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domingo , 17 diciembre 2017
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Bourdieu: la miseria de los otros es mi miseria (2)

René Martínez Pineda

Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Con la lectura de “La miseria del mundo” en la década de las privatizaciones en El Salvador –hecho inexplicable si consideramos el talante del movimiento social de los años 80- los sociólogos nos replanteamos el compromiso social del intelectual mediante un diálogo directo con la sociedad, reconociendo que es inmoral no denunciar la pobreza en la que vive la mayoría de la población mundial. Ese nuevo diálogo, quizá en términos menos beligerantes que el realizado por el marxismo, fue una estrategia epistémica y metodológica para refundar el compromiso social del sociólogo: el saber social no es para guardarlo en un libro o presumirlo en un congreso de cabezones de acento raro y mirar torcido, sino que tiene que fluir libremente hacia y desde el pueblo para denunciar y prevenir la catástrofe que implica vivir en la pobreza y ser víctimas consuetudinarias del fraude electoral.

Como problema epistemológico, la sociología es una ciencia con vocación política y colmillos ideológicos, por tanto sus productos teóricos, deliberadamente, deben ser inmediatamente apropiados y usados por las clases sociales en sus luchas. En ese sentido, más allá de sus enfoques de clase y propuestas metodológicas, la sociología es pública, incómoda y beligerante, por ser un conocimiento necesario para la comprensión de lo social, por tanto, va dirigido a un público no académico, pero sin perder su rigurosidad científica ni dejar de ser seductor y retador para quienes lo producen de forma profesional. En eso radicó la inquietud de Bourdieu: trascender la vocinglera y estéril tertulia académica para relatar, de forma humana y posicionada, la agonía de los tres tiempos de comida de quienes viven en la pobreza extrema producto de los continuos ajustes estructurales del capitalismo, tanto en el ámbito económico como político-electoral. Ese tipo de ajustes explican, pongamos por caso, que en la era del consumismo y las redes sociales la gente busque líderes políticos en la farándula. En otras palabras, la sociología debe buscar las estrategias que le permitan detallar y sentir el sufrimiento popular de la forma más cruenta posible, o sea ser la voz del pueblo. Reflexiones teóricas que incitan reflexiones prácticas sobre el compromiso social y la conversión del objeto de estudio en sujeto de estudio, es lo que hallamos en “la miseria del mundo”, con la cual Bourdieu cambió la percepción que de él tenía la comunidad sociológica latinoamericana (un estructuralista y culturalista que casi siempre se quedaba estancado en lo macrosocial), debido a que en ese trabajo se sumerge en el enredado imaginario de las percepciones del sentido común; en las representaciones simbólicas que sobrepasan al símbolo sin salir de la vecindad de lo microsocial, espacio en el que diez dólares valen lo mismo que un millón; en las vivencias sin vida de los sujetos sociales que son la carne y hueso de las clases sociales explotadas, ese cuantioso grupo de personas y casuchas endebles que sufren el negocio social en El Salvador de: las iglesias lucrativas que se proliferan como las plagas de Egipto; los call center, supermercados y almacenes como mazmorras; los próceres como santitos; y los empresarios falazmente brillantes y bonachones.

Ciertamente, la reflexión sociológica extendida al pueblo puede ser una partera de la conciencia social que es la que nos hace saber que la miseria y la violencia social no son culpa de las personas, ni son un castigo divino. Pero ¿de cuál miseria habla la sociología cuando habla de la conciencia social y de la lucha de clases? La historia ha demostrado que la relación conciencia social y lucha de clases no se gesta en la pobreza absoluta, sino que en la pobreza relativa, la cual es la malograda relación entre los intereses, utopías, desarrollo personal y la felicidad como propósito post-materialista. En tal sentido, las necesidades sociales en la era actual sobrepasan la vivienda, la comida, la diversión, la ropa y el salario, y eso explica por qué las personas siguen creyendo, fervientemente, en las promesas electorales y en los políticos profesionales que tienen la magia de atravesar pantanos y salir absolutamente limpios.

Pero, si la sociología es pública, política y cultural por vocación, lo es también el sociólogo, quien debería ser visto por la sociedad como una persona autorizada moralmente para hablar y denunciar más allá de su especificidad teórica, por lo que su incidencia trascendería el mundo académico para conquistar el mundo sociocultural. Esa es la propuesta de Bourdieu, de quien se escribió lo siguiente: “Bourdieu, enfant terrible del pensamiento académico francés como Sartre, salió de los ámbitos intelectuales para dar batalla en las calles, pero el contexto social fue diferente. Se relacionaba con Günter Grass y Edward Said, con nadie más. Nadie se interesaba por su propuesta. La de Bourdieu fue una batalla solitaria, sostenida en que las estructuras del campo cultural francés todavía habilitaban al intelectual a tener una voz crítica, aunque no fuera respaldado por movimientos sociales ni por el propio campo cultural. En términos políticos, fue una batalla absolutamente solitaria”. Entonces, los sociólogos salvadoreños debemos buscar nuestra propia batalla solitaria para darle pertinencia histórica a nuestros análisis, sin temor a que estos boten las barreras entre el entrevistador y el entrevistado, y entre la teoría y la práctica, dándole la palabra a quienes sufren la realidad, o sea darle credibilidad a su verdad o su versión sobre los hechos, dándole sentido a la frase de Einstein: “en el imaginario, la realidad es simplemente una ilusión, aunque una muy persistente.” De ello, la sociología sacará su propia verdad y su propia versión, pues los sujetos sociales no tienen toda la verdad, si no la sociología no tendría razón de ser. Esa verdad sociológica, urdida con rigurosidad científica, en la que se entrelazan el momento de la subjetividad y el de la objetividad como una totalidad dialéctica, es absolutamente necesaria en la coyuntura actual que vive El Salvador para no seguir siendo víctimas fáciles de la política y del consumismo de mercancías, promesas y profetas.

Esperar lo anterior de la sociología no es una cuestión metodológica, es una cuestión de intervención política calificada para interpelar al mundo sociocultural, a la sociedad como un todo, a los partidos políticos como camaleones, y a los sociólogos como pregoneros de la realidad capitalista que, deliberadamente, genera más sueños de éxito individual que mecanismos concretos para realizarlos de forma lícita, con lo cual sigue produciendo sufrimiento social indeterminado, el que es un excelente método de control social.

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