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sábado , 16 diciembre 2017
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Bourdieu: la miseria de los otros es mi miseria (1)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Sorpresivamente, Pierre Bourdieu se convirtió en un punto de atracción, física y espiritual, para la comunidad de científicos sociales debido a la visita del sociólogo francés Patrick Champagne al campus, quien dio una charla sobre “La miseria del mundo”, libro en el que Bourdieu reunió testimonios de personas con profundos problemas en sus vidas en Francia a principios de los 90. Esa obra se convirtió en parte de la cultura general de los sociólogos: en lo teórico, por su abordaje de la miseria y, en lo metodológico, por la forma en cómo logró y trató la información dada por los entrevistados, con quienes acortó la distancia que, maliciosamente, es propuesta por el positivismo para que el sujeto de estudio sea objeto de estudio, es decir la cosificación de la gente para arrebatarle su ideología y memoria.

Veinticinco años después la miseria es más planetaria y, por ello, sigue siendo tema de estudio de la sociología, y quienes viven bajo la tiranía de aquella son muchos más que entonces, por lo que, por un lado, la agonía social se presenta como el signo crucial de la identidad y de la cultura política en un mundo catastrófico; y, por otro, la miseria de los otros hoy sabemos, mejor que nunca, que es nuestra propia miseria. Saber, por fuentes distintas a Marx, que la miseria de los pobres es nuestra propia miseria fue el descubrimiento del “otro” una vez que tuvimos claro el “nosotros” mediados por un trabajo intelectual muy oportuno en los años 90 que estuvieron signados por la privatización. Así como el descubrimiento de “nosotros” puede ser provocado por una investigación, también puede ser provocado por el surgimiento de un personaje que cuestione y exhiba, sin cautelas políticas, nuestro actuar social, y eso lo convierte en una singularidad sociológica que podría permitir retomar, redefinir o, en el peor de los casos, traicionar o ceder nuestras creencias y utopías, tal como está sucediendo en la coyuntura ideológica propiciada por Nayib Bukele.

Cuando la sociología opta por tener sujetos de estudio en lugar de objetos de estudio (lo cual es una ruptura metodológica marxista) inicia el proceso de comprensión objetiva de la realidad, el que no consiste en lamentar lo que pasa, en llorar por los otros, en sentir lástima por los descalzos o, peor aún, en usarlos como escalón para obtener pírricas glorias publicando libros baldíos o redactando tesis doctorales que son camisas de once varas. De lo que se trata es de transformar el mundo, pues hacerlo es la expresión del compromiso del científico social. Es un absurdo o una perversión que el sociólogo conozca los intersticios de la realidad y no sea capaz (o no quiera) transformarla en beneficio de los pobres. Si bien es cierto que, como afirmó Einstein, en el imaginario “la realidad es simplemente una ilusión, aunque una muy persistente”, también es cierto que esa ilusión puede ser decodificada y objetivada desde la teoría sociológica para que las transformaciones sean un acto deliberado de combate a la miseria que es lo más democrático en el capitalismo.

En esa obra de Bourdieu aprendimos a: comprender y tratar mejor la realidad desde la cotidianidad subjetiva de los individuos, sin disfrazarlos ni retocarlos con números o etiquetas; tomar a la gente tal cual es en su mundo: una gente ineludible que no podemos eludir para readecuar la teoría sociológica; una gente con necesidades que necesitamos para descubrir, con la lógica del rigor científico, las causas que la tienen en esa situación; una gente con un imaginario ingente que necesitamos para, primero, imaginar la sociedad como un laberinto de la soledad y, después, teorizarla para hallar su centro.

Ahora bien, la comprensión sociológica es apenas hilvanar las causas de la miseria para estas puedan readecuarse en los ensayos; es apenas pegar con saliva las condiciones estructurales en un constructo teórico que se pueda reformular en consonancia con los entornos concretos para no despersonalizar a la persona, ni poner nuestras palabras en su boca cuando la entrevistamos, o para no tratar como un caso clínico lo que es un caso social. Realizados con rigor y con una posición ideológica definida, los ensayos y entrevistas permiten revelar las causas estructurales que vuelven miserable la vida de la mayoría de la población de los países cautivos del capital. No se necesita ser sociólogo o meteorólogo para deducir que los pobres están sumergidos en un sistema económico que estruja sus vidas y hace de lo cotidiano algo dramático, porque: ¿qué es más dramático que no tener con qué alimentar a los hijos sin que el Estado haga algo para remediarlo? ¿Qué es más dramático que votar creyendo promesas y vivir cien años sin ver que se cumplen? Los pobres son vidas, son cuerpos-sentimientos policromáticos que no se pueden cosificar en lo indeterminado y que deberían vivirse de otro modo para que no deambulen en los tonos grises de la injusticia social.

En “la miseria del mundo”, Bourdieu analiza cómo las políticas de ajuste estructural -que tienen como punta de lanza la privatización de los servicios públicos, la dolarización de la economía, el narcisismo feroz y el consumismo disoluto- crean entornos de angustia colectiva y pauperización galopante en vastos sectores de la población que, si tienen suerte, nacen y mueren en el mundo del salario mínimo y su fuerza únicamente contemplativa del progreso económico de la clase dominante. A partir de la propuesta metodológica de Bourdieu, los sociólogos tuvieron nuevos antecedentes para acercarse a la miseria, pongamos por casos, de una madre soltera que trabaja en una maquila; a los vecinos de una colonia ilegal en las zonas marginales de San Salvador; a un policía que vive en una zona dominada por la delincuencia; a un profesor de primaria que vende queso y crema, en dos pagos, para ajustar el sueldo; a un tétrico magistrado constitucionalista que lame –apenas lame- unas gotas de la riqueza de sangre azul; a un estudiante revolucionario que no tiene dinero para comprar libros, ni para tener acceso a internet en su casa; a una secretaria de la Corte Suprema de Justicia que sufre en silencio la violencia intrafamiliar; a un campesino sin tierras que quiere emigrar.

Y podríamos hacer más larga la lista con periodistas desempleados; estudiantes de los tugurios de Apopa; un maestro de sociología que reza por las noches para que el carro de Herodes no se detenga en su puerta; entre muchos otros.

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