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Una amistad arrecha

Luis Armando González

En su ensayo “La concepción Aristotélica de la amistad”1, Tomás Calvo Martínez anota lo siguiente:

“La amistad, en efecto, no es un aliciente más, entre otros, para una vida feliz:  es –en    palabras del propio Aristóteles –‘lo más necesario para la vida’, lo más necesario para una vida feliz.  Por eso, dice Aristóteles, ‘nadie querría vivir sin amigos, aun estando en posesión de todos los otros bienes’ (Ética a Nicómaco VIII 1, 1155a5-6). Por otra parte, además de necesaria, la amistad es algo noble, es algo hermoso (ib.  1155a28-9). ‘Constituye una virtud o, en todo caso, no puede darse sin virtud’ (ib.  1155a3-4). En definitiva, puesto que el ser humano es un animal social, que naturalmente tiende a la convivencia con otros seres humanos, la amistad constituye la realización más plena de la sociabilidad y la forma más satisfactoria de convivencia”.

He vuelto a estas ideas de Aristóteles porque le atinan a algo esencial: lo necesario que es la amistad para la vida feliz. Casi no se piensa en ello y, peor aún, en estos tiempos de relaciones sociales virtuales, el sentido propio de la amistad se está perdiendo de manera acelerada. Escuché a alguien decir que hay quienes son intolerantes cuando bloquean en las redes sociales a quienes no piensan como ellos; no creo que haya intolerancia en ello, sino simplemente el ejercicio del derecho de cada quien a alejarse de aquello que le perturba, lo cual es más urgente si la fuente de la perturbación es alguien que, en realidad, no conocemos.

Distinto es que nos alejemos, por diferencias de opinión, de quienes nos son cercanos y con quienes cultivamos relaciones reales de amistad. Sucede, obviamente, y no hay que buscar culpables: los humanos edificamos y destruimos amistades, más de las que quisiéramos, a lo largo de nuestra vida. Eso es parte de nuestra sociabilidad egoísta.

Pero en no pocas ocasiones la amistad perdura en el tiempo. Resiste diferencias de opinión, cambios en el trabajo, alejamientos imprevistos, enfermedades y los estragos del tiempo. Cuando esto sucede, no dejamos de mejorar nuestra condición humana gracias a esos amigos –hombres y mujeres— perdurables. Así, tengo el privilegio de contar con amigos –unos pocos, obviamente— de ese calibre, entre quienes se encuentra Ventura Alfonso Alas, quien recién acaba de cumplir cuarenta años.

Buscaba una palabra para calificar mi amistad con Ventura, y la mejor es “arrecha”, que quiere decir, en algunas acepciones de la palabra en El Salvador, la mejor, la más satisfactoria. Cuando alguien, allá por los años setenta del siglo XX, decía “me siento arrecho” significaba que se sentía más que bien, pleno. Y una persona arrecha era (así se entendía) una persona cabal. Entonces, pues, la amistad de Ventura –dicho sin más— es una amistad cabal.

Y eso tiene que ver con la personalidad y trayectoria vital de Ventura. Extrovertido, seguro de sí mismo, dotado de una inteligencia natural, cultivada con estudios académicos superiores, Ventura ha ido sorteando situaciones difíciles (durante la guerra civil, principalmente) con optimismo y buen ánimo. Chalatenango es el espacio de su vida y de sus sueños cotidianos. También lo es El Salvador, pero no de modo enfermizo o fanático, sino con un espíritu crítico y realista.

Lo conocí cuando apenas sobrepasaba los veinte años. Le llevo en edad, precisamente, veinte años, lo cual quiere decir que pertenecemos a cohortes generacionales distintas. Fui en aquel entonces su profesor en un curso de liderazgo juvenil que se ofrecía, desde la UCA, en Chalatenango. Inquieto, despierto, con unas ganas enormes de asimilar conocimientos, de crecer. Así lo recuerdo. Lo he visto crecer; sé de sus tribulaciones, metas y compromisos sociales y comunitarios. Hemos conversado y conversamos de los dilemas propios de cada cual. Hemos compartido café y comida. En fin, desde hace unos veinte años hemos cultivado una amistad firme y, en definitiva, arrecha.

Sean estas líneas un homenaje a Ventura en sus cuarenta años.

1.http://antiqua.gipuzkoakultura.net/pdf/calvo9.pdf

  

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