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Timoneando el Tres mil

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Nueve años parecen pocos al hablar de la edad de un niño o de un tiempo que hemos estado lejos de nuestra tierra y deseamos regresar. Al avanzar en edad los números enteros nos parecen limitados, sobre todo cuando hemos pasado el umbral de los cuarenta. A partir de ese momento las décadas nos parecen una medida tiempo ideal para medir períodos.  Para mí nueve años es un ciclo de vida (casi una década) y algo completo, sobre todo cuando los cumplo como coordinador y editor frente al Suplemento Cultural Tres mil, la única publicación semanal dedicada a la cultura y las letras por la prensa escrita de nuestra nación. Esto representa un logro importante que me emociona porque el Tres mil siempre lo vi como un referente de la historia literaria de El Salvador, y este aniversario me compromete a observar el pasado para valorar más el presente. A partir de la experiencia que nos dan estos años junto a las nuevas cosas que aprendemos, procuramos construir un mejor futuro para estas páginas.

Cuando comencé a escribir mis ejercicios literarios se hablaba de la posibilidad de publicar, una posibilidad que parecía distante. Lo veía como algo lejano y donde los limites eran “enormes gigantes por derrotar” (Como la canción de El Quijote). No tenía idea de todo lo que conlleva el periodismo y la literatura, creía que bastaba el deseo, el talento y la vocación. Solo veía mis remedos de versos como la expresión ideal de mi alma, la cual debía de mostrar y la gente debía aplaudir (temerario e ingenuo pensamiento). Veía la página que dedicaban los periódicos matutinos a los versos y cuentos de  algunas personas y me parecían escasos, sobre todo cuando en uno de ellos solo se veía la obra de un autor. ¿Dónde publicar si no existen espacios para las nuevas plumas? Esto me hacía imaginar el mundo de las letras como una tienda o un comercio en que cada persona se detiene en su puesto y vocea sus productos con la esperanza de cazar a algún comprador. No estaba del todo equivocado, pero existía un lugar donde podría publicar.

Las lecturas, maestros y editores con los que me encontré en la vida me demostraron que ser literato o periodista no era algo que se deba tomar a la ligera. Y así como un buen artista, todo aquel que se quiera dedicar al oficio de la palabra debe buscar la excelencia, considerando la obra como algo inconcluso mientras pueda mejorarse.

El único espacio donde se publican la mayoría de expresiones artísticas del país es el Suplemento Cultural Tres mil, un espacio que surgió tras los sábados de Diario Latino gracias a la iniciativa de Gabriel Otero y César Ramírez Caralvá el 24 de marzo de 1990, en el que todos los escritores de nuestro país han tenido un espacio. El Tres mil es un oasis donde la cultura y el periodismo pueden beber en medio del desierto, la única ventana impresa y digital donde se puede mostrar la obra de los autores que surgen.

En un país como el nuestro donde prima la mediocridad y el autoengaño, la gente se contenta o conforma con lo poco que logra, sin percatarse de las grandes capacidades que tienen. Solo basta esforzarse un poco más para lograr cosas increíbles, pero no lo hacen porque se sienten cansados, porque no tienen tiempo o porque están molestos con su entorno o por otras innumerables excusas. Es irónico que muchos al salir del país logren brillar en lo que hacen, pero acá no están dispuestos a despegar y luchar en nuestras condiciones. Creo que esto es producto de la educación y la triste cultura de cangrejos que tenemos donde el crustáceo que va subiendo el huacal donde está preso es obligado a bajar por el resto de compañeros presidiarios que también ansían llegar a la cima. Costumbres que terminan ahogándonos y no permiten alcanzar los niveles que deberíamos. Cuando podríamos hacer tantas cosas maravillosas, recordemos aquellas hermosas palabras escritas por Juan José Cañas en nuestro himno nacional: “en cada hombre hay un héroe inmortal”

Durante estos nueve años en el suplemento consideré oportuno brindar oportunidad a los creadores que desearan mostrar su obra artística, para elaborar la selección y edición correspondiente. Fue evidente que algunos escritos aún están en proceso de maduración, tanto en su trabajo como en su conducta, que la gramática es un problema que representa enorme reto, y que existen casos que no saben diferenciar entre frases y poesía. Un camino complicado para un editor del único espacio cultural, porque nos obliga a corregir muchos errores ortográficos de otros literatos y hacer ver que la obra enviada no reúne siempre los requisitos mínimos de calidad literaria; o en otras palabras, la certeza de cada autor podría dar más de sí. La diplomacia también se ve presente al tratar con la susceptibilidad de los artistas,  sobre todo cuando existe tanto talento y vocación. Me he enfrentado a casos con escritores de trayectoria que se han molestado por el espacio que se les ha cedido en nuestras páginas (querían mucho más) o por no ser publicados en la fecha que ellos deseaban. Lamentablemente no se puede satisfacer a todos.

Además de buscar que mejore la calidad de lo publicado en el suplemento a partir del año pasado nuestro paginaje bajó de 16 tabloides a ocho, por lo que tenemos menos espacio para publicar y la gente debe esperar más tiempo para ver su material impreso. Antes la portada y la contraportada eran fullcolor, ahora el Tres mil aparece en blanco y negro. Sin embargo, gracias a su director, Francisco Valencia, y a la cooperativa el suplemento se sigue editando y procura ser un aporte de utilidad para la sociedad, una sociedad que necesita crecer, ser mejor y  ser solidaria.

Estos nueve años de coordinar Tres mil, durante los 29 años de su existencia, me alegran y los celebro. Espero seguir apoyando a la cultura y abrir más espacios para que las expresiones artísticas puedan difundir su voz.

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