CLARABOYA
Álvaro Darío Lara
Estábamos a mitad de los años setenta, y vivíamos aún todos juntos en la legendaria casa de la Trece Calle Oriente de San Salvador. El centro de la ciudad aún no se había llenado de las masivas y numerosas protestas que en los años sucesivos se desatarían.
De mi casa al Colegio Cervantes había apenas dos cuadras; sin embargo, todavía mi madre no me soltaba de la mano, hasta que llegaba a la puerta de la sección primaria. Y luego a mediodía, de vuelta a casa.
Unos años después, caminando ya liberado del celo materno, vi instalarse en una de las antiguas casas de lámina y madera de la segunda avenida norte, a un hombre moreno, calvo, fornido y de amplia y contagiosa sonrisa, que iniciaba una librería y venta de antigüedades.
Lo recuerdo en esos primeros días en que abrió su negocio, sentado en medio de una asombrosa cantidad de libros desparramados por el piso; tiestos supuestamente prehispánicos, adornos, y otros artefactos muy viejos y polvosos. Yo tenía doce años para entonces, y sin ningún temor, atraído por ese singular escenario, entré, bien mandado, en aquella estancia-
El hombre sonrió, y me recibió cálidamente, invitándome a pasar, y llamándome niño. Era de trato muy gentil y obsequioso. Yo di las gracias con respeto, y empecé a examinar los libros, principalmente.

Ese día compré un pequeño volumen que me llamó la atención, se titulaba “Tierra adentro”, y su autor aparecía en portada como Miguel Ángel Ramírez, y entre paréntesis se leía: “El Negro Ramírez”. Esto me pareció curioso, nunca había visto que bajo el nombre de un escritor se anotara un pseudónimo, que se me antojó gracioso.
Al hojearlo me enteré que la obra había sido “patrocinada por la Biblioteca Nacional de El Salvador”, en 1937, y que, en el liminar, el escritor, agradecía el apoyo del entonces director de la institución mencionada, Julio César Escobar, así como la gratitud a “don Miguel Pinto, director de la fraterna casa de Diario Latino”.
El libro contenía trece textos narrativos más dos “Cuentos de navidad”, había sido impreso en los Talleres Gráficos de Diario Latino en San Salvador, y constaba de 96 páginas. En la obra se promocionaban futuras publicaciones del autor: “La fiera domesticada” (novela), “Croniquillas” (Buen humor) y “Entrevistas con difuntos” (Buen humor).
Me despedí de aquel buen hombre, a quien luego reconocí en monólogos trasmitidos por el entonces canal 8 de Televisión Educativa, y que respondía al nombre de don René Girón; que, andando el tiempo, fue muy conocido por esa venta de libros de segunda, a la cual bautizó como: “Publicaciones antiguas” y que anduvo itinerante en muchas ferias de libros.

Esa tarde, llegué muy contento y le mostré a mi padre el hallazgo. Papá no le dio mucha importancia, y me recomendó no comprar estos libros porque podían trasmitir enfermedades. Me dijo que para eso estaban las librerías formales, y que podíamos ir siempre a ellas.
Mi padre era muy cuidadoso de la higiene y consideraba estas adquisiciones como portadoras de gérmenes, bacterias, hongos, mordeduras de ratas y pasto de cucarachas. En conclusión, indirectamente me prohibió el trato con ellos. Pero el afán de ir tras lo extraño, me hizo volver varias veces hasta el negocio de don René, con quien terminamos por ser buenos amigos, pese a la gran diferencia de edad.
El libro quedó en mi biblioteca, hasta que hace unos días, separando los volúmenes para empastar, por su franco deterioro, vine a dar con él, y lo leí de un tirón.
“Tierra adentro” esperó casi cincuenta años para ser leído por un servidor. Y valió la pena la espera. ¡Claro que sí!
Según, el recordado escritor y crítico nacional, don Luis Gallegos Valdés, en su “Panorama de la Literatura Salvadoreña”, “el Negro Ramírez”, nació en 1904, y publicó un segundo libro “Algunos cuentos” en 1950.
