienta vergüenza de la valiente lucha popular armada, en la que muchos hombres y mujeres participaron de diferentes formas, por múltiples razones. Para mí, la más importante: por convicción.

Desde el tiempo y la distancia de aquel contexto histórico, yo no me siento capaz de cuestionar la decisión la lucha armada, ni tampoco determinar si era lo correcto o no; lo único que puedo expresar es: mi respeto, agradecimiento y admiración, para quienes lucharon con el alma, corazón y la esperanza de un futuro mejor… para las futuras generaciones.

Creo (con toda honestidad) que no habían muchas alternativas para resolver los grandes conflictos sociales, económicos, políticos (aún vigentes) por la vía democrática, porque simplemente NO existía democracia. La represión armada contra la población civil, está más que comprobada históricamente.

No puedo idealizar, tampoco, el conflicto armado, porque no existe ninguna guerra humanizada, porque quienes perdemos, somos todos los seres humanos. Y, quienes se sacrificaron en esa sangrienta guerra, lo hicieron con la esperanza de sentar las bases para una sociedad que no necesitara volver a recurrir a esa vía.

Esa etapa de nuestra historia, que terminó con los Acuerdos de Paz, merece ser reconocida con responsabilidad y mucho respeto a la Memoria Histórica del pueblo salvadoreño -sobre todo, hacia las víctimas del lado que sean-; también, merecemos conocer la verdad sobre otras etapas como: décadas de militarismo, dictaduras y siglos de colonialismo, desde todos sus ángulos y ser estudiadas por las actuales y futuras generaciones, con total atención.

Memoria, memoria para no repetir la historia. Tan necesario para la desesperanza y desconsuelo de las víctimas de hoy.

Ninguna persona desea que cosas terribles le pasen, pero pasan. Ninguna persona desea cargar con estigmas o con secuelas de grandes traumas como los que muchos vivimos durante la guerra, pero es inevitable.

Como dice mi hermana: Ni víctima ni victimario, ni transeúnte por casualidad, están exentos de ser reparados y reparadores. Las cosas no son negras o blancas.

Para un régimen autoritario (como el de #BukeleDictador) es muy importante crear la idea del “enemigo” interno y externo, los cuales -según ellos- constituyen una amenaza que debe ser eliminada a CUALQUIER PRECIO. Se inventan las más “nobles” y “patrióticas” excusas, para disfrazar los verdaderos motivos: controlar todo el poder, para defender sus intereses políticos y económicos particulares.

¿Les suena familiar?

Esta película, ya la vivimos varias veces en nuestra historia.

Para los regímenes autoritarios, los estigmas, calumnias y mentiras en contra de personas u organizaciones consideradas “disidentes u opositoras”, no son al azahar. Tienen un propósito claro y macabro.

En la mente simplista del régimen- el “enemigo” son: el periodismo incómodo e independiente, defensoras de derechos humanos, profesionales éticos de diferentes ramas, defensores de la justicia, leyes y de la carta Magna (la Constitución), así como las organizaciones sociales, ambientalistas o cualquier persona que alce su voz contra las injusticias y arbitrariedades, que exija transparencia en la función pública y la administración de nuestro dinero, cualquiera que no forme parte de su masa amorfa de “pueblo” ciego, sordo y mudo, manipulado y obediente.

El régimen tiene a toda su disposición: el ministerio de propaganda, manipulación y desinformación; ministerio de troles; sistema de justicia, fuerza armada, policía, etc.

Una de las formas de resistir, para mí, es rechazar ese odio y deseos de venganza, del que se alimenta el régimen para atizar el fuego del fanatismo. Defender la verdad y los valores democráticos, promover la cultura de paz… aunque parezca imposible entre tanta violencia desatada. Seguir exigiendo que se nos garantice a las víctimas de ayer y de hoy, la Verdad, acceso a la justicia independiente e imparcial, reparación y, sobre todo, medidas de no repetición.

Esto es lo que me sentí motivada a escribir, en la víspera de este 47 aniversario de la masacre de estudiantes de la UES, para retomar su ejemplo, honrar sus luchas y con la esperanza de que alguien, en algún momento, lea estas pequeñas reflexiones y de algo le sirvan para acompañar este momento amargo.

Edith Anaya Perla

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