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sábado , 21 octubre 2017
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Reconocer y dialogar

José M. Tojeira

Una de las dificultades mayores en política es la de reconocer los propios errores. Suele ser difícil en todas las instituciones, case help pero cuanto más cerca se está del poder, generic o más poder se tiene, más difícil es el reconocimiento público de los errores. Se prefiere con frecuencia cambiar de discurso y mantener tranquilamente que ese es el verdadero discurso que siempre se ha tenido. La mentira no es problema en política, aunque sea evidente la falsedad o el error. La autodefensa  suele ser plaga en los partidos y con frecuencia se convierte en uno de los obstáculos mayores para un diálogo franco, especialmente si este se realiza en público. En privado el diálogo suele ser más sereno y sincero, pero se estanca cuando las cámaras o la información pública se acercan.

En El Salvador cualquier tema sirve para dividirse. El ejemplo más curioso de los últimos tiempos es el referéndum. Un instrumento democrático que existe en la mayoría de los países, resulta entre nosotros objeto de polémica. En vez de confiar en que adecuadamente formulado y regulado puede favorecer el mejoramiento de la democracia en nuestro país, quienes lo adversan piensan que se quiere utilizar para destruir la democracia. Y esto se repite en la política en general. La tendencia entre nuestros grupos dominantes es a pensar, o a hacer pensar, que el contrario quiere utilizar la democracia para limitar los derechos del adversario y aminorarla en general, utilizando el poder para la propia conveniencia. Sin reconocimiento mutuo, es difícil iniciar proyectos de realización común. Y la democracia, en realidad, es un proyecto de realización común entre seres humanos que tienen unos principios básicos compartidos. Pero en nuestro país cuesta a veces, cuando se ven los debates, pensar que compartimos algo más que la bronca y el insulto. Al menos públicamente, pues en privado, como decíamos, los entendimientos suelen ser bastante más factibles.

Este discutir en público casi todo con muy parecida acritud ha llevado al desprestigio de los partidos políticos. Y no faltan los comentaristas que empiezan a criticar la antipolítica, al contemplar  a algunos sectores juveniles que están haciendo campaña en favor de anular el voto o simplemente no asistir a la votación. Se mira como incorrecta teóricamente la posición de algunos jóvenes desesperanzados ante el espectáculo público de nuestros políticos, sin reflexionar que los verdaderos causantes de la así llamada antipolítica no sólo son los políticos, sino todos aquellos que se suman al juego del grito, la mentira, la falsa promesa y el insulto, tan frecuente en nuestros dirigentes. La política, que debía ser un verdadero arte de avance hacia el bien común desde el debate sincero y la renovación de pensamientos y apuestas, se convierte en el juego de las emociones y las maniobras. Se desvirtúa a sí misma y consigue con frecuencia enemigos allí donde debía encontrar amigos: en los jóvenes.

Porque es evidente que en un país joven como el nuestro, la política no se renueva al ritmo generacional adecuado. De vez en cuando algún joven bien domesticado accede, y no con mucha frecuencia, a puestos de cierta relevancia. Y todo para desaparecer pronto del ámbito político o estancarse. Porque o te incorporas al grito y al insulto, parecen decir los dueños de la política, o no hay sitio para ti en este lugar. Y mientras los políticos resguardan de ese modo su continuidad y poder, los jóvenes salvadoreños se mueven en otro ámbito. Buscan debates sinceros, trabajan juntos, incluso desde diferentes modos de pensar, en voluntariados donde asumen proyectos comunes, tanto entre ellos como con la gente. Nuestros jóvenes aspiran a una trasparencia cada vez mayor. No hay falta de democracia entre ellos. En todo caso irritación por el modo de ejercer la democracia de los adultos repetitivos.

Romper este alejamiento de los jóvenes será una de las tareas principales del nuevo quinquenio político. Y el alejamiento sólo se rompe desde la escucha, el diálogo, el acercamiento y la transformación de estructuras. Especialmente de aquellas estructuras que nos acostumbran a pensar que unos tienen más dignidad que otros, que las minorías tienen más derechos que las mayorías, que quienes tienen más, sea dinero, conocimiento o poder, tienen automáticamente más derechos que quienes tienen menos. Estructuras que siguen existiendo, aunque el gobierno actual haya comenzado a tocar algunas de ellas durante su ya casi extinto quinquenio. Sólo un camino de lo que podríamos llamar una democracia radical puede conseguir que jóvenes generosos se incorporen a la política, compitan, dialoguen y luchen por construir un mejor país, con más equidad y justicia social.

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