Don Chito cita un comentario aparecido en el Boletín de la Biblioteca Nacional (No. 32), en febrero de 1938, que sobre la obra en cuestión dice: “Cuentos en que se pone de manifiesto, en toda su plenitud, el alma salvadoreña, de los que en los campos y en las costas construyen la patria y son capaces de ofrendar hasta su sangre roja, generosa y gentil ante el altar de la comunidad. El Negro Ramírez, a pesar de hacer arte regional, no abusa de los regionalismos. De suerte que este libro puede hacerse comprensible tanto aquí como en la Argentina, México, etc. El paisaje de Cuzcatlán aparece tal como es, espléndido en todos sus horizontes, bañados de sol. Los personajes son auténticos y se mueven como en la vida real. De tal modo que bien puede decirse que este libro es la voz de Cuzcatlán”.
Dos términos valen la pena rescatarse de estas palabras: “plenitud” y “espléndido”. El primero referido a la humanidad salvadoreña y el segundo a su maravilloso entorno natural, que sólo nos hace imaginar la obra de don José Mejía Vides, o, el lujo cromático de don Valero Lecha.
“Tierra adentro” es un libro publicado por un joven de apenas treinta y tres años, naturalmente en este corpus inicial, hay pocos cuentos en estricto sentido, pero sí, muchos relatos. Y es que el escritor estaba haciéndose. Sin embargo, su recreación costumbrista del paisaje, del hombre del campo, con sus guitarras, rezos, aguardiente, cantos, fiestas, trabajo agrícola, violencia, venganza y ansias, están muy bien retratados.
Sus piezas narrativas son estampas, cuadros, escenas, que se quedaron grabadas para siempre en la historia literaria salvadoreña.
La terrible erupción del Volcán de San Salvador en la segunda década del siglo XX, quedó registrada en su texto “Cecilio López”. Veamos un fragmento: “Se llegó el Jueves de Corpus. Era el 7 de junio de 1917. La mañana había amanecido linda, fresca. El azul celeste que coronaba la vieja mole del Quezaltepec resplandecía luminoso. Dormitaba bajo él la montaña y los hombres que vivían en la cumbre se movían ya, vistiendo sus mudadas de fiesta. La Susana había amanecido contenta. Desde el día anterior había preparado los micos que regalaría, primero, a su hombre, a Cecilio, y luego, a los amigos”.
En “Las Rogaciones”, el escritor nos introduce en el drama de la falta de lluvia: “Sucedió que el invierno entró tan copioso como nunca se había visto allá en mi tierra. Los dos primeros aguaceros vinieron acompañados de granizo y fuerte viento, y los agricultores, que acababan de pasar un verano de los más ardorosos, se regocijaron y comenzaron sus preparativos para la labranza. En toda la comarca se veían yuntas de tardos bueyes, halando los arados de madera, los que, dirigidos por la mano experta de viejos labradores, abría anchos y prometedores surcos en la tierra negra y espléndida. Nutridas bandadas de zanates seguían el paso de los aradores, comiéndose los numerosos gusanillos que aparecían en la tierra removida. Más tarde toda la extensión de la comarca era una sola lámina negra acanalada”
Siguiendo la historia, todo pintaba bien, pero de pronto, la lluvia cesó y comenzó una terrible sequía, que motivó los ruegos a los santos del cielo. Y no decimos más, para no pecar, ya que el texto habla y se defiende por sí mismo.
Una gratísima experiencia la lectura de “Tierra adentro”; un gran placer trasportarse a El Salvador de aquellos años, donde la vida y la muerte danzaban cotidianamente. Una rápida incursión a una sociedad que aún mantiene sus graves problemas sociales.
Queda la inquietud para los investigadores y estudiosos literarios a profundizar en la obra del “Negro Ramírez”, y queda también, la deuda nacional por la reedición de su legado.
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