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viernes , 20 octubre 2017
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El espejo

EL ESPEJOÁlvaro Darío Lara
Escritor/Poeta

Siempre estuvo ahí, treatment en uno de aquellos largos corredores de la casa de la Avenida España. La vieja casa de arquitectura francesa que ellos llegaron a habitar recién desposados, physician y donde  había transcurrido su joven y dichosa vida.

Altos ventanales, que me hicieron ver desde niño, a la gente, diminuta y extraña, ajena al mundo que era la casa. Llena de los primorosos jardines que ella cuidaba con angelical celo. Llena de miles y miles de libros que abarrotaban la biblioteca, y donde me escondía a leer         – oculto- tras los anaqueles de las enciclopedias.

Una enorme claraboya sobre las puertas principales mediaba entre el cielo y la casa. Luego las gradas, en aquel ladrillo de alfombra, tan al gusto de los años veinte. La sala principal y los salones adyacentes, los patios con sus macetas de geranios, y el techo inalcanzable, al cual sólo accedía la vieja y larga escoba, arrinconada, al fondo de la cocina.

Las corrientes de aire, que depositaban el polvo sobre las mesas de los corredores, parecían conocer de memoria los caminos misteriosos de la casa, ya que siempre conservaban el mismo curso, dejando arenosos, los gruesos vidrios de aquellas mesitas de mármol, que mantenían prisioneras las postales, los billetes de todo el mundo, y las fotografías queridas. Había un jarrón chino, la Victoria de Samotracia, un gran florero de cristal de roca azul, una gigantesca tortuga de barro centroamericano, la pecera, más floreros de acuáticas plantas, y siempre ahí, detenido por generaciones, el rectangular espejo de caoba, decimonónico y de cuerpo entero – en el decir de entonces- como un leal guardián de aquella quietud.

Un amplio arco, daba la entrada al comedor, de larga mesa y altas sillas de mullidos asientos de terciopelo rojo. Ellos tan juntos, tan cerca y tan lejos, desde donde bebía la sopa en silencio y cuidaba del manejo de tenedores y cuchillos. Comidas opíparas, en platos grandes y pequeños, con sus ensaladas, con sus aperitivos  y digestivos de rigor. Las tazas de humeante café y la pastelería italiana de los cumpleaños.

Un día se fueron inexplicablemente. Recuerdo la llegada del colegio, y los llantos interminables de la abuela, que me abrazaba y abrazaba, ante el nerviosismo de tíos y tías, que decían que debía ser fuerte. El hermano mayor fumando y fumando sus interminables cigarrillos, doblándolos hasta colmar los ceniceros que sólo él usaba en la casa.

El accidente fue mortal. Regresaban amorosamente cómplices de la finca, esa tarde de increíbles oros crepusculares. Tardé mucho tiempo en recordar apenas los ataúdes sujetados por las cuerdas, y los movimientos toscos de los sepultureros olorosos a alcohol, a lodo y a coronas de ciprés.

Posteriormente empezaron los sueños. Los sueños y el doctor Cornejo, con sus lápices de color, su plastilina, sus juguetes y revistas Billiken. Las mismas que él -el hombre de traje y lentes- me traía al regreso de sus periplos por Argentina. Siempre fueron dibujos extraños, personas rígidas, rostros serios; el sol sí tenía sonrisa, las nubes formaban alegres rondas, los árboles prolongaban sus cariñosas ramas, pero ellos siempre impasibles, ajenos a todo color, a toda forma, a toda presencia.

En los sueños eran distintos. Hablaban. Decían que vivían solos, que me extrañaban, que fuera al espejo y los buscara. Me llamaban con insistencia, con desesperada insistencia.

Extendía los brazos hacia el cielo, pero no estaban allí. Aparecían siempre  alrededor, hablando al unísono, como las rezadoras que llegaban todas las tardes al rosario de la abuela. Me producían miedo. Ella alargaba la mano. Él suplicaba. Despertaba repentinamente, empapado de sudor. En cada sombra les seguía viendo. En cada mueble del dormitorio les adivinaba.

El espejo permanecía ahí. Ellos porfiaban: -ve al espejo, ve al espejo. El doctor Cornejo continuaba recetando el tranquilizador jarabe y las inyecciones de complejo B. Tomaba notas mientras mordisqueaba su pipa. En cambio, para don Julio, no existía nada que el Sagrado Corazón de Jesús no pudiera sanar, que le contara todo, que buscara sus heridas, sus llagas, que me internara en ellas. En seguida, venían los padrenuestros y las avemarías de la penitencia, los jueves del santísimo, la meditación del sábado y la misa dominical.

Fue curioso aquel día que volví del colegio, y que la abuela lloraba y lloraba. Fue la única vez que tíos y tías estuvieron reunidos, aunque siempre recibí sus regalos de navidad, de reyes y de cumpleaños, con lindas tarjetas y firmas impecables.

Evité siempre el espejo. Sentía verdadero terror al pasar junto a él. Pero nunca cambió de sitio. Todo igual. El reloj de péndulo en la sala, puntual, fiel, marcando comidas, meriendas, estudio, juego y sueño, enviándome a Leonor  y a Micaela a despertarme y a insistir en las cucharadas del repugnante aceite de hígado de bacalao. Todo igual.  Los canales de Venecia, el juego de la gallina ciega, las infantas de España y los jardines de Luxemburgo, en las viejas copias traídas de los viajes a Europa; el bastón de la abuela, que después de muerta, aún se escuchaba, taladrando la consciencia, en las horas más frías de la madrugada.

Fue Etna, años después, la niña de los ojos azules -la primera que besé apasionadamente- quien me aconsejó los confrontara en el espejo. Una noche, después de dejarla en el parque Concordia, tomé la decisión. Esperé las doce, -esa debe ser la hora precisa  -me señaló Etna. Encendí  la vela, y atravesé el corredor principal.

De cara al espejo, alumbrado con aquella fulgurante luz, los llamé. Aparecieron. Siempre juntos, unánimes, llorando y sentenciando, rogándome. Les dije que no quería verlos, que me dejaran en paz, y que no deseaba hacerles compañía. Se los expresé firme, seguro, con toda la fuerza del acumulado miedo. Las palabras me brotaron directas. Las expulsé, como quien expulsa un veneno que le está consumiendo. La piel se me erizó cuando sonrieron maliciosamente, para luego desaparecer. Un fuerte viento apagó la vela.

El espejo sigue ahí. Mis descendientes ruegan para que me deshaga de él. Aducen que ocupa demasiado espacio, en mi ahora reducida morada. Por el contrario, siempre argumento que es el único recuerdo que atesoro de la casa. Además, ahora, a mis ochenta y seis años, cosa rara, me gusta pasar largo rato contemplándome. Quizá no me contemplo. Quizá – ahora sí- espero verlos.

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