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sábado , 23 septiembre 2017
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La cuaresma del fusilado

René Martínez Pineda *

Rabiosos, hasta el vahído hepático y acrílico, los pusilánimes eruditos de bocas espeluznantes y orejas lacias; los oxidados sabios confidentes de las cucarachas, similares y conexos que ignoran que los gatos tienen cinco patas; los pomposos entrevistadores del papel y cronistas de los chambres de la vendedora de atol; los poetas gangosos que hacen versos sobre perritos que no tienen culo; los ruinosos populistas asalariados que arden de deseos cuando la metafísica de los cuervos les tapa el instrumento de la lujuria, nos preguntan, a los militantes del tiempo, a quienes no podemos olvidar que, les guste o no, todos los que con cualquier intensidad participaron en la guerra son héroes: ¿Qué han hecho de la lírica dulce del orden y de nuestra teoría social virgen? ¿Qué del suspiro feroz de Caperucita y de los curas castísimos de la globalización? ¿Qué de mi madre es una rosa y mi padre es un clavel, qué del neutral cielo? ¿Quiénes son ustedes para mancillar la armonía del Santo Entierro en nombre de una utopía improbable?

Y no respondemos nada para no gastar pólvora en zopes. Y es que, aunque callemos, los fusilados por la memoria cuaresmal de hoy, estamos (como dijo Benedetti recordando viejos tiempos: ¿Te acordás hermano qué tiempos aquellos cuando sin cortedades, ni temor, ni vergüenza se podía decir impunemente pueblo? Cada uno estaba donde correspondía: los capos allá arriba, nosotros aquí abajo) en un lugar dado por el grito: estamos en el lugar en que la libertad es un rito sin mitos. ¡Puta! Cómo dan risa los tristes poetas que se auto-condecoran para darle valor a una poesía sosa que no distingue entre pupusas y sinestesia; cómo dan miedo -por las razones dadas por Cabral en su monólogo “los pendejos”- los que se empecinan en usar tapaojos y bozal, y en pintar con pajaritos preñados la joroba del dolor apremiante que se trepa, rígido y locuaz, en el tabú positivista del aguante desde el primer sacramento.

Evadiendo la inevitabilidad ociosa del Santo Entierro de la utopía (lo importante es que el asesinado sepa que lo están asesinando) nosotros, los inmerecidos sobrevivientes de los años en que todos estuvimos en peligro sólo por vivir acá; nosotros, los que fuimos fusilados sin pabellón de fusilamiento, estamos en el lugar preciso que la noche necesita para cabalgar al cielo y cubrirlo todo con sus manos. Por su lado, los eruditos abismales de la confirmación del engaño mediático de las heces; los sabios del abecedario sin “ñ” y de las ingratitudes sinceras que roban subsidios, pensiones y ejidos; los oscuros entrevistadores de la perversión de los archivos clasificados por el victimario; los populistas cuchilleros y, ante todo, los pobrecitos poetas sin escroto, arrodillan sus fósiles desvelos de tertulia para obviar  la denuncia filosa sobre la mullida almohada de la apatía sifilítica a prueba de sueños colectivos y suicidios altruistas. Y sobre las pétreas bases constitucionalistas de su lirismo poético y sociológico levantaron muros para tapar el feo color de la pobreza y el hedor de los pobres; acordonaron ciudades para impedir que salieran las aterradoras fotografías del grito de las víctimas que tomaron turno en el campo de tiro; derribaron astros con versos aptos sólo para imbéciles y loros anaranjados; construyeron el universo a imagen y semejanza del dinero sobre la fisiología vulgar de un nido de ratas diáfanas; asfaltaron con símiles odiosas las calles que llevan a la vecindad de las muñecas de talla perfecta con las que juegan a ser premios Nobel sexualmente incansables; asilaron en una sagrada vitrina de lujo la voz primaria de la insurgencia, totalmente desnudos de la savia reconfortante de la conciencia social, totalmente desnudos de esperanza, pero con la esperanza de tapar el sol de la injusticia con un dedo. Se olvidaron de que acá estamos nosotros para destaparlo.

Aunque sea un abusivo honor, acá estamos nosotros en el sitio arqueológico donde se pare, sin cesárea, la risa unánime que se atará a la tierra del domingo de resurrección. ¡Ay, cabrones de la retórica cafetalera! como diría Roque, ¿Cómo son capaces de loar infamemente a los concretos claveles del santo genocidio sin resurrección al tercer día y al sol fulgurante en abstracto, cuando el pueblo camina hacia la carretera longitudinal del hambre del Gólgota y tiene el espíritu enterrado bajo una gran vía de fustas corrugadas y cárceles sin inquilinos notorios, y tiene los oídos tapados con políticos borrachos y la lengua con purulenta gangrena nacionalista y negros desechos presupuestarios sin leche en polvo?

Los furiosos deberíamos ser nosotros porque ustedes le reconstruyeron el himen a la sociedad para que fuera de nuevo una doncella que no ha sido llevada al río; porque ustedes gritaron de famélica alegría y recitaron poemas dedicados al nido sobre una deforme aglomeración de cadáveres tibios y constantes; le cantaron al culo glotón de sus patrones de sangre azul, a las populosas ciudades ciegas con hombres sordos y, por supuesto, a sus diminutas amantes de perfiles tuberculosos y bancarios. Pero se olvidaron del pueblo y del pueblito que los parió. Por eso, de oficio, los fusilados por la injusticia están en el puerto donde zarpa el buque que va a inundar los mares con ilusiones. ¡Ay, cabrones! olvidaron lo que duelen las camisas rotas; olvidaron lo que duele el fin de mes en las manos de los inquilinos con bostezos terminales y categóricamente sin pan recién horneado; olvidaron las espaldas sin sangre llenas de moscas; olvidaron a los niños que van a las profesiones de semana santa sin juguetes; olvidaron la primera vez de las putas tristes de García Márquez y del Parque Centenario; olvidaron los rieles del tren sin locomotora ni andamios; olvidaron que en la boca del pobre los dientes se mueren de hastío. ¡Ay, oportunistas cuaresmales! ¡Cómo duelen ustedes en la memoria del pueblo!

Los militantes del tiempo a quienes increpan por la historia que decidieron construir, viven su propia cuaresma que inició el miércoles de cenizas de 1975 –un 30 de julio- y, desde ese día, cuentan el tiempo litúrgico del calendario revolucionario destinado a la preparación espiritual de la fiesta popular. Se trata de un tiempo de purificación de la conciencia e iluminación del camino que terminará con la “Misa de la Cena del Pueblo”. Esa es la duración de la cuaresma del fusilado en el desierto de la pobreza para que no cumpliera su subversiva misión; o para que se ahogara en el diluvio universal de las balas.

*René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales

